jueves, 9 de diciembre de 2010

Teoría del tonto endémico

¿Quién no ha ido alguna vez a un restaurante y ha experimentado que no recibía del camarero toda la atención que puede exigirse de un menú diario de diez euros? ¿Quién no ha sufrido en horas caprichosas la furia creadora de un vecino pertrechado con potentes herramientas y paupérrimos objetivos estéticos de depresivo recalcitrante? ¿Quién no ha viajado en un vagón de metro, en el autobús, o hasta en el reducido espacio de un taxi que no haya lamentado que la legislación actual no contemple la posesión lícita de armas de fuego sin otro criterio que la sola voluntad y las ganas de usarlas inmediatamente? ¿Y quién no se ha dirigido a comprar el pan, a la carnicería, a la frutería, quién no ha sido víctima en el ámbito común de las transacciones humanas del acoso del tonto endémico?
No en pocas ocasiones nos vemos asaltados por ese compañero de trabajo capaz de crear a su alrededor un auténtico caos emocional, por ese conocido lejano que tiene la propiedad de echar a perder sesiones y sesiones de costosa ayuda especializada con tan sólo una palabra, un gesto; por ese miembro siempre evitado de cualquier agrupación en que pueda pensarse que no tiene otro don que el de agotar nuestra paciencia en un tiempo milagroso dentro del lenguaje científico, ese pariente que no explicaría más que la perversidad del azar, la diversión de los dioses o la ausencia total de los mismos.
El humanitarismo democrático nos conduce a disculpar, a justificar su conducta: "pobre, parece que tiene algo de retraso"; es la buena fe, la confianza en el hombre la que nos empuja a ver sólo lo bueno: "parece que está empezando", o quizá se deba al optimismo esencial de las sociedades modernas que nos sobreponemos a su mal: "no lo hace con intención".
La insatisfacción ante estas y otras respuestas me ha entregado a una profunda meditación, de la que resulta la "teoría del tonto endémico". Más o menos, diría algo así: "allí donde se forma un grupo humano, esto es, de tres o más individuos, se abre la posibilidad de que brote al instante un tonto endémico". Yo creo que es una cuestión genética. Es bien sabido que el ambiente no selecciona la predominancia de los genes, pero sí puede contribuir a que algunos rasgos se manifiesten o no. El grupo, pues, es una ocasión para que esa latencia consustancial a lo humano: el tonto endémico, se resuelva en presencia objetiva. Sólo así se explicaría la abundancia de tontos, y sólo así, también, la participación de al menos un tonto endémico en la proximidad de cada una de las experiencias de la vida privada y pública.
Espero haber arrojado alguna luz sobre esta enfermedad insaciable.
En próximas investigaciones, "Esteban González Pons. Más allá de los límites de la realidad".


Yvs Jacob

martes, 7 de diciembre de 2010

Basuragurú, solidario con WikiLeaks

No entiendo el revuelo que se ha armado con las filtraciones de WikiLeaks. Sus documentos no han sacado a la luz nada que el mundo no supiese de una forma u otra. Hay países poderosos y otros que son una pequeña o mediana mierda; hay países ricos, y otros donde la corrupción es religión oficial, pero la diferencia más importante se aprecia en que unos, muy pocos, pueden hacer lo que les sale de los cojones, mientras los demás deben humillarse si no quieren sufrir la ira de los que actúan con libertad -¡y Vargas Llosa defiende la globalización! Estamos apañaos...
España, algo que no creen los seguidores de san José María Aznar, es decir, en contra de la versión oficial de Intereconomía en cuanto a su lugar en el mundo, es uno de esos paisecillos perfectamente humillables y devotos de la humillación, siempre quiere más, como "la niña de Rajoy" en la tienda de "los chuches". Y sorprende mucho que en España sea la derecha patriota la que se emponzoña la boca a lametones en el trasero de la "metrópolis" que ha levantado el mayor y más eficaz imperio en la historia de la humanidad. En cuanto a la izquierda española, no puede afirmarse que no sea patriota, pero sucede que es pro-palestina, pro-saharaui y hasta pro-inca, y así no hay manera de contener ningún sentimiento nacional, pues la izquierda es por naturaleza felizmente desbordante, y la española ha derivado hacia una suerte de accidental apatridismo -singular belleza la de esta palabra forzada.
Por otra parte, lo que pueda opinar un funcionario piesplanos al servicio de la embajada de EEUU en Madrid no debería tomarse por ofensa, joder, a ver si empezamos a orientar bien el orgullo nacional más allá del disparate de añadir el flamenco al currículo de la enseñanza secundaria, que todo nos lo tienen que decir.
Pero lo relevante en el "caso WikiLeaks" no es que unos papeles hayan puesto palabras concretas al pensamiento general, sino la cacería abierta por unos cuantos países para cobrarse una buena pieza y ofrecérsela a Big Brother, que seguro sabrá recompensar con una guerra a un pueblo tan inferior que el miedo a la justicia de los hombres alcanza lo macabro, un pueblo, como diría el siempre delicioso Rousseau, cuyos ciudadanos "no nos han hecho nada", y que pagarán con sus vidas las necesidades empresariales de alguna industria energética en desarrollo. En fin...
Lejos de admitir que el asunto no es más que un episodio un tanto cómico en la historia de las relaciones internacionales, se ha iniciado la puja: a ver quién da con más cargos para el criminal Julian Assange, a ver quién consigue tenerlo más años entre rejas.
¡Es de verdad maravilloso saber que hoy Assange ha declarado, y que pronto caerá sobre sus hombros el peso de la justicia!
Y yo que pensaba que era el nuestro el más tonto de los mundos posibles...


Yvs Jacob

domingo, 5 de diciembre de 2010

¡Atención, democracia! (Un exceso podría ser fatal para la sociedad).

En el monopolio de la información deportiva se han colado estos días dos noticias de primera magnitud. Por un lado, las filtraciones de WikiLeaks, que han devuelto a los hombres una cierta fe que creían perdida desde que Dios se dio a la fuga tras el fratricidio de Caín. Por otro, la huelga encubierta de los controladores aéreos, que el Gobierno ha rentabilizado para mostrar al Partido Popular que la izquierda también sabe adoptar medidas de fuerza, aceptándose por sentado que las expresiones formales de la violencia legítima -dígase "estado de alarma", "estado de excepción", "decreto ley"...- producen más fascinación a la derecha y a su electorado pasional de espíritu sexagenario, siempre como ocasión de exhibir un buen par de cojones, que es lo que entienden a ese lado por política.
Pocos meses atrás, los trabajadores de Metro de Madrid tuvieron el valor que falta a todos los demás para resistirse a la esquilmación de su alma. Como se hablaba de "trabajadores", incluso con las molestias derivadas de su huelga, la solidaridad brotó y se extendió. "La gente" comprendía "a los trabajadores" -¡y no es poco que la gente comprenda algo! Un trabajador es alguien que percibe por su fuerza de trabajo más o menos 1000€ -menos, cuando recibe desde los 633€ de rigor fijados por la ley de una democracia avanzada (?), y más si se trata de 1100€, 1200€... Hay quien recibe a cambio de su fuerza de trabajo 1300€ y se considera miembro de la clase media, pero esto requiere el tratamiento de un especialista, porque yo sólo soy un muchacho que ha leído extensos pasajes de la Ilíada y unos versos de Rainer Maria Rilke sin el menor éxito.
Luego, como la huelga de Metro fue una huelga de trabajadores, los demás trabajadores la aceptaron -no así "la Espe", que ese día se había hecho las piernas, y tenía la inquietud de inaugurar unas papeleras y unos accesos para discapacitados, plan que se truncó por el odio guerracivilista de unos "piqueteros" anacrónicos.
Diferente ha sido la actitud general con la huelga encubierta de los controladores aéreos. Hay que decir que una huelga encubierta tiene muy "mala follá", porque, en democracia, donde la huelga es un derecho, debe anunciarse la convocatoria con antelación, y deben fijarse los servicios mínimos, de obligado cumplimiento. Es lo que se conoce como: "huelga, sí, pero sólo un poco", pues las huelgas completas, entiéndase "las que se fijan por meta su eficacia", ésas no las contempla la democracia. La anticipación de la huelga da lugar al muy orteguiano "saber a que atenerse".
Cierto es que hay "colectivos", como se dice tanto ahora, que pueden hacer la huelga sin agotar con ello la paciencia de toda una sociedad. Se trata de la huelga "tal y como la entienden los demócratas", a saber: la que ni perjudica ni consigue nada, una huelga de tontos.
Pero ¿qué es un colectivo? Yo animo a los sociólogos, incluso a los no aficionados, a que acepten esta definición: es un colectivo aquel conjunto de miembros de una clase que comparten la propiedad en nombre de la cual realizan sus reivindicaciones con eficacia. Fuera de eso, no hay colectivos, sólo gente que se frustra o se divierte.
Como el salario percibido por los controladores impide que puedan ser considerados "trabajadores", porque 200.000€ mínimos al año es una cantidad demasiado magnífica como para que exista cualquier posibilidad de reclamación, el colectivo queda eximido de toda protesta por una cuestión moral, sin prestar atención aquí a la ley, que se supone la expresión de la igualdad de los ciudadanos en democracia, los mismos que se matarían mutua y moralmente si ni la ley ni la igualdad forzosa existieran. Lo moral se destapa divertido, porque intervienen en su concepto tanto el número de individuos afectados por la huelga como la remuneración obtenida por los huelguistas. Los demócratas, cuando se ven afectados por la presión que ejerce un colectivo que sabe presionar, se vuelven menos demócratas, y las imágenes de los que pasan a ser considerados inmediatamente delincuentes aparecen en las páginas de Internet y en los diarios, como "violadores del ensanche", para que todo el mundo sepa quiénes son esos que dan por el culo a tanta gente. La democracia, pues, la única forma de gobierno para la cual es esencial mantener las formas, se olvida de las más elementales cuando puede señalar de manera ostensible al delincuente de masas, ecce homo!
¡Y qué grande es el periodismo español!
¡Ah, pero qué buen Gobierno y qué ciudadanía tendría España si supiesen reaccionar de un modo tan poco democrático ante todas las humillaciones de la dignidad humana!


Yvs Jacob

miércoles, 1 de diciembre de 2010

La "i griega" también tiene dignidad

No hay día que pase que no me convenza de lo muy adentrados que estamos los españoles en la senda del más severo de los agilipollamientos.
La RAE, con esa voluntad legislativa que encuentran los españoles cuando abrazan cualquier posición de control, se ha propuesto que todos hablemos mal y escribamos peor. A esto se lo conoce como "proletarización de la lengua", y bien es sabido que nunca una proletarización es "de máximos", sino que el triunfo de la pobreza hace claudicar a los más insignes espíritus de su excelencia, todo por miedo a no ser comprendidos. Es lo que sucede hoy cuando alguien escribe bien: nadie le entiende ya.
He vivido con terror los últimos días al lanzarse a la opinión pública la posibilidad de que la "i griega", la querida "i griega" -"¡y!"- de toda la vida podría perder su nombre tradicional por una estúpida extravagancia, quién sabe salida de dónde.
He consultado los asientos de la RAE y creo apreciar que ya no hay allí culos de filósofos, salvo el de Emilio Lledó, al que no habrá sido difícil ignorar. Si hubiese filósofos, y también deberían saberlo nuestros agudísimos filólogos, que las palabras tienen una hitoria sería una lección para compartir con los hispanohablantes, más allá de qué coño significa "bochinche" para un hablante del español de Guatemala, y otros gestos de buen rollo que tanto seducen ahora a los académicos de la Posmodernidad guay. Porque la "i griega" no es sólo una letra, de hecho es también una palabra, joder, es una con-jun-ción, y el nombre que recibe tal signo lingüístico nos-re-cuer-da-que-só-lo-so-mos-u-na-mier-da-en-el tiem-po. Yo sé que esto no lo puede asumir cualquiera, es imposible para la derecha política, y también para el espíritu legislador, cuyo anhelo es dejar huella. Pero la plasticidad de la lengua, su carácter maleable no puede vencer a la historia, en todo caso distrae a sus hablantes.
Me viene a la memoria una reclamación histórica de Ian Gibson, por cierto, al que hace un par de semanas que no veo por el barrio -¿se encontrará inmserso en su espeleología funeraria?-, acerca de la poca atención que presta España a la lengua árabe, teniendo en cuenta que la península Ibérica estuvo ocupada durante casi siete siglos por un pueblo que estudiaba matemáticas y jugaba al ajedrez, antes de decidir convertirse al analfabetismo. Pero, Gibson, Ian Gibson, menos tiempo pasaron los griegos aquí y les debemos por vía latina casi el 30% de las palabras del español, y a punto estamos de aniquilar el último de sus vestigios.
Por fortuna, los académicos han dado marcha atrás, y la "i griega" seguirá siendo la de toda la vida. Me pregunto quién habrá convencido a esas personas tan mayores para detener el despropósito "quasi" senil, y por qué han perdido los asistentes sociales la buena costumbre de ordenar a los ancianos sus pastillas.


Yvs Jacob

sábado, 27 de noviembre de 2010

¡Va por ti, "tripartit"!

Todavía no se ha consumado la desgracia -o tal vez sí-, y ya siento añoranza del tripartit. Pena me da "de ver" a la izquierda catalana desaparecer por el agujero del retrete, y me pregunto a esta hora de incertidumbre qué habrá sucedido para que la ciudadanía abandone a unos partidos que representan intereses mayoritarios, pues la esencia burguesa de CiU apenas contaría con asientos en la Cámara catalana si no recibiese el voto de eso que algunos llaman "clase media" y que no es más que proletariado con capacidad para pagar sus hipotecas.
Las dos legislaturas que ha disfrutado el socialismo catalán para brindar a la democracia la posibilidad de realizarse, pues el gobierno continuado de una misma formación -PNV, CiU, pero también PSOE y PP (véase Andalucía, Comunitat Valenciana...)- es una enfermedad política, enfermedad social, las quiere convertir la burguesía decimonónica, anacrónica, en un pasaje accidental que nunca debió haberse transitado. Porque, para CiU, los catalanes deben gestionar las cosas de Catalunya, y eso excluye al socialismo, tan unido a un Leviatán imaginario, España.
La noche pasada, Artur Mas cerró la campaña apelando a un mundo catalán donde triunfasen la justicia y la libertad. Una vez más, sentí el dolor que produce en el alma la estupidez ajena. Porque son proclamas del pasado. Entendería que en la España franquista se dedicasen todos los esfuerzos de resistencia al triunfo de la justicia y de la libertad, pero en la España democrática -y todavía espiritualmente deficitaria-, cuando Catalunya disfruta de más autogobierno que cualquier otra nación de las que pujan dentro de cualquier Estado europeo, esas palabras equivalen a un insulto a la inteligencia, que no beneficia en nada al votante "de allí" a los ojos de lo que el derecho político llama "cuerpo político", que incluye a los ciudadanos-votantes de todo el Estado, y sobre los que habrá de recaer la sentencia de lo que debe o no suceder en Catalunya, por mucho que los líderes del infantil secesionismo hablen de autodeterminación.
CiU debe saber que la vía iniciada sin violencia hacia la separación del resto de España no podrá avanzar mucho más hasta que por fin la violencia venga. Y la violencia, cuando no se manifiesta como violación de la prohibición expresada por un semáforo, no merece la pena -antes habría que ejecutar a todos cuantos, en un bando y en otro, condujesen al pueblo estúpido e idólatra de lo imaginario al desastre. Luego es palabrería vana seguir cultivando la imagen franquista de España cuando España hace tiempo que enterró a su Franco.
Y ha sido error del tripartit jugar con el fuego de la tribu, porque, por definición, nacionalismo es oposición, y no se es un poco nacionalista en la dialéctica de lo relativo, ya que los conceptos viven en tanto que se distinguen unos de otros -ser un poco español y un poco francés significa no entender ni sentir una cosa ni la otra.
El PSC pretendió ser sólo un poco nacionalista, llegar sólo allí donde el nacionalismo permanece solidario con lo extranjero inventado. Y no puede haber mayor ingenuidad que un sentimiento al que se le ata en un extremo una cuerda como a una morcilla.
La tensión catalanista va a entrar en una nueva onda de máxima intensidad. Quién sabe si viviremos la época definitiva...


Yvs Jacob