Ya era hora de que los sindicatos españoles asomaran la cabeza. Sea convenido que en la ridícula España sindicarse se ha considerado desde siempre como una manifestación del mal en el hombre, una pereza, una debilidad contraria a los dictados de la razón liberal cuya ley principal es: no trabaja quien no quiere; no progresa quien no quiere progresar. Y ¡quién no ha conocido a algún sindicalista que se tocara todo el día los santos cojones! Sin embargo, también hay jefes de trabajadores que nadie sabe por qué méritos exactamente disfrutan de ese placentero honorario sin por ello recibir censura. Sí, todo parece peor cuando lo hace un trabajador, un pobre trabajador, ese incesante brote de mierda que ni la tecnología consigue aniquilar -léase a Karl Marx, ¡hostias!-. Una revisión del sindicalismo es urgente, como tantas otras revisiones en la obtusa España. Hay en este divertido corral de cebollinos una obsesión por no irritar a los poderosos, y si los líderes de los empresarios se niegan a reconocerse como tales -cierto que no se comprende en absoluto qué podría representar Gerardo Díaz Ferrán en lo que la cultura llama "diálogo social"-, hay sin duda un temor a ganar la dignidad que el ser humano merece, a ganarla con la protesta y con la acción reactiva.
Hubiera sido deseable que el muerto de la crisis le hubiera caído a quien en buena parte anduvo ciego, el Partido Popular, que gracias a su aguerrida política de horror a la vergüenza nacional inició la senda de la especulación inmobiliaria hasta el punto de conducir al sector bancario al delirio de la autodestrucción. ¡Quién lo hubiera dicho antes! ¡El dinero destruido por el dinero!
La renuencia del sindicalismo español a calentarle más el culete al PSOE en el gobierno de la nación ha cedido por fin, ahora que tantas empresas han quebrado y tantos trabajadores han vuelto a la misera de la cual no debieron salir tan pronto. Ahora volvemos a celebrar que los sindicatos existen, aunque no sabemos muy bien si algo conseguirán.
Por lo pronto, yo animo a los trabajadores a que se sindiquen, a que no se rindan a la mala conciencia, a que toquen los cojones de quien sea necesario. El sindicalista no es sólo un individuo en chuvasquero que come bocadillos de tortilla; no es tampoco un desgraciado que suspira por el Atlético de Madrid. Un sindicalista es alguien que se atreve a poner límites al persistente intento de que le tomen el pelo.
¡Ah, España!
Yvs Jacob
domingo, 13 de diciembre de 2009
jueves, 10 de diciembre de 2009
Seamos sinceros: Barack Obama no merece el premio
No hay que esforzarse tanto para negarlo. Barack Obama, de quien no cabe la menor duda de que es un buen americano y puede que hasta una buena persona, no merece un premio tan delicado como el Nobel de la Paz. Las imágenes del largo aplauso recibido ante las autoridades suecas me han producido alguna tristeza por el patetismo de la farsa; todos allí sabían que nada era verdad, aunque estuvieran viviendo en la realidad. Me ha entristecido también que Obama hablase como quien sabe que no merece el premio ahora pero no niega que lo merecerá después, tal vez porque hará todo lo posible para merecerlo, lo cual queda, por definición, fuera de los méritos para que a uno le concedan un premio. Qué divertida es la lógica...
Acepto la dificultad de su discurso en una situación tan singular, pero tal vez hubiera sido más cabal evitar la situación para no tener que forzar el discurso.
El mundo que muchos esperan que Obama les entregará en el futuro será la expresión de su merecimiento. Sospecho que el mundo será, dentro de siete años, igual a como es ahora. Si se ha querido premiar a la sociedad norteamericana por compartir el dominio del mundo con un negro, es seguro que existen otras muestras más aptas. (Por parte de Europa, la sola elección de Barack Obama es un premio ejemplar). Pero la ceremonia, y su aplauso, significaba precisamente eso: no lo que Obama hará, sino lo que ya ha sido hecho.
Me ofrezco para recibir premios condicionados a que no son mis méritos actuales los que lo merecen, sino mis esfuerzos desde el momento en que se me concedan para terminar mereciéndolos. Abstenerse benefactores con ofrendas simbólicas...
Yvs Jacob
Acepto la dificultad de su discurso en una situación tan singular, pero tal vez hubiera sido más cabal evitar la situación para no tener que forzar el discurso.
El mundo que muchos esperan que Obama les entregará en el futuro será la expresión de su merecimiento. Sospecho que el mundo será, dentro de siete años, igual a como es ahora. Si se ha querido premiar a la sociedad norteamericana por compartir el dominio del mundo con un negro, es seguro que existen otras muestras más aptas. (Por parte de Europa, la sola elección de Barack Obama es un premio ejemplar). Pero la ceremonia, y su aplauso, significaba precisamente eso: no lo que Obama hará, sino lo que ya ha sido hecho.
Me ofrezco para recibir premios condicionados a que no son mis méritos actuales los que lo merecen, sino mis esfuerzos desde el momento en que se me concedan para terminar mereciéndolos. Abstenerse benefactores con ofrendas simbólicas...
Yvs Jacob
miércoles, 9 de diciembre de 2009
El Papa se ajusta el horario
El Santo Padre ya tiene una edad en la que hasta los hombres menos píos se olvidan de las perversiones. Los que nos miramos en el más santo varón para comparación y posteriores reconocimiento y humillación en nuestra miseria ahíta de pecadillos hemos descubierto que no es nuestro modelo tan excepcional, lo que significa que, en el fondo, no somos tan malas personas como creíamos al haber cedido a la pereza y a la más fuerte de las pasiones, el cuidado extremo de uno mismo, y al haber descuidado alguna que otra sana tradición. Compruébese si no.
El Papa, nuestro muy apreciado Benedicto, ha adelantado la hora de la Misa del Gallo por evidentes inconveniencias para su salud. Es comprensible y aplaudimos la decisión, pues si el Papa lo ha decidido sólo será por la gracia de Dios, comunicada en el pertinente código biológico cuyo síntoma es un agotamiento de fácil interpretación hermenéutica. Hay, sin embargo, algo que discutir: ¿es más importante la costumbre que la salud del Santo Padre? La Iglesia ha demostrado a lo largo de la historia que la costumbre está por encima de todo, la costumbre es la norma -no en vano lo que dicta la Iglesia ha sido, pues, durante siglos, lo normal, y es normal el que hace (las) cosas normales-. Luego lo que dice la Iglesia va a misa, y se ha aceptado desde tiempos muy lejanos que sólo la Iglesia puede reinterpretar lo que la Iglesia dice. Pues vaya...
Las viejecitas, porque siempre hay que pensar en las viejecitas -así lo hace el Partido Popular-, se han llevado, como dicen ellas, un "disgustillo". No se puede, entiéndase bien, no se puede jugar con las viejecitas, al menos no con las normales, las que siempre han sido piadosas y han aguardado cada año el clímax de la Nochebuena, cuando se oficia la milagrosísima transustanciación de lo vulgar en lo divino.
Algunos piensan que la cosa -el cambio- está mal, y otros, que no hay para tanto. Yo he visto en la televisión a un religioso que defendía al Papa -y por tanto al mismo Dios- alegando que se trataba de algo "accidental". Entonces no he podido reprimir una risilla un tanto bribona, la verdad, porque no imaginaba que dentro de la Iglesia se admitiera el uso de ese término, ella que sobrevive por necesidad.
Pero lo que de verdad me anima a confiar en el Santo Padre ha sido la resistencia que su actitud ha mostrado ante la proximidad del final en este valle de lágrimas donde el cristiano no hace sino sufrir antes de ver a su Dios. Porque si es de buen cristiano aceptar que Dios lo llama a uno a su lado cuando le place, ¿de qué será ponerle dificultades a Dios?
Ay, ay, ay... Este bueno de Benedicto, ¿pues no parece que tema más al diablo?
Yvs Jacob
El Papa, nuestro muy apreciado Benedicto, ha adelantado la hora de la Misa del Gallo por evidentes inconveniencias para su salud. Es comprensible y aplaudimos la decisión, pues si el Papa lo ha decidido sólo será por la gracia de Dios, comunicada en el pertinente código biológico cuyo síntoma es un agotamiento de fácil interpretación hermenéutica. Hay, sin embargo, algo que discutir: ¿es más importante la costumbre que la salud del Santo Padre? La Iglesia ha demostrado a lo largo de la historia que la costumbre está por encima de todo, la costumbre es la norma -no en vano lo que dicta la Iglesia ha sido, pues, durante siglos, lo normal, y es normal el que hace (las) cosas normales-. Luego lo que dice la Iglesia va a misa, y se ha aceptado desde tiempos muy lejanos que sólo la Iglesia puede reinterpretar lo que la Iglesia dice. Pues vaya...
Las viejecitas, porque siempre hay que pensar en las viejecitas -así lo hace el Partido Popular-, se han llevado, como dicen ellas, un "disgustillo". No se puede, entiéndase bien, no se puede jugar con las viejecitas, al menos no con las normales, las que siempre han sido piadosas y han aguardado cada año el clímax de la Nochebuena, cuando se oficia la milagrosísima transustanciación de lo vulgar en lo divino.
Algunos piensan que la cosa -el cambio- está mal, y otros, que no hay para tanto. Yo he visto en la televisión a un religioso que defendía al Papa -y por tanto al mismo Dios- alegando que se trataba de algo "accidental". Entonces no he podido reprimir una risilla un tanto bribona, la verdad, porque no imaginaba que dentro de la Iglesia se admitiera el uso de ese término, ella que sobrevive por necesidad.
Pero lo que de verdad me anima a confiar en el Santo Padre ha sido la resistencia que su actitud ha mostrado ante la proximidad del final en este valle de lágrimas donde el cristiano no hace sino sufrir antes de ver a su Dios. Porque si es de buen cristiano aceptar que Dios lo llama a uno a su lado cuando le place, ¿de qué será ponerle dificultades a Dios?
Ay, ay, ay... Este bueno de Benedicto, ¿pues no parece que tema más al diablo?
Yvs Jacob
El pacifismo no gana batallas. Marruecos humilla a España
De nuevo, a muchos españoles benditos habrá sorprendido que Marruecos, un país cuya actividad más relevante es el suministro a Occidente de aceites y polvos para la desintegración del alma, ponga su sandalia en el cuello de nuestra querida Hispania, y que ésta no pueda articular movimiento alguno para zafarse de la pestilente captora. A muchos españoles sorprende que no haya opciones para devolver a Marruecos la bofetada y salir además victorioso el Estado español. Llama poderosamente la atención, al menos a quienes vivimos en ciudades populosamente rebosantes de inmigrantes, que la rica (?) España, tierra de acogida de tantos pobres que huyen de la miseria, sea compensada en su esfuerzo humanitario (?) por el desprecio marroquí. Pero lo cierto es que Occidente se ha convertido para los inmigrantes y para sus descendientes en el espacio de la libertad, pero sólo en el espacio donde deambular con ella, en un mundo en el cual no parecen tener sitio. A los países de origen no parece importarles mucho, si bien reciben parte del dinero que circula por Europa -esa desgracia de Occidente no la contemplan como su problema-. La desfalleciente masturbación a propósito de la inmigración debería reflexionar en cuanto a las mentiras que se están contando a la ciudadanía con relación al gozoso "multiculturalismo", y el "No" a los minaretes en Suiza debería aceptarse en su significación precisa: "nos equivocamos al creer que el colonialismo podía camuflarse bajo la sábana de la culturización y ahora estamos poniendo remedio a nuestros errores".
Mi respeto por el presidente Rodríguez Zapatero se debe especialmente a su actitud de no agresión, algo raro en Occidente. Ahora bien, las actitudes no enérgicas suelen ser abusadas; nadie respeta a quien sólo pretende vivir en paz, y sólo si la punta de la espada asoma primero, la justicia llega después.
Imagino que el pensamiento conservador español, el arrogante y violento pensamiento conservador español, conoce los mejores modos de resolver el conflicto abierto tras el aterrizaje de Aminetu Haidar; y si los métodos son violentos, ¿quién no los conoce? Sin embargo, la historia ha demostrado que hay batallas que no se ganan con la diplomacia ni con los ejércitos, y si España está mostrando que es en realidad una nación mucho más débil de lo que sus ciudadanos son capaces de aceptar, conviene no hacer llamadas a la neurosis colectiva y persistir en la línea de las buenas intenciones para evitar consecuencias peores.
Los benditos españoles que habían hinchado el pecho con el Partido Popular y su espíritu aguerrido comprenderán ahora que España no es ninguna de las potencias amigas con las que había formado pandilla; no obstante, que Marruecos sea su medida no deja de invitar a la tristeza.
Yvs Jacob
Mi respeto por el presidente Rodríguez Zapatero se debe especialmente a su actitud de no agresión, algo raro en Occidente. Ahora bien, las actitudes no enérgicas suelen ser abusadas; nadie respeta a quien sólo pretende vivir en paz, y sólo si la punta de la espada asoma primero, la justicia llega después.
Imagino que el pensamiento conservador español, el arrogante y violento pensamiento conservador español, conoce los mejores modos de resolver el conflicto abierto tras el aterrizaje de Aminetu Haidar; y si los métodos son violentos, ¿quién no los conoce? Sin embargo, la historia ha demostrado que hay batallas que no se ganan con la diplomacia ni con los ejércitos, y si España está mostrando que es en realidad una nación mucho más débil de lo que sus ciudadanos son capaces de aceptar, conviene no hacer llamadas a la neurosis colectiva y persistir en la línea de las buenas intenciones para evitar consecuencias peores.
Los benditos españoles que habían hinchado el pecho con el Partido Popular y su espíritu aguerrido comprenderán ahora que España no es ninguna de las potencias amigas con las que había formado pandilla; no obstante, que Marruecos sea su medida no deja de invitar a la tristeza.
Yvs Jacob
martes, 8 de diciembre de 2009
El federalismo español es sólo un sueño de los vampiros
Quienes exigen que se aborden las pertinentes reformas en la Constitución española que permitan a las Comunidades Autónomas tanto poder como los humillados nacionalistas defienden que es de su competencia por derecho histórico abusan, y hasta el hartazgo, de un argumento que ofende a quienes por preferir la paz a la guerra consentimos que los enemigos de todo lo humano nos tomen el pelo una y otra vez. Se dice que las Comunidades Autónomas, cuando alcancen el grado de evolución que satisfaga a los resistentes ideodos nacionalistas, aunque sin salir del Estado español, se habrán convertido en entidades plurales dentro de un marco también plural, entidades dentro de las cuales los ciudadanos podrán disfrutar de tantas nacionalidades como sea de su antojo, y siempre formando parte de la supranación española, "nación de naciones", modelo de paz. Muy agudos opinadores de la izquierda catalana apuestan abiertamente por España como "nación de naciones" y se quedan tan contentos.
Desde el punto de vista lógico-conceptual, la expresión es una barbaridad, pero puede comprenderse la bondad de su intención. Sin embargo, lo bárbaro de la misma se revela irremediable cuando se compara la España en que piensan algunos con otras federaciones sólidas. EEUU, Suiza o Alemania cuentan con unidades administrativas cuya evolución no discute el principio que, en el caso de España, impide precisamente avanzar hacia la figura federativa: la nacionalidad -americanos, suizos y alemanes sin discusión, y puede que sólo molestos en cuanto a su pureza-. Es, por lo tanto, una tomadura de pelo que algunos propagandistas continúen llamándonos "gilipollas". El federalismo no se persigue en beneficio de quienes se sienten a la vez catalanes y españoles o españoles y vascos. El absurdo lógico que promueven los nacionalistas les permitiría reconocerse "catalanes", sólo "catalanes", por ejemplo, dentro de un Estado catalán que forma parte de una federación de Estados, España, pero de cuya nación, ¿España?, no forman parte; o unos sí y otros no, todo dependiendo de las preferencias o de la clarividencia de la familia nuclear, ese eslabón de la vida y de la cultura.
Es incomprensible, no lo puede aceptar la razón, que los catalanes ultranacionalistas se conformasen con la forma de un Estado catalán realizada pero armonizada con otras en la vertebración, antes nación, llamada España, y que unos individuos sean españoles y otros, por ejemplo, sólo, y digo "sólo", catalanes, gallegos, canarios o vascos. Es incomprensible que haya una nación cuya nacionalidad sea opcional para quienes forman parte obligada de ella, pues en ella -territorio- han nacido.
Dígase, por lo tanto, que el federalismo en que anda empeñado el socialismo catalán es sólo una fase transitoria hacia la independencia absoluta. Considerando que la maravillosa democracia funciona con mayorías, todo es cuestión de votar; no importa que haya oponentes, sino que quienes ya marchan en la buena dirección sean muchos. Fase transitoria, por lo tanto, que cuenta con la capacidad de ir sumando continuamente conciencias que despierten al: "todos somos catalanes"; quienes no se dan cuenta de ello, ya lo comprenderán.
El triste final de Yugoslavia recuerda mucho a lo que los inspirados nacionalistas catalanes quieren regalarnos a los españoles. No me refiero a que terminaremos matando y muriendo algunos millones, sino al concepto supranacional yugoslavo. Yugoslavia no era propiamente una nación -no lo era de hecho-, sino una denominación "formalizada": "los eslavos del sur". Así, los croatas podían no ser más que croatas dentro de un Estado, Yugoslavia, dentro de una pura formalidad accidental y transitoria; y los serbios, cuya nación es, de cierto, muy antigua, sólo serbios, y también, unos y otros, yugoslavos del sur, una referencia geográfica sin vínculo nacional. No puedo perder el tiempo explicando por qué "Spain is different".
Tal es mi pobreza espiritual que no creo en el mundo "guay" de "esa izquierda" tan gallarda.
Yvs Jacob
Desde el punto de vista lógico-conceptual, la expresión es una barbaridad, pero puede comprenderse la bondad de su intención. Sin embargo, lo bárbaro de la misma se revela irremediable cuando se compara la España en que piensan algunos con otras federaciones sólidas. EEUU, Suiza o Alemania cuentan con unidades administrativas cuya evolución no discute el principio que, en el caso de España, impide precisamente avanzar hacia la figura federativa: la nacionalidad -americanos, suizos y alemanes sin discusión, y puede que sólo molestos en cuanto a su pureza-. Es, por lo tanto, una tomadura de pelo que algunos propagandistas continúen llamándonos "gilipollas". El federalismo no se persigue en beneficio de quienes se sienten a la vez catalanes y españoles o españoles y vascos. El absurdo lógico que promueven los nacionalistas les permitiría reconocerse "catalanes", sólo "catalanes", por ejemplo, dentro de un Estado catalán que forma parte de una federación de Estados, España, pero de cuya nación, ¿España?, no forman parte; o unos sí y otros no, todo dependiendo de las preferencias o de la clarividencia de la familia nuclear, ese eslabón de la vida y de la cultura.
Es incomprensible, no lo puede aceptar la razón, que los catalanes ultranacionalistas se conformasen con la forma de un Estado catalán realizada pero armonizada con otras en la vertebración, antes nación, llamada España, y que unos individuos sean españoles y otros, por ejemplo, sólo, y digo "sólo", catalanes, gallegos, canarios o vascos. Es incomprensible que haya una nación cuya nacionalidad sea opcional para quienes forman parte obligada de ella, pues en ella -territorio- han nacido.
Dígase, por lo tanto, que el federalismo en que anda empeñado el socialismo catalán es sólo una fase transitoria hacia la independencia absoluta. Considerando que la maravillosa democracia funciona con mayorías, todo es cuestión de votar; no importa que haya oponentes, sino que quienes ya marchan en la buena dirección sean muchos. Fase transitoria, por lo tanto, que cuenta con la capacidad de ir sumando continuamente conciencias que despierten al: "todos somos catalanes"; quienes no se dan cuenta de ello, ya lo comprenderán.
El triste final de Yugoslavia recuerda mucho a lo que los inspirados nacionalistas catalanes quieren regalarnos a los españoles. No me refiero a que terminaremos matando y muriendo algunos millones, sino al concepto supranacional yugoslavo. Yugoslavia no era propiamente una nación -no lo era de hecho-, sino una denominación "formalizada": "los eslavos del sur". Así, los croatas podían no ser más que croatas dentro de un Estado, Yugoslavia, dentro de una pura formalidad accidental y transitoria; y los serbios, cuya nación es, de cierto, muy antigua, sólo serbios, y también, unos y otros, yugoslavos del sur, una referencia geográfica sin vínculo nacional. No puedo perder el tiempo explicando por qué "Spain is different".
Tal es mi pobreza espiritual que no creo en el mundo "guay" de "esa izquierda" tan gallarda.
Yvs Jacob
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