El encuentro de Mariano Rajoy con los cachorros del Partido Popular en Barcelona y los sintéticos montajes televisivos emitidos por las diferentes cadenas del evento han supuesto para mí una sobredosis de patetismo por cuya irresponsabilidad tendré que castigarme sin mucha demora. He prestado buena atención a la representación escolar. La muchachada, que se pretendía tierna, apuntaba a una edad de inminente mileurismo, aunque en el caso de las sanas familias que votan al Partido Popular el salario de los hijos no es lo que más preocupa a mamá y papá: lo importante es su educación, que sepan pelear para imponer a quienes no piensan como ellos lo que ni ellos mismos están dispuestos a tomar en serio.
La exhibición de Rajoy no ha tenido desperdicio. Ha debido de creer que se encontraba en alguna de esas situaciones tan propias del entrenamiento político norteamericano donde todo es insoportable falsedad, donde todo es escenografía calculada para que el protagonista fortalezca su autoestima con la papilla babosa que sus asesores le preparan, mascan y suministran.
Lo primero que llama la atención allí donde se reúna algún hombre extraordinario del Partido Popular con la cachorrada es lo bien alimentada que está esa juventud, lo bien vestida que la presentan sus mamás ante el barón máximo de la formación y lo disciplinadamente que acogen los distintos elementos que la reconocen como 'estilo de vida'; peinados, gafas, prendas y accesorios sin los que un acontecimiento oficial no se acepta como tal. Parecen los jóvenes populares aplicadísimos estudiantes de colegio serio, privado, incluso expertos ya en muchas cosas, y es un misterio para mí el modo como el tiempo los trata tan mal, porque terminan convertidos en personas de juicio raro, ¡qué coño!, de escaso juicio.
Pero Mariano Rajoy se creía el mismísimo Barack Obama paseando de un lado a otro dentro del cálido espacio que se abre siempre entre la buena juventud, y anduvo finísimo en las respuestas a las inteligentes preguntas que los cachorros le regalaban. ¡Qué delicia, qué maravillosa fiesta la del dogma!
Yo nunca podré votar al Partido Popular, la amplitud de mis prejuicios me lo impide, pero ¡ay, cuánto envidio a esas familias felices y bien avenidas! Sobre todo cuando mamá sabe planchar las camisas.
Yvs Jacob
domingo, 15 de noviembre de 2009
viernes, 13 de noviembre de 2009
Francisco Camps confiesa de nuevo su incompetencia para gobernar
De las muchas reglas que hay en política voy a prestar mi atención a dos, en relación con la exhibición pública de ese cadáver político ya maloliente llamado Francisco Camps.
La primera de las reglas advierte sobre la utilidad de las instituciones públicas. Utilidad significa aquí 'capacidad para prestar un servicio a los ciudadanos', y ninguno mejor que el acuerdo entre la disparidad que brota de las mentes de los españoles. Luego el gobierno, el autogobierno, es una institución necesaria, pero queda anulada cuando al frente de la misma se sitúa un incompetente. Entre los grados de incompetencia cabe trazar una progresión que separe la aguerrida de la inofensiva, la peligrosa de la simple estupidez. Francisco Camps se ha aferrado a la peor de las incompetencias, porque nada hay más arriesgado que alentar el enfrentamiento desde una institución concebida para evitarlo: cualquier subnormal que dispusiera las pasiones de los ignorantes sobreapasionados en contra de sus semejantes con tanta violencia debería ser apartado inmediatamente de sus cargos. Tanta irresponsabilidad es intolerable y la democracia debería contar con instrumentos de intervención rápida (leyes que la protejan de sus leyes).
La segunda regla deriva de la anterior: la fuerza con que un sujeto se defiende, cuando es ataque directo a su adversario, es proporcional a los errores, males o abusos que se quieren negar. Se trata una vez más de la confesión, una traición que pone de manifiesto que los políticos, en tanto que hombres, no son las personas excepcionales con que se confunden en su delirio de complacencia, sino tristes, pequeños y mezquinos seres humanos a los que ha superado la ambición, y tan limitados, que ya ni siquiera pueden aparentar lo que de ningún modo pueden ser. ¡Mediocridad, triste mediocridad!
Yvs Jacob
La primera de las reglas advierte sobre la utilidad de las instituciones públicas. Utilidad significa aquí 'capacidad para prestar un servicio a los ciudadanos', y ninguno mejor que el acuerdo entre la disparidad que brota de las mentes de los españoles. Luego el gobierno, el autogobierno, es una institución necesaria, pero queda anulada cuando al frente de la misma se sitúa un incompetente. Entre los grados de incompetencia cabe trazar una progresión que separe la aguerrida de la inofensiva, la peligrosa de la simple estupidez. Francisco Camps se ha aferrado a la peor de las incompetencias, porque nada hay más arriesgado que alentar el enfrentamiento desde una institución concebida para evitarlo: cualquier subnormal que dispusiera las pasiones de los ignorantes sobreapasionados en contra de sus semejantes con tanta violencia debería ser apartado inmediatamente de sus cargos. Tanta irresponsabilidad es intolerable y la democracia debería contar con instrumentos de intervención rápida (leyes que la protejan de sus leyes).
La segunda regla deriva de la anterior: la fuerza con que un sujeto se defiende, cuando es ataque directo a su adversario, es proporcional a los errores, males o abusos que se quieren negar. Se trata una vez más de la confesión, una traición que pone de manifiesto que los políticos, en tanto que hombres, no son las personas excepcionales con que se confunden en su delirio de complacencia, sino tristes, pequeños y mezquinos seres humanos a los que ha superado la ambición, y tan limitados, que ya ni siquiera pueden aparentar lo que de ningún modo pueden ser. ¡Mediocridad, triste mediocridad!
Yvs Jacob
jueves, 12 de noviembre de 2009
Juan Antonio Martínez Camino, ¿qué vamos a hacer contigo?
La intolerancia de la religión católica se ha concretado en su irreprimible impulso evangelizador, que ha conducido a tantos hijos de Dios a recorrer el mundo para tocarles los cojones a los infieles de las demás religiones en nombre de otra ficción que se pretende única y verdadera. ¡Toma ya!
Voltaire, el más fino de los ironistas, ya dijo todo lo audaz que se puede esgrimir en contra del fanatismo católico, y recoge la anécdota en su Tratado sobre la tolerancia de unos misioneros que habían llegado a Japón y a quienes su Emperador probó con dos buenas razones que la religión oriental era superior a la más inquieta de los occidentales. En primer lugar, Japón no enviaba hombres de religión a Occidente para agredir a sus habitantes con la soberbia tentación de convertirlos; pero, además, tampoco mataba a los que Occidente enviaba a Japón. ¡Qué elegancia! ¡Admirable civilización!
También he reído con Jean-Jacques Rousseau, a quien la pobreza de su familia obligó a abrazar la religión en los estadios inferiores de la jerarquía eclesiástica en busca de un salario, esfuerzo que abandonó con espanto al conocer dentro de la Iglesia males mayores, más pecados y más vicios que viviendo en su orfandad.
Todavía quiero recordar al más lúcido liberal, John S. Mill, que denunció lo peligroso que es siempre formarse la opinión de lo que resulta mejor para los demás, como si ese tipo de conocimiento se alumbrara en la mente de las personas religiosas en virtud de algún poder trascendente infalible.
¡Ay, monseñor Martínez Camino... ! La receta de la Iglesia sigue siendo la misma que ya ha acabado con la vida de millones de seres humanos en el pasado: no hay más hereje que el que arde, pero en el siglo XXI, cuando monseñor amenaza con excomulgar a los nuevos infieles, ¿de qué cojones nos está hablando?
Martínez Camino, ¿cómo vamos a querer para nosotros al Dios tuyo? ¿No podrías ser tú quien se ha extraviado?
Yvs Jacob
Voltaire, el más fino de los ironistas, ya dijo todo lo audaz que se puede esgrimir en contra del fanatismo católico, y recoge la anécdota en su Tratado sobre la tolerancia de unos misioneros que habían llegado a Japón y a quienes su Emperador probó con dos buenas razones que la religión oriental era superior a la más inquieta de los occidentales. En primer lugar, Japón no enviaba hombres de religión a Occidente para agredir a sus habitantes con la soberbia tentación de convertirlos; pero, además, tampoco mataba a los que Occidente enviaba a Japón. ¡Qué elegancia! ¡Admirable civilización!
También he reído con Jean-Jacques Rousseau, a quien la pobreza de su familia obligó a abrazar la religión en los estadios inferiores de la jerarquía eclesiástica en busca de un salario, esfuerzo que abandonó con espanto al conocer dentro de la Iglesia males mayores, más pecados y más vicios que viviendo en su orfandad.
Todavía quiero recordar al más lúcido liberal, John S. Mill, que denunció lo peligroso que es siempre formarse la opinión de lo que resulta mejor para los demás, como si ese tipo de conocimiento se alumbrara en la mente de las personas religiosas en virtud de algún poder trascendente infalible.
¡Ay, monseñor Martínez Camino... ! La receta de la Iglesia sigue siendo la misma que ya ha acabado con la vida de millones de seres humanos en el pasado: no hay más hereje que el que arde, pero en el siglo XXI, cuando monseñor amenaza con excomulgar a los nuevos infieles, ¿de qué cojones nos está hablando?
Martínez Camino, ¿cómo vamos a querer para nosotros al Dios tuyo? ¿No podrías ser tú quien se ha extraviado?
Yvs Jacob
lunes, 9 de noviembre de 2009
José María Aznar, el último error imperdonable del 'felipismo' (y de la historia de España)
El bien es siempre debilidad frente a la fortaleza del mal, y en política, lo bueno, lo bien hecho, pasa desapercibido, quizá porque no tiene consecuencias, mientras que lo malo se mantiene imperturbable al paso del tiempo (piénsese en las diferentes ayudas concedidas por el Gobierno actual dentro de la llamada 'política social' y ya olvidadas por la población ingrata).
El último error del 'felipismo' irresponsable fue no percibir 'lo que se venía encima', una vez el PSOE, devorado por el vacío de la ideología y prisionero de unos piratas con carnet, se desmoronaba igual que un edificio que ha alimentado a las termitas.
Tras ser deglutido por el desagüe de la política, el Partido Popular irrumpió de manera más parecida a quien conquista una tierra que a quien gana su gobierno por un procedimiento democrático, y se instaló una nueva versión del odio que todavía perdura. Quien más ha odiado y mejor fue -y es-, sin duda, José María Aznar. Hace poco escuché decir a alquien que lo había entrevistado que Ansar no tiene sentido del humor; observación que me hizo recordar las memorias de Albert Speer, porque Adolf Hitler, según parece, también carecía de esa bondad necesaria.
José María Aznar nunca supo digerir el cargo que, gracias a la generosidad del pueblo español, un hombre, un sujeto entre los ciudadanos, puede desempeñar: primer ministro o presidente de Gobierno. José María Aznar debió de pensar que, en su caso, la sanción ciudadana era irrelevante, y que en verdad se trataba de un designio especial, de una constatación, de un premio concedido por la trascendencia a su persona. ¡Ahí es nada! Hubo ocasiones para cerciorarse de que esa fantasía lo consumía.
La famosa 'foto de las Azores' concedió a España el merecidísimo homenaje de una masacre, un episodio que coincidió con la celebración de las elecciones generales a las que Aznar no concurría como candidato por magnanimidad mimética con el sistema norteamericano que limita el poder ejecutivo. Los terroristas lo tuvieron fácil para manifestar su malestar después de la invasión de Irak: ¿cuál es el enemigo más zafio, más débil?
Pero José María Aznar no quería irse del Gobierno de cualquier manera, y pensaba que en el futuro horizontes más amplios se abrirían para él. (Su insistencia actual en el estudio de las lenguas del mundo no es sino la resaca de un delirio: la Secretaría General de la ONU).
Mientras ese destino se decide, Aznar se dedica a recorrer España llevando la palabra del mal, o el mal mismo, su presencia. Aznar participa en charlas o conferencias y enciende el entusiasmo del público cuando acusa al socialismo de la crisis actual. La crueldad de su discurso y la mala fe de su intención se imponen cuando se frota las manos, ya no por el hecho de que al Gobierno le vaya mal -¿podría ser incluso eso comprensible?-, sino por el más terrible: le va mal a España, y cuanto peor le vaya, mejor. Este mensaje ofrecido por su mente mórbida y desnutrida es la manera como Aznar tiene de asomar la cabeza entre la mierda que su miserable conducta ha ido depositando sobre él mismo con el tiempo.
Es triste que parte de la ciudadanía sea tan boba como para colaborar con su partido a pesar de todo. Es triste que alguien que ya ha recibido un castigo (quizá trascendente) por su soberbia no aprenda la lección e investigue el camino de la sabiduría humana, el de la humildad y la responsabilidad. Pero José María Aznar se percibe como un genio, y tan superior, que al mundo de los hombres sólo puede mirar con desprecio.
¡Ay, Ansar, siempre serás un pigmeo!
Yvs Jacob
El último error del 'felipismo' irresponsable fue no percibir 'lo que se venía encima', una vez el PSOE, devorado por el vacío de la ideología y prisionero de unos piratas con carnet, se desmoronaba igual que un edificio que ha alimentado a las termitas.
Tras ser deglutido por el desagüe de la política, el Partido Popular irrumpió de manera más parecida a quien conquista una tierra que a quien gana su gobierno por un procedimiento democrático, y se instaló una nueva versión del odio que todavía perdura. Quien más ha odiado y mejor fue -y es-, sin duda, José María Aznar. Hace poco escuché decir a alquien que lo había entrevistado que Ansar no tiene sentido del humor; observación que me hizo recordar las memorias de Albert Speer, porque Adolf Hitler, según parece, también carecía de esa bondad necesaria.
José María Aznar nunca supo digerir el cargo que, gracias a la generosidad del pueblo español, un hombre, un sujeto entre los ciudadanos, puede desempeñar: primer ministro o presidente de Gobierno. José María Aznar debió de pensar que, en su caso, la sanción ciudadana era irrelevante, y que en verdad se trataba de un designio especial, de una constatación, de un premio concedido por la trascendencia a su persona. ¡Ahí es nada! Hubo ocasiones para cerciorarse de que esa fantasía lo consumía.
La famosa 'foto de las Azores' concedió a España el merecidísimo homenaje de una masacre, un episodio que coincidió con la celebración de las elecciones generales a las que Aznar no concurría como candidato por magnanimidad mimética con el sistema norteamericano que limita el poder ejecutivo. Los terroristas lo tuvieron fácil para manifestar su malestar después de la invasión de Irak: ¿cuál es el enemigo más zafio, más débil?
Pero José María Aznar no quería irse del Gobierno de cualquier manera, y pensaba que en el futuro horizontes más amplios se abrirían para él. (Su insistencia actual en el estudio de las lenguas del mundo no es sino la resaca de un delirio: la Secretaría General de la ONU).
Mientras ese destino se decide, Aznar se dedica a recorrer España llevando la palabra del mal, o el mal mismo, su presencia. Aznar participa en charlas o conferencias y enciende el entusiasmo del público cuando acusa al socialismo de la crisis actual. La crueldad de su discurso y la mala fe de su intención se imponen cuando se frota las manos, ya no por el hecho de que al Gobierno le vaya mal -¿podría ser incluso eso comprensible?-, sino por el más terrible: le va mal a España, y cuanto peor le vaya, mejor. Este mensaje ofrecido por su mente mórbida y desnutrida es la manera como Aznar tiene de asomar la cabeza entre la mierda que su miserable conducta ha ido depositando sobre él mismo con el tiempo.
Es triste que parte de la ciudadanía sea tan boba como para colaborar con su partido a pesar de todo. Es triste que alguien que ya ha recibido un castigo (quizá trascendente) por su soberbia no aprenda la lección e investigue el camino de la sabiduría humana, el de la humildad y la responsabilidad. Pero José María Aznar se percibe como un genio, y tan superior, que al mundo de los hombres sólo puede mirar con desprecio.
¡Ay, Ansar, siempre serás un pigmeo!
Yvs Jacob
domingo, 8 de noviembre de 2009
Hasta los cojones de la familia Alcántara
Siempre he sospechado que la variedad de miseria que me ha caído en suerte me permite afirmar que soy un privilegiado. De los muchos ingredientes de mi personal bienestar sólo mencionaré dos: nunca vi ni siquiera un programa de Crónicas Marcianas, ni uno solo, y tampoco he puesto a prueba mi estómago con Cuéntame. Todo lo que sé de ambos esputos de la cultura española lo debo a esos divertidos recorridos televisivos que, a modo de archivos selectos, presentan al telespectador una visión reducida de su universo mezquino.
Los daños irreversibles que resultaron del castigo infligido por Crónicas Marcianas durante años lesionaron la mente de españoles de toda edad y condición con tanta furia que incluso hoy, tiempo después, todo les parece poco soez, y nada hay tan depravado como aquel poderoso opiáceo con que se iban a dormir.
Cuéntame es una apuesta diferente, insoportable también, aunque no por ausencia de moral, sino por abuso de melancolía. El hecho de que Elvira Lindo dedicara un artículo en El País a criticar a quienes critican esa bazofia da cuenta de la altura de los pretendidos intelectuales españoles, finos razonadores del 'buen rollo', y de sus tiernas preferencias educativas ancien régime.
Las peripecias de una familia 'común' que testimonia el paso de la historia han superado el concepto de contexto para convertirse en delirio de inverosimilitud, hipérbole que engaña más que ilustra, y el pasado aparece todavía más ridículo cuando alguno de los Alcántara lo vive que cuando el telespectador lo reproduce con su imaginación alimentada por la soledad de sus abuelas.
La idea no era original, sino traída de esa tierra singular que tanto repudia a Europa, pero su traslado al modo español de hacer las cosas sólo ha conseguido que quienes pasamos un buen rato con el producto auténtico avancemos hacia el arrepentimiento por nuestros errores de infancia, ¡y qué duro se nos presenta este castigo!
Quisiera por último hacer un esfuerzo para comprender qué le sucede a Imanol Arias. De nuevo me siento derrotado por las cimas de la interpretación española; me ocurre con sus titanes lo mismo que a los filósofos empiristas con la idea de Dios: la busco y no la encuentro por ninguna parte.
¡Qué pena das siempre, España! Todo lo conviertes en fatalidad.
Anda y que os parta un rayo a todos.
Yvs Jacob
Los daños irreversibles que resultaron del castigo infligido por Crónicas Marcianas durante años lesionaron la mente de españoles de toda edad y condición con tanta furia que incluso hoy, tiempo después, todo les parece poco soez, y nada hay tan depravado como aquel poderoso opiáceo con que se iban a dormir.
Cuéntame es una apuesta diferente, insoportable también, aunque no por ausencia de moral, sino por abuso de melancolía. El hecho de que Elvira Lindo dedicara un artículo en El País a criticar a quienes critican esa bazofia da cuenta de la altura de los pretendidos intelectuales españoles, finos razonadores del 'buen rollo', y de sus tiernas preferencias educativas ancien régime.
Las peripecias de una familia 'común' que testimonia el paso de la historia han superado el concepto de contexto para convertirse en delirio de inverosimilitud, hipérbole que engaña más que ilustra, y el pasado aparece todavía más ridículo cuando alguno de los Alcántara lo vive que cuando el telespectador lo reproduce con su imaginación alimentada por la soledad de sus abuelas.
La idea no era original, sino traída de esa tierra singular que tanto repudia a Europa, pero su traslado al modo español de hacer las cosas sólo ha conseguido que quienes pasamos un buen rato con el producto auténtico avancemos hacia el arrepentimiento por nuestros errores de infancia, ¡y qué duro se nos presenta este castigo!
Quisiera por último hacer un esfuerzo para comprender qué le sucede a Imanol Arias. De nuevo me siento derrotado por las cimas de la interpretación española; me ocurre con sus titanes lo mismo que a los filósofos empiristas con la idea de Dios: la busco y no la encuentro por ninguna parte.
¡Qué pena das siempre, España! Todo lo conviertes en fatalidad.
Anda y que os parta un rayo a todos.
Yvs Jacob
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
