jueves, 3 de marzo de 2011

Libia pone en ridículo a los líderes de las democracias occidentales

Está siendo un espectáculo nauseabundo el modo como desde Occidente se quiere intervenir en Libia. Es cierto que no puede pensarse de Muamar el Gadafi otra cosa que la locura, con la que Occidente ha convivido sin la menor preocupación, y no porque Libia fuese un importante productor de petróleo, sino porque los libios nos la traen en realidad muy floja a los occidentales, igual que los tunecinos, los yemeníes o los egipcios. A un destino de vacaciones se va cuando se puede ir, pero si no se puede, se saca un billete para otro sitio -es así como razona Occidente, que nadie se engañe.
Sucede, no obstante, que la sociedad global o mundial atraviesa una profunda crisis, de la cual es la circunstancia económica una más entre otras líneas de profundidad, y los líderes occidentales, quizá porque ya no saben salir de su propia fantasía, se entregan a la propaganda de la humanidad, apelan a las Naciones Unidas, que por mucho que sea el marco dentro del cual se quiere fundar la legitimidad internacional carece de poder coercitivo, y necesita forzosamente contar con la dirección militar de USA, y de esta superpotencia dentro de la OTAN. Así, los líderes de las democracias europeas se han mostrado enérgicos, quieren evitar a toda costa una masacre en un pueblo de menos de siete millones de habitantes, y en el cual es una parte importante de la población la clase obrera inmigrante, de vuelta a sus países de origen.
Este envalentonamiento resulta bastante patético, y tiene en su motivación más deseo de exhibir al gallo en el corral local que de embarcarse en la pelea. El ciudadano europeo, ante los líderes que dominan la actualidad, no piensa sino que el mundo es desgraciado, pero los líderes de las democracias occidentales se hallan atrapados en lo que desde Andy Warhol se conoce como "el mercado de la imagen", una manifestación más de la desintegración del sujeto, o lo que es igual, una absoluta tiranía de la superficialidad, de donde resulta que las buenas intenciones para con "todo ser racional posible" ya no hay quien las crea.
Libia es un paisecillo que no costaría demasiado conquistar ni siquiera a un ejército cinematográfico o unos excursionistas de Albacete, y las imágenes que han podido verse a través de la televisión en cuanto a su potencial bélico así lo confirman. Tampoco estaría mal que la CIA enviase a un asesino en misión secreta para liquidar a Gadafi -ahora mismo no sé si Tom Cruise se encuentra de rodaje-, pero no faltan soluciones eficaces para terminar con la farsa del enano loco entre los gigantes hambrientos de autosatisfacción.
Si la parodia humanitaria apesta, no huele mucho mejor el olvido en que se encuentran otros países africanos, los subsaharianos, algunos en guerra civil crónica -¡y menos mal que la población no cesa de reproducirse!-, y de los que sabe más el occidental por Hollywood que por los servicios informativos. Y qué decir del colegueo que mantiene Occidente con Rusia y China, o del disparate permanente de la política italiana.
Yo empiezo a temer por la intervención armada en Libia, una tierra que el inmortal pueblo romano sembró con su impresionante arquitectura, y que podría dejar de ser incluso ruina si se hace un trabajo iraquí, porque cuando se precipitan las decisiones que conducen a la justicia inminente, lo inminente de verdad es el desastre. En cualquier caso, es un alivio para Libia que George W. Bush y san José María Aznar se dediquen en la actualidad sólo a la acumulación de riquezas y hayan abandonado el mesianismo de best-seller de otras guerras aún por cerrar.


Yvs Jacob

martes, 1 de marzo de 2011

Plagia su tesis doctoral pero llega a ministro

El caso podría haberse dado en las filas del Partido Popular, pero ha tenido lugar en Alemania, un pueblo al que se le atribuye, entre otras bondades, un extraordinario y eficaz sistema educativo.
Ya conocimos hace un año que en Alemania se estaban vendiendo directamente los títulos de doctorado, algo que de nuevo podría ser más propio del sistema educativo español, y hay que andarse con cuidado, porque en España nos entusiasmamos demasiado con lo ajeno, que enseguida queremos hacer nuestro, y arriesgamos importar algunas prácticas en las que pronto nos mostraríamos aventajados.
Lo que sí parece cierto es que estos delitos intelectuales y morales los comete un tipo de derecha muy de derechas, y cuando la izquierda española creía que el pillaje se realizaba de manera insuperable en el Partido Popular, hasta el punto de no tener competidor ni siquiera fuera de nuestras fronteras, sale a la luz que un impostor alemán, Karl Theodor zu Guttenberg, nada menos que ministro federal de Defensa, se dejó llevar alguna vez por la oficiosidad de su apellido, y con un moderno "corta y pega" se confeccionó una tesis doctoral igual que se podía haber hecho una docena para venderlas entre sus amigos.
Si es que hoy en día no puede uno fiarse de nadie.
Walter Benjamin habló del arte de citar sin comillas, si bien enunciaba así una técnica psico-esteticolingüística que no creo en poder del ministro alemán, y que en el caso del mismo Benjamin obedecía a su incapacidad para abordar trabajos extensos de dialéctica, porque cuando una cita es de verdad filosófica, se interpreta como una síntesis de matices, algo que produce la extenuación de lectores e investigadores -Walter fue en realidad un economista.
Estoy de acuerdo en que lo que sí sabe formar el sistema educativo alemán es un trabajador que separa con rigor su alcoholemia de su horario laboral, y quizá debamos avanzar los españoles en esa dirección, porque se nos va el tiempo en todo menos en el trabajo.
Pero no quiero celebrar que sea España ajena a lo sucedido en la tierra de Frau Merkel, y apuesto lo que sea a que pronto sacará nuestro periodismo una víctima de otro entusiasmo semejante, y nos arrojaremos a su linchamiento hambrientos como perros. Eso sí, que alguien dimita de un cargo de máxima ostentación por un escándalo académico nunca lo veremos en España.
(Mañana: "Fernando Alonso, legislador español").


Yvs Jacob

domingo, 27 de febrero de 2011

El Gobierno mide con éxito lo burros que son los españoles

Entre otras muchas, es una peculiaridad española la no diferenciación entre los ideales de la derecha y de la izquierda, y no tanto porque el Gobierno actual se haya destapado con un pragmatismo contemporizador desconcertante, que contempla la misma cosa desde perspectivas contrarias según la ocasión, sino porque la derecha nacional -para diferenciarla de las derechas nacionalistas-, sin ser pragmática, opera en su ideario por omisión, es decir, que si el Gobierno del PSOE acoge determinado aspecto, cualquiera que sea, y lo orienta hacia una pseudoizquierda, entonces el Partido Popular cava su trinchera justo enfrente, y por muy disparatado que sea lo que le toque defender, lo convierte así en algo de su propiedad, aunque tan pronto como deje de ser valioso lo despreciará. Esta versatilidad está muy cerca de ser política, si bien la política consistirá siempre en otra cosa.
De los recientes líos en que se ha metido el Gobierno, y que podrían juzgarse como aciertos si la sociedad española no fuese tan cultural, espiritualmente analfabeta, dos sirven para mostrar que, en efecto, los españoles son unos burros sin solución, y que cualquier medida que pretenda su educación en valores esenciales en tanto que pueblo está condenada a condenar al propio Gobierno que las toma.
La primera medida -la ley antitabaco- ha puesto de manifiesto que la española es una sociedad desquiciada. Tan pronto como entró en vigor, la imaginación del hostelero palurdo ha encontrado medios que podrían hacer dudar en cuanto a la compensación de evitar el perjuicio del tabaco a los no fumadores, esto es, las consecuencias derivadas de un ejercicio de sentido común. De repente, en cualquier bar de mala muerte brota la prolongación de una terraza improvisada, y si algún ciudadano tenía la desgracia de vivir en las proximidades de un local de copas, el ruido que antes se concentraba en los meses de verano será ahora constante durante todo el año, y todavía persiguen los hosteleros que se amplíe su horario al aire libre. Por otra parte, el gasto en estufas para gilipollas amenaza con aumentar el consumo eléctrico, que tarde o temprano causará al conjunto de los ciudadanos la formidable subida en su recibo individual, y se lamentarán buscando culpables en otro sitio.
Del mismo modo, la reacción de los españoles ante la disminución del límite de velocidad pone al descubierto que la nación española ni existe ni se la espera, porque el significado de fondo de la medida es una apelación al sentimiento de cada uno en relación con su país, pero, obviamente, hay que haber sido algo ilustrado para alcanzar el mensaje. Como en España se intenta hacer de la sociedad una víctima de los gobernantes, algo que, en especial, el Partido Popular domina tanto o más que la hipocresía y la falsedad, el pueblo español, a menos que juegue el equipo nacional de fútbol, no tiene ni puta idea de lo que es un pueblo, una nación, ni cómo funciona un Estado, ni de dónde proceden los recursos económicos que permiten a los españoles tener un centro de salud en cada esquina, un hospital casi ya por habitante o una red ferroviaria y una colección de aeropuertos inútiles. Piensa el español medio -el simplón- que todo sale de sus impuestos, pero con tales ingresos el Gobierno no podría ni fichar a Cristiano Ronaldo.
Para una vez que el Gobierno se adelanta a la práctica de los especuladores, que están inflando el precio del barril de petróleo al tomar como justificación la inestabilidad en algunos países productores, para una vez que se había atrevido el Gobierno a señalarles y decirles que "por mucho que especulasen con el producto, el Estado español haría todo lo posible por intervenir en su consumo, sin estimularlo", que no otra cosa significa la medida, el Partido Popular, y con él un buen montón de opinadores del desastre, objeta la ineficacia de la contención, ciego, como siempre, a que la sociedad mundial, global, lo es del más burdo, mecánico y suicida derroche, que en eso consiste la auténtica crisis que vive la humanidad, y ciegos todos en cuanto a la acción conjunta de un pueblo para superar los momentos en que la debilidad nacional le hace caer en las garras de sus depredadores internacionales.
Pero cómo podría ser de otra manera, si los empresarios españoles desconocen que sea de su competencia alguna responsabilidad social en cuanto a la actividad que desempeñan, si entre los mismos trabajadores españoles está mal visto formar parte de un sindicato, si un político que miente en sede parlamentaria no pierde su derecho a una candidatura de reelección, si unos ex presidentes multimillonarios no renuncian a la pensión anual que reciben del pueblo una vez amortizados sus servicios "a la patria"...
¡Ay, campos de reeducación, ya!


Yvs Jacob

viernes, 25 de febrero de 2011

El autor de "El porompompero" quiere que ahora se cante con "sin embargo"

El cambio podría deberse a unas consultas en el diccionario on-line de la RAE -para búsquedas en Google, escribir "drae"-, de donde el autor habría salido reforzado con unas equivalencias gramaticales que bien le hubiesen venido cuando compuso la cancioncita de los cojones.
Manolo Escobar, recuperado ya de los fastos que sucedieron a la victoria del equipo nacional de fútbol en el último campeonato mundial, y que hicieron temer por su vida, o mejor, que hicieron temer por su muerte en directo durante el bamboleo de que fue objeto por parte de los jugadores, llevaría varios meses recluido para memorizar los cambios en la letra, y habría manifestado no estar "muy seguro de entenderla ahora". Resulta sorprendente que quien popularizase este éxito tan sonrojante de la música española hubiese entendido alguna vez el significado de "porompompero", y que "poromponsinembargo" le sea, al contrario, un término esquivo a su inteligencia.
Temiendo que la influencia alemana sobre las cosas de España hubiese ido a más, he consultado yo también el diccionario, y ni siquiera tras descomponer "porompompero" y "porompomsinembargo" en sus posibles unidades morfosintácticas he encontrado sentido alguno. Estoy conforme, pues, con Manolo Escobar, este estribillo no se entiende, pero insisto en que, en su versión anterior, tampoco lo permitía.
Llamo la atención, por último, y tras ver un cartel en Madrid de una próxima actuación de Manolo Escobar junto con otros innombrables artistas, sobre la edad de jubilación de los autónomos, y me pregunto si el Estado no debería de intervenir en los que podrían llamarse "casos especiales", porque ya son un porrón de años con los toros, la minifalda y ¡que viva España!, ¡joder!


Yvs Jacob

martes, 22 de febrero de 2011

Caen los primeros comercios regentados por orientales en el Barrio de las Letras

"¡Yuuuhuuu, de putísima madle!", ha celebrado un vecino de la zona, ante el horizonte que se abre para él con el retroceso de la ofensiva amarilla. Volver a comer pan de verdad, pan de tahona, y no esa otra imitación barnizada; adquirir bebidas al precio que fijan sus fabricantes, y no a otro aumentado por la redistribución de la distribución -la verdad es que resulta penoso ver a un chino tirando de un carro gigante para llevar las Coca-Colas de un supermercado a su local-, o caminar las calles sin ser asaltado por la insoportable fealdad que resulta de la sucesión sin fin de tantas tiendas donde el almacenaje había condenado a la dignidad humana, y hasta los orientales parecían amontonarse sobre los estantes, mustios de una tristeza imperturbable, entre gominolas duras y donuts derretidos.
¿Pero es que la niña de Rajoy no compra chuches en los chinos?

Quiero limitar el alcance de mi chinofobia, no vaya a ser que esta entrada llegue a los ojos de algún hippie recalcitrante.
Se dice que el chino es un pueblo muy antiguo, y que fue incluso alguna vez noble y orgulloso. Yo podría admirar a los chinos que inventaron el papel, que nos trajeron la bendita pólvora para hacer con ella lo que mejor sabe Occidente, el subnormal, los chinos que vivían el arte como una disciplina del alma, los chinos que se curraban unos acertijos la polla de ingeniosos y que todavía dan que pensar. No tolero, sin embargo, que se sitúe a Confucio por encima del divino Platón, como tampoco el descontrol que ha imperado desde que China colonizó nuestra deuda soberana y nuestros estúpidos gobiernos, impelidos por un ejército de empresarios del jamón, se fijaron en el gigante asiático ensimismados por un potencial mercado de cientos de millones de chinos que son ya capaces de falsificar sus propios jamones.
Hace pocos meses el Parlamento europeo votó contra una medida que pretendía despojar de los derechos laborales comunitarios a los inmigrantes, que se regularían por los vigentes en sus países de procedencia. Mucho se festejó por parte del periodismo de izquierdas que la votación no fuese favorable a los delirantes ideales esclavistas de la derecha, pero ¿acaso no sucede precisamente así, como prueban los comercios de los orientales, que nuestras leyes laborales no les protegen en absoluto, que familias enteras de chinos viven dentro de sus locales en un horario inabarcable para el coraje occidental, desde las 10 de la mañana hasta las 12 de la noche entre rollos de papel higiénico y latas de conserva -y menos mal que el atún Nexi no ha salido todavía de la cadena Lidl?
Sin olvidar, claro, la figura indefinida que contempla su actividad: ¿qué coño es una tienda de chinos? ¿Y por qué son todas tan increíblemente repugnantes? ¿Por qué parecen almacenes de polígono industrial cuando se encuentran en el interior de unas ciudades históricas que no hay arquitecto ni urbanista -y a Le Corbusier le hubiese dado un pasmo ante sus materiales- que armonice ni siquiera un Vips con una tienda de chinos en una calle peatonal madrileña?
Hay que recuperar el auténtico pequeño comercio madrileño -¡arriba las tiendas de ultramarinos!-, hay que hacer la comprita en el mercado del barrio -¡habla con tu charcutero!, ¡contén tus náuseas en la pescadería!- y no ceder cuando el estómago te pide albóndigas a las 2 de la madrugada.
¡Un poco de republicanismo, joder!
¡A la belleza le diremos "Sí"!
¡Nos rebelaremos contra todas las formas que adopte la fealdad no estética!
Pueblo de Madrid: ¡Muerte al neocapitalismo desquiciado! Ya hemos visto en qué ha convertido nuestras calles el libre mercado de la derecha asesina.


Yvs Jacob