martes, 19 de julio de 2011

El elogio a la locura de Francisco Camps

Tantas veces he dicho que la política española está secuestrada en manos de los buscadores de fortuna del Partido Popular... Y qué burros son algunos de ellos...
Formidable ejemplo de burro nos lo ha venido ofreciendo Francisco Camps. Qué fácil hubiese sido en su momento admitir que se ha cometido un error, que se ha mostrado una incapacidad, una debilidad en el ejercicio de la gestión de los asuntos públicos, incluso si el beneficio de ese riesgo ha ido a parar a la comunidad. Qué fácil hubiese sido presentar una dimisión, con la cual hubiese quedado la sociedad tan satisfecha, una dimisión que dignificase a la política, y retirarse a zanganear, o a zanganear en la apariencia como director o ejecutivo de cualquier chiringuito donde no se paga a los altos empleados por su inteligencia, sino por los servicios prestados en tanto que chica de contactos. Lejos de tal actitud, Francisco Camps se ha empeñado en la tortuosa vía de convertir la mentira en verdad. Que un pobre irresponsable se conduzca así no debería preocupar, pero cuando recibe el apoyo de todo un partido político nacional, esto es, cuando los supuestos representantes de una parte importante de la sociedad deciden por qué surco discurre la realidad y qué es o no verdad, entonces la locura de muchos imbéciles deriva en un peligrosísimo problema.
Más allá del sentimiento corporativo, la sociedad apreciaría un giro estaliniano dentro de los partidos políticos: la purga. Quien ha cometido un error en política debe ser retirado y escarmentado por traicionar lo que representa la confianza en un sistema democrático. El burro popular suele pensar que es imprescindible. A mí me despierta la risa de la tristeza este pensamiento. Puede entenderse que el burro popular agarre la zanahoria y se resista a soltarla, pero no se entiende en absoluto por qué el resto de los burros populares no lo liquida. Yo había pensado que no se combate a Francisco Camps desde dentro del Partido Popular porque guarda secretos incómodos -no creo que sean muchos más que una financiación ilegal extendida y unos ahorrillos de difícil justificación en muchos de sus dirigentes-, pero mis dudas aumentan cada día. Habida cuenta de que entre los populares abunda el lobo casi tanto como el burro, fácil sería para algunos tirar de la manta y librarse de un buen número de aventureros competidores. No obstante, nada se aprecia más que la obstinación: negar que se ha hecho lo que se ha hecho y afirmar que nada se ha hecho mal si se mantiene la confianza del mayor número de votantes. El número de gilipollas puede ser mucho mayor que el de los responsables y honestos, los gilipollas pueden aspirar a un mundo a su medida -de hecho, es el que tenemos-, pero eso no les hará menos gilipollas: al burro le votan los burros, y un burro es un burro con 100 o 1 millón de votos.
Se ha probado también que al Partido Popular le importa una mierda todo aquello en nombre de lo cual arma tanto jaleo. La crisis social y económica le importa una mierda; la salud moral de la sociedad le importa una mierda, el desempleo también; le importan una mierda la imagen del país y el honor que todo pueblo se debe por ser parte de la historia en tanto que hazañas y continuidad de ese abstracto sujeto, la humanidad. Todo esto le importa una mierda. Los dirigentes populares confirman con su actitud y sus hechos que han optado por la política como forma de vida, y casi merecen admiración y envidia: han conseguido sin dar ni palo todo el fasto al que aspira la mediocridad humana. Lástima para ellos que no todos estemos locos.
Ya aguardo impaciente la imagen de Francisco Camps en el banquillo. Ojalá el poder judicial sepa conducir el asunto con la responsabilidad que se ha echado en falta en estados anteriores de este caso. Ojalá también que los miembros del jurado sepan construir su juicio en la honradez y no cedan ante la presión de los corruptos. Pero es más importante que sepa la sociedad española qué significaban los trajes de Camps, porque quienes no somos gilipollas no nos creemos que los regalos se reciben sin más, y esperamos que un poder judicial a la altura termine esclareciendo aquello por lo cual los trajes se ofrecieron y aceptaron, y con todas las consecuencias. Ya está bien de pudorosas ingenuidades: la sociedad española puede ser patética, pero en su grado de vileza no cabe ya la inocencia cuando el río, más que sonar, truena.
La democracia necesita una reforma, cierto, necesita sobre todo dotarse de medios para eliminar de manera preventiva a los burros: si no se puede impedir que el asno vote, sí al menos que salga elegido.
Muy emotiva la despedida de Camps. Tarde, sí, ha llegado tarde, una vez el daño se hizo largo y profundo. Tanto aferrarse a la fantasía de la inocencia para acabar así, arrodillado por el peso de la verdad. Quienes se adulan a sí mismos son a menudo traicionados por sus confesiones...
[¡Uy, el final me ha quedado un poquito Ramoneda! Sólo me ha faltado refrendar un pensamiento tan audaz con la autoridad de algún filósofo eslovaco de segunda fila o con uno de sus peligrosos situacionismos ("oído en Martorell", "me dice un amigo de Girona"...)].


Yvs Jacob