martes, 28 de diciembre de 2010

El Partido Popular liquida la democracia española

No era complicado.
Lo que en España se entiende por democracia no es más que el derecho, reconocido a los tontos, al voto en todo tipo de elecciones. Esta acepción de la democracia es la que mejor conviene a los intereses del Partido Popular, para el cual, sus votantes son unos burros, y los demás, imbéciles directamente.
Como es muy del gusto de los españoles que todas las cosas sean cualquier cosa, el Partido Popular, donde abundan los hombres y mujeres geniales, explota las dotes de la prestidigitación, y a los ojos de los burros convierte aquello que es, un delito, en una victoria sobre la justicia: si ha prescrito, un delito no cometido.
Pero, además de los burros que votan al Partido Popular, existen los imbéciles, ante los ojos de los cuales, ¡ay!, un delito hace a uno delincuente, y Carlos Fabra, que ha debido de cometer más delitos que no-delitos en su vida, aparece como un delincuente de mucho cuidado.
Aunque la prescripción no elimina el delito, sino la ocasión de una sociedad para castigar al delincuente, el Partido Popular celebra que el juez haya rebajado el peso de la causa como si nunca se hubiesen cometido los delitos, y se adentra en un mal camino, sobre todo si se considera, como yo lo creo, que la raza española desconoce cualquier asomo de honor, utilísima virtud para la vida en sociedad. Que un partido político celebre que uno de sus miembros más destacados ha conseguido burlar durante años a la justicia hasta la prescripción de sus delitos es sin duda el punto y final de la democracia.
Una democracia de verdad, a diferencia de la española, que es una democracia de mentira, sólo puede darse cuando existe una sociedad vigilante, una sociedad que cuenta con medios adecuados para detectar, detener y corregir los defectos de aquellos cuyo ingenio supera las reglas del juego que todos los hombres se dan para formar parte de una sociedad en igualdad de condiciones. Así que cabe concluir lo muy imbéciles que son todos los españoles, que han dejado libre a un delincuente por falta de coraje democrático.
Y qué decir de esos formidables jueces españoles, incapaces y temerosos de afrontar determinados casos. Si no se está dispuesto a aceptar el riesgo que conlleva el ejercicio de determinadas funciones al servicio de la sociedad, lo mejor que pueden hacer los españoles es dedicarse a la jardinería y a perforarse los agujeros de la nariz y del culo.


Yvs Jacob

viernes, 24 de diciembre de 2010

Mariano Rajoy, 364 días al año de insolidaridad

La Navidad es todavía más terrible cuando quienes juegan a ser políticos en España se contagian del patético sentimiento de la felicidad patética. Que el disparate no conoce límites ni pudores ha podido confirmarse con el villancico rociero que interpretaron los siempre desenvueltos políticos andaluces en el Parlamento regional, y en momentos así, el observador desapasionado y neutral desearía vivir en un pueblo que acumulase menos originalidades, menos "pueblo", cuando no una legislación severa contra los espectáculos que dañan directamente en el alma todavía no boba.
Los creativos del Partido Popular se empeñan en hacer un gran líder donde no hay nada que hacer, y envían a Mariano Rajoy a un comedor social por Navidad, la tercera ¡y consecutiva!, sin que nadie consiga apreciar nada favorable en ese gesto para la causa de la derecha española. Ver a Mariano con la hachilla de cocina castigando un muslo de pollo es sin duda una ocurrencia muy poco solidaria fuera de los profesoniales del humor, porque otros sentimientos sepultan por completo cualquier mínima conmoción que esa virilidad en los fogones pudiese producir en el público de noticias por televisión.
Pero deténgase la conciencia en unas palabras del gran líder de la derecha española, palabras que animaban a sus votantes, militantes y simpatizantes a hacer un gesto de caridad en estas fechas en que el mundo descubre -y tan pronto olvida- que todo es una mierda. Aunque el término "mentalidad" me produce escozor en la razón más poética, creo oportuno vincular esas palabras de Rajoy con lo que puede llamarse "el carácter conservador", una peculiar manera de entender el mundo, y responsable de la maravillosa humanidad que se complace de sí misma en estos días de celebración de su gran ficción: Dios, que, para todos aquellos que ya no lo recuerden, significa "amor entre los hombres".
Las obras de caridad, ya se refieran como "acciones solidarias" o no, buscan una suerte de perdón social. Como es Navidad, ¿quién dejaría escapar la ocasión para exhibirse de la mentira? Así, Mariano ejerce de papa -¡a lo que nos obliga la nueva ortografía!- que llama a sus huestes de pecadores a limpiar el historial de males que es cada cual, e ingenuamente desea que una sola acción equilibre la pésima imagen que los demás -quienes no votan a la derecha- puedan tener de los que adoran a "la Espe" y a Rouco. Pero no basta.
No hace demasiado supo toda España lo bien pagado que era el líder del Partido Popular, míster hachuela para el pollo, el terror de los muslitos. Creo que el mejor ejemplo lo daría, no acudiendo a un comedor con una cámara de televisión para que asista la audiencia a la expiación de sus males en la política, sino colaborando en aquello en que se juega la suerte de todo el pueblo español, o lo que es igual, librándonos de la estupidez que todo lo enturbia los restantes 364 días al año.


Yvs Jacob

lunes, 20 de diciembre de 2010

La extrema gilipollez de Artur Mas

El espectro de las ideologías discurre de la extrema derecha a la extrema izquierda. Que comience en la extrema derecha se debe a que los hombres siempre han querido resolver, desde el origen de los tiempos, el problema igualdad/diferencia, el problema de lo propio y lo ajeno, y la ideología más eficaz en el combate con lo extraño ha sido, cronológicamente, la extrema derecha, la que con más claridad ha construido el concepto de lo autóctono y ha acometido su defensa. Pero interesa observar que, además de los extremos mencionados, existe otra posición también extrema, si bien de carácter transideológico, la extrema gilipollez. Para su comprensión, voy a tomar como ejemplo a su último y más pujante predicador, Artur Mas.
Sucede con los tontos aquello que decía Ortega -y por el Dios de Rouco que mucho me molesta citar a Ortega (y Gasset)-, esto es: que no sabe uno por dónde van a salir. Pero he aquí un tonto con poca capacidad para la sorpresa. Recientes declaraciones de Artur Mas nos previenen de la gran tontería que se pone en marcha con la nueva andadura de CiU en el gobierno de la Generalitat de Catalunya.
¡Tonto va!
Quiero llamar la atención en particular sobre el concepto de democracia defendido por Artur Mas, y que sólo es posible en un pueblo analfabeto, y debe entenderse que el catalán, como parte del español, también lo es. Según palabras de Artur Mas, los demócratas no deben temer las consecuencias de una decisión adoptada en democracia, y ello en referencia a la tan gastada autodeterminación, que muchos politiquillos atribuyen sólo a una parte de la población, como si la otra, la mayoría, no fuese también "auto" y no tuviese algo que decir sobre sí misma.
La democracia es la forma de gobierno más justa, al menos así se acepta comúnmente, y lo es por el carácter no arbitrario de sus leyes, por la igualdad expresada en la misma ley. Pero la democracia es algo más que igualdad ante la ley: es, especialmente, decisión sobre todos los asuntos, y en particular, sobre aquellos donde se juega la propia supervivencia de un pueblo. Un pueblo puede decidir su propia ruina -no es necesario citar ejemplos-, aunque eso nada tiene que ver con la justicia ni es, por tanto, democrático.
Cree Artur Mas que democracia es sólo libertad para decir "Sí", ¿y se puede ser más tonto? Una sociedad con abundancia de gilipollas puede dar su gobierno a un gilipollas -de hecho, sería difícil que así no sucediese-, pero las decisiones que tome una sociedad tal, deficitaria en su inteligencia, no son en absoluto democráticas, porque la democracia es la forma de gobierno al servicio de lo mejor, y la destrucción, si bien libra a una parte de la sociedad de muchos imbéciles, está lejos de contarse entre los métodos democráticos, aunque en una consulta electoral venza el "Sí" de los tontos.
Para poner en peligro la paz no se dota una sociedad de medios democráticos sancionados por la ley, para eso vale cualquier cosa, y no en vano la democracia ha llegado en la historia como la última de las formas de dominio de unos hombres sobre otros, agotada ya la creatividad de las demás. Los demócratas se ponen de acuerdo sobre el modo como se van a gobernar todos, pero sólo un pueblo de retrasados mentales acordaría los medios para aniquilarse en nombre de supersticiones y mitologías de conquista. ¿A qué clase de colegio llevaron sus papás a Artur Mas? ¿Era ya tonto de pequeñito? Quiero decir, ¿se veía venir?
Aquí no hay nada así como "transiciones nacionales pacíficas", y continuar con ese empeño es ofensivo para las personas de bien, sobre las que empieza a ejercerse una presión apenas contenible.
Artur Mas haría mejor conformándose con ser de derechas, que con eso ya tiene suficiente, el pobre hombre, y dejando la paz -¡el gobierno democrático!- a quienes mucho la desean.
Por cierto que sí sería muy democrático que una sociedad en democracia tuviese los medios legítimos para librarse de un idiota. Mucho saldrían ganando ella y el mundo entero.


Yvs Jacob

viernes, 17 de diciembre de 2010

Angela Merkel es un poquito tonta

Así se desprende de su actitud para con los pobres países del sur de Europa.
Pero el prejuicio germano no es más que la expresión de una gran bobada procapitalista, que ha convertido a una raza siempre frustrada en accidental capitán(a) de la industria, en terminología materialista, y su necesidad de esclavos del consumo ha llevado a Frau Merkel a estimular a esos muertos de hambre que habitan en el sur a golpes de verbo, porque trabajan demasiado poco y gastan el dinero que no es suyo con festiva facilidad mediterránea.
Muy mal vamos así hacia la construcción de Europa. Personalmente, no creo que Europa exista. Cualquiera que lea una obra seria acerca de la formación de las naciones europeas comprendidas en un triángulo hipotético con vértices en Noruega, Portugal y Turquía se da perfecta cuenta de lo cerca que está un desiderátum de un disparate mayúsculo -*¡disparátum! Porque la comunidad cultural ha sido tergiversada, pues lo importante son las estructuras socioeconómicas de carácter histórico que han hecho de cada nación la que es, más allá de que en Gran Bretaña y en Bulgaria los hombres de letras sean capaces de interpretar un mito griego y se encuaderne la Biblia en cuero fino.
Y qué decir del modo como franceses y alemanes engañaron a los países de sur para entrar en la Unión Europea... -por entonces, Comunidad Económica Europea. Las grandes potencias europeas ya existentes quisieron ganarse la fidelidad de una clientela, para luchar contra la competencia no europea que pudiese tomar como presa al mercado griego, portugués, español... Las grandes potencias prestaron su dinero, los fondos estructurales, para que los países del sur iniciasen un desarrollo que los condujese por la senda del consumo enfermizo; y en ello estamos -¡somos igual de imbéciles que los demás europeos, ergo Europa existe!
Pero el bienestar tiene consecuencias. La primera y más importante es que no todo el mundo puede disfrutar de él por mucho tiempo, al menos tal y como está planteado el sistema productivo mundial. Esto significa que, según el principio de la producción de superfluidades o necesidades inventadas que se conoce como "libre mercado", sin consumidores no hay beneficios. Pero no puede haber consumo sin trabajo, ni trabajo si se pretende economizar tanto la producción que resulte una masa de ansiosos consumidores sin medios para adquirir absolutamente nada -cero, vacío, caca, mierda... ¿Lo entiendes, Angela?
Y obsérvese un día normal en cualquier ciudad española. Es cierto que existe en España una tasa de paro importante, pero ¿acaso no hay millones de trabajadores tan sufridos o incluso más que el trabajador medio alemán que mima a sus sindicatos? Quiero decir: ¿acaso no hay gilipollas también aquí? ¿Y qué puede hacer un país al cual el bienestar ha condenado a prescindir de la industria, a especilizarse en un dudoso sector de los servicios, en la naranja levantina, en la corrupción urbanística, y a esperar las épocas de sol, a la caza del disputado turista centroeuropeo analfabeto en su semana de descanso?
¡Ah, querida Angela, qué simplona eres para haber nacido en la tierra del egregio G. W. F. Hegel!
En lugar de exigir a los pueblos del sur que trabajen más, observa que ya lo hacen en lo que pueden; probablemente llegarás a la conclusión de que es el chiringuito económico el que funciona mal -seguro que lo conseguirá tu atocinado cerebro teutón-, y tal vez descubras la terrible realidad ya conocida por muchos de nosotros: en el mundo, o sobra la mitad de la población, o para que unos puedan vivir como imbéciles es necesario que otros vivan de la caridad. Tal vez haya que ir echando leña a las calderas...


Yvs Jacob

martes, 14 de diciembre de 2010

Estado de alarma y temor al Ejército

En Occidente, el temor al ejército ha sido siempre una característica de la izquierda. A la derecha le gusta el ejército, como institución con un buen par de cojones, además de expresar un espíritu nacional unas veces en alza y muchas más en decadencia. El siglo XIX conoció el desarrollo del espíritu nacionalista en general, fue cuando se crearon las manifestaciones culturales que ahora se llaman "típicas" -piénsese en la zarzuela o en los valsecitos de los huevos-, y otras transnacionales, como el servicio militar obligatorio.
Durante el gobierno de san José María Aznar, el servicio militar obligatorio desapareció en España, porque la disgregación del macho ibérico por todo el territorio del Estado preocupaba mucho a los nacionalistas catalanes, que observaban lo muy cambiados que llegaban los muchachos a casa, como si hubiesen perdido ese no sé qué català tan puro que requiere de una buena conserva en juguito de odio. Cambió entonces la percepción del Ejército en España, y pasó a ser decididamente democrático. En alguna ocasión, José Bono ha dicho que "no tenemos un Ejército para invadir países", y admitía así que la realidad nada se parece al mundo explotado por Hollywood -esperemos, eso sí, que pueda al menos defender Ceuta y Melilla cuando llegue la hora.
El problema creado por la insaciabilidad de los controladores aéreos fue resuelto al recurrir a esa figura de urgencia que es la movilización, y que sorprendió a propios y a extraños, todos ignorantes de que un Estado independiente y amenazado por el Big Brother yankee pueda en efecto gestionar sus cosillas. Desde la izquierda pura, se ha lamentado el auxilio prestado por el Ejército, y se teme que Rodríguez Zapatero haya abierto un melón de los que en sus manos se convierten en explosivos manipulados por un ciego. Es comprensible esta actitud de la izquierda de verdad, la izquierda ineficaz, por cierto, cuyos militantes históricos han sufrido en sus carnes tanto dolor en la defensa de las libertades, las mismas que ahora arrojamos con desidia lejos de nosotros.
Yo me he partido el pecho a reír estos días cuando he escuchado a algunos miembros del Partido Popular expresar cierto temor en la misma línea que, por ejemplo, el portavoz de IU en el Congreso. Y ya he me descojonado hasta necesitar puntos de sutura cuando algunos tertulianos de pico aguileño han continuado con esa duda, cuando es por todo el mundo sabido lo mucho que gustan entre los votantes de la derecha la cabra de la Legión y el malva que viste Rouco Varela los días de mostrar.
Me atrevo a decir que no hay ya mucho que temer de nuestro Ejército nacional. No se trata de faltar el respeto a la institución, sino de situarla en su lugar correspondiente, que nada tiene que ver hoy con su predominio franquista y prefranquista. Para que el Ejército se impusiese a la voluntad ciudadana democrática, habría de alumbrarse alguna posibilidad de un futuro diferente -yo no sé decir si mejor o peor- dentro de alguna cabeza, y convencer después a un montón de individuos quizá no tan dispuestos a la obediencia ante el suicidio social. Pero nada parecido es posible. Una guerra civil, o un Estado autoritario al que siguiese algún conflicto brutal "a la española", asolaría el país entero, igual que si se produjese una guerra nuclear, tras la cual no habría supervivientes. Por otra parte, la cosa está tan mal que no cabe siquiera la posibilidad de algo mejor, y ruego se me perdone este enrevesado oxímoron.
Lo que sí puede temerse es que el estado de alarma se convierta en un juguete en las manos de "la Espe" o de Mariano Incompetente cuando gobierne alguno de los dos, y que lo empleen con el capricho que caracteriza a la infantil derecha española, bien porque "la Espe" quiera derribar los muros de algún belén a escala natural o porque a Mariano Incompetente se le antoje que la Vuelta ciclista pase por el jardín de su casa. ¡Menudos son!


Yvs Jacob