jueves, 22 de noviembre de 2012

La inagotable inspiración de Ernst Robert Curtius

Ahora que Arturo Pérez-Reverte vuelve con su matraca boba a las librerías, conviene tener a mano el buen juicio de los críticos de la literatura. Ya en otra ocasión he celebrado un breviario de Curtius, Diario de lecturas, obrita deliciosa, perfecta para la impostura, con la cual podría pasearse uno por las calles de Madrid con un ánimo decisionario muy fecundo, que si Benedicto XVI ha dejado al portal de Belén sin buey ni mula, con esta compilación concentrada cabría limpiar los estantes de todas las librerías sin haber llegado siquiera a la página 16. Pero es en la página 32 cuando Curtius se hace eco de las tribulaciones de un editor -"¿Falta espacio para los libros? ¿Por qué se escribe en demasía?-, cuestiones que hoy resultan hiperbólicas, intempestivas y de mal gusto, a la caza como están todos los profesionales de la edición de la última ocurrencia de algún recóndito autor lituano, que los escaparates elevarán a la condición de genio e imprescindible. Y por supuesto, los Pérez-Reverte, que dan lo mismo en un tango que en una milonga. He disfrutado lo indecible con este pequeño tesoro y me rindo ante su traductor, un desconocido para mí Jorge Deike Robles, que ha conseguido algo extraordinario cuando se traiciona un escrito desde su idioma original, a saber, que la voz del autor no se pierda. Siempre he creído que el gran mérito del traductor no es sino éste, avivar o mantener con vida una voz, la del autor. Me he llevado una sorpresa al encontrar cierta proximidad en Curtius, cuando dice sobre una publicación póstuma de André Gide que quienes conocieron al autor "se alegrarán de volver a oír su voz", lo que conduce a una reflexión de la crítica en absoluto menor: ¿qué pasa con esos autores que ni tienen alma ni tienen voz? No en vano existen hoy tantas y tan malas traducciones; un desalmado cae en manos de otro... Mucho más hubiese disfrutado del Büchertagebuch en su lengua original, aunque dudo de que la genialidad de Curtius, su fina ironía, se revelase tan fecunda en una lectura ruda como la que puedo afrontar en alemán, y por eso tengo que encomiar a su traductor, que ha logrado un texto muy verosímil, muy creíble. Pero yo tenía apenas una duda, porque en la página 24, cuando Curtius habla de Werner Bock, también absolutamente desconocido para mí, en la traducción española puede leerse que "encontrándose fuera de lugar en la Alemania hitleriana emigró en 1939 a la Argentina", y es este encontrarse fuera de lugar lo que me inquieta, si es una ironía con perífrasis del autor, o si se trata de una audacia no inferior del traductor. En cualquier caso, ¡qué maravillosa construcción, encontrarse fuera de lugar en la Alemania hitleriana...! Hoy que la crítica literaria, el "cuarto género", la conducen los mismos que comentan las recetas de cocina, le produce al lector de Curtius una satisfacción desbordante conocer que el requisito para ejercerla en el año 1951 era "una sólida formación literaria y filosófica", y ni una palabra añade acerca de la gastronomía ni de las estrellas Michelin. Pero si yo tuviese que seleccionar una enseñanza de suma importancia, una aportación específica de Curtius a mi impostura, sería la siguiente. Curtius observa el modo como unas palabras sustituyen a otras en el proceso de referenciar la realidad, y se pregunta por el origen de las mismas, por su fuente creadora y su intencionalidad. Dice Curtius: "una manera de penetrarse a conciencia de los ideales culturales de los tiempos modernos es la consistente en investigar sus realizaciones lingüísticas". Cierto, y no es menos útil la observación aplicada a los tiempos pasados. En el caso de la España contemporánea, alguien habría de estudiar por qué los rancios conservadores más clasistas han buscado cobijo en el término liberalismo, al que conceden la más sibilina modernidad; y en mi modesta aportación a la sociolingüística yo quisiera proponer una discusión acerca de dos soluciones en idiomas diferentes para señalar una misma realidad. En inglés, cuando algo no está permitido, prima la expresión against the law sobre cualquier otra, y, sin embargo, un español al que se le dice que algo está prohibido... pues como que no lo entiende. ¡Ay, qué pueblo seríamos si entendiésemos que lo prohibido es lo que va en contra de la ley!


Yvs jacob  

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