jueves, 10 de febrero de 2011

Ana Botella, ¡pero mira que eres simplona!

Ana Botella pertenece a esa raza ibérica de políticos intrascendentes, y hasta el término "político" aplicado a ella debe matizarse, porque le corresponde en tanto que se dedica a servir a lo público -¡atención, no más que una definición!-, y no porque cuente con alguna virtud para ello, sino por puro y triste apetito de ostentación del cargo, algo extraordinariamente común en la derecha española.
Es de la estupidez más absoluta atribuir o concentrar las preocupaciones ecológicas en la izquierda política, y despejar a la derecha de cualquier implicación en el cuidado del medio ambiente y de la salud pública. Hay muchos aspectos que no son susceptibles de una ideologización fanática, porque el mismo aire respira el cretino que vota a la derecha que el entusiasta de la jovialidad socialista. Pero en España no existe ningún espacio en que no se hayan excavado las trincheras, y si para colmo una simplona sin talento ni vocación como Ana Botella queda al cargo de cualesquiera competencias, entonces es mejor que el ciudadano se arme un búnker en su casa y no salga de ella hasta las próximas elecciones, porque ya ha sido probado lo peligrosos, lo letales que pueden llegar a ser los tontos.
Pero, ¿a qué se dedica exactamente Ana Botella?
Para una persona con auténtica, sincera entrega a la sociedad desde la política, no pasar a la historia, incluso a la pequeña historia de la ciudad, es cuando menos una tragedia, pero en el caso de Ana Botella, que siempre será lo que no dejó de marcharse cuando se fue su valedor devaluado, ¿qué podrá decirse en un tiempo tan reciente que apenas podría ser considerado historia? Absolutamente nada, aunque existen por fortuna las hemerotecas, donde el periodismo ha coleccionado sus disparates, propios de quien no tiene la menor idea de aquello que dice o hace. Porque, ¿a qué coño se dedica Ana Botella? ¡Oye, ni puta idea! Pero seguro que cuenta con un par de coches oficiales y varios guardaespaldas, atributos que en España hacen al político, para sorpresa de las democracias avanzadas. Y así nos va, claro, lo que no sorprende, por cierto, a ninguno de los ciudadanos de aquí.
¡Ah, Ana Botella, ojalá que la lluvia ácida deje de ser milagro y te caiga un chaparrón!


Yvs Jacob

martes, 8 de febrero de 2011

Pseudointelectuales en Telemadrid, a vueltas con el 11-M

Cuando se leen las páginas de la no filósofa Hannah Arendt en Sobre la violencia llama la atención que mencione, aunque con discontinuidad, la importancia de lo imprevisto en el mundo de los hombres. Nunca se insistirá lo bastante en ello, pero el mundo de los hombres, en tanto que antes y siempre ya constituido, en nada se parece al mundo de los jabalíes.
En el último programa de Sánchez Dragó pude escuchar algunas barbaridades propias de la pseudointelectualidad española. Los invitados fueron el muy desplazado Joaquín Leguina, que parece tener algunos problemas con el concepto de independencia, y tampoco distingue en absoluto la crítica interna deseable de toda ideología del servicio gratuito a los adversarios políticos, y el nefando Hermann Tertsch, al cual el odio consume tanto el cuerpo como la inteligencia, y por los argumentos mal traídos que expuso, se apreciaba que sus apresuradas lecturas liberales no han sido todavía digeridas, y nunca lo serán, porque los neoliberales españoles tienen un serio problema, y es que conjugan la libertad absoluta del individuo con una raza de muy malas personas, lo que sólo produce miseria sobre la miseria.
De Joaquín Leguina sólo quiero decir una cosa: la promoción de un libro nunca debe ser la finalidad de la obra escrita, y si de verdad se cree con autoridad para combatir la jovialidad del nuevo socialismo, crítica en la que coincido, antes que denostar a los líderes, y en consecuencia, a todo un partido, es preferible entretenerse en la composición de obras donde se contenga la teoría, y no en las que abunde el chascarrillo a modo de "prueba".
Pero voy con la línea principal que mantenía la charla de Sánchez Dragó y Tertsch: la ilegitimidad de la victoria socialista tras los atentados de marzo. Dijo Sánchez Dragó que debe votarse con la cabeza y no con la pasión, como si, al margen de los crímenes soportados por la ciudadanía española con causa en la irresponsabilidad del Gobierno de José María Aznar, fuese el acto de votar uno libre y meditado siempre, o como si la elección de la mejor opción entre las peores, que no otra cosa es una votación democrática "a la española", se debiese a una reflexión en cuanto a las propuestas de los políticos, sus posibles logros y sus posibles consecuencias. Es cierto que no sucede así, y ni siquiera en el caso de auténticos intelectuales libres.
En la obra clásica de Hermann Heller, Las ideas políticas contemporáneas, traducida al castellano nada menos que en 1931, puede leerse que votar es sobre todo un acto complejo, principalmente emocional, y no me entretendré en el posterior concepto de ideología en Louis Althusser, penetrado de emocionalidad en su totalidad, y quizá estos antiguos rojos, y ahora, según ellos mismos, por fin clarividentes, habrán leído su obra, o quizá ya eran por entonces, cuando rojos, igual que ahora, meros propagandistas de lo que desconocen.
Para las mentes de corto alcance, baste lo siguiente: ser de derechas o de izquierdas es decir o no a infinidad de cosas, y en ello, la razón, como sospechaba Friedrich Nietzsche, es sólo un medio entre otros, tal vez incluso inadecuado.
Por fortuna, fue la pasión -las emociones- de la mayoría la que privó a España de otro gobierno de la derecha analfabeta. Y ojalá que esa sabia irracionalidad nos vuelva a librar de quienes con increíble irresponsabilidad arrojaron al pueblo español en las garras de lo imprevisible, y no es para otra cosa que existen las instituciones democráticas de gobierno, sino para prever.
Y así hablaron los portavoces de quienes quieren arreglar España, ¡y su Dios nos libre de ellos!, o librémonos, pues, nosotros.


Yvs Jacob

viernes, 4 de febrero de 2011

Angela Merkel se da un paseo por las colonias

España ha vuelto a disfrutar de aquello que más placer le produce, después del halago, claro: la humillación. En ningún otro país se hubiese presentado la cumbre con Alemania del modo como en España un cierto periodismo y el Gobierno en general lo han hecho. La idea de que Angela Merkel tenía algo que aprobar sobre las medidas tomadas por un gobierno democrático que no es el suyo nos ha mostrado ante el mundo como un país sin dignidad, y a nuestro Gobierno, como el más infantil e inmaduro de todos los posibles. Me atrevo a decir que la propia Canciller no daba crédito a lo sucedido, al postrarse ante sus pies una nación entera, en las personas de sus representantes legítimos, que le imploraba benevolencia. ¿Pero qué clase de limosna estamos pidiendo?
Es fácil hablar de competitividad cuando se domina el ámbito de las exportaciones, cuando se cuenta con una industria poderosa, cuando por mucha que sea la población del país en cuestión la tasa de desempleo permite considerarlo dentro de la categoría del "paro residual", propio de quienes prefieren esperar su oportunidad o no quieren trabajar, directamente. Pero en el caso español, lo que parece que no recibe la atención que merece, la fracasada huerta de Europa, el asilo ahora ruinoso al que se había confiado el descanso del trabajador europeo, en definitiva, el caso de un país que había entregado la supervivencia de sus ciudadanos a una industria más veleidosa que las demás, como lo es turismo, con una agricultura que debe competir con la de otros países que, sin ser miembros de la Unión Europea, invaden, en virtud de inteligentísimos acuerdos de amistad y preferencia, el mercado del continente; un país que, si no construye casas, carece de ninguna otra producción, más allá de la automovilística, cuya fidelidad cuesta bastante cara al Estado central y a las Autonomías; en este caso, hablar de competitividad suena a broma pesada, porque competitivos ¿en qué?
Para colmo, se extiende el rumor en Europa de que los salarios españoles son elevados, y de que los españoles, en general, viven por encima de sus posibilidades. ¿Sería eso posible? Cuando el salario de muchos españoles iguala o es menor al de muchos pensionistas, ¿acaso fue alguna vez el lujo tan vulgar?
Y son precisamente los Estados gobernados por la derecha los que trazan nuestro destino, los que estimulan todo tipo de privatizaciones, como si les fuese posible a los españoles cubrir con sus salarios el conjunto de lo que todavía financia el Estado, una vez muerto papá.
No.
De nuevo, se ha hecho el ridículo. Es posible que Rodríguez Zapatero haya sentido una mayor y más cómoda proximidad a los países ricos y con poder dentro de la Unión, pero para ellos sólo seremos el chico tonto de los recados.
¿Tan difícil es para la izquierda española reconciliarse con la obligada dignidad nacional?


Yvs Jacob

miércoles, 2 de febrero de 2011

La democracia, el Islam y qué malo es Occidente

Me gusta definir Occidente como "un teléfono móvil y una ducha diaria", y parece que estos logros, quizá más el primero que el segundo, se extienden de modo imparable por todo el orbe; es decir, en realidad, Occidente no merece mucho la pena.
He intentado prestar atención a los acontecimientos en el mundo árabe. Tras el esfuerzo, me resultan igual de ajenos que antes de haberme sido presentados por periodistas e intelectuales. He consultado Le dérèglement du monde, de Amin Maalouf, donde se trata el conflicto de civilizaciones entre Oriente y Occidente. El entusiasmo de Maalouf respecto de la libertad en el mundo árabe es evidente, y como entusiasta, abunda en argumentaciones demagógicas, aunque es posible que ligadas al torrencial buen rollo que las dispone, y no a un macabro ajuste de cuentas.
De indudable honradez es su observación acerca de la culpabilidad de Occidente en cuanto a la situación actual de los países árabes -Maalouf lo exonera. Es cierto que Occidente guarda mejores relaciones con tiranos y dictadores que con Estados democráticos -es más barato, sólo hay que comprar a un individuo, y ecológico, porque la vida se mantiene así en niveles bajos de consumo. Esto significa que las revoluciones necesarias que esos países deben abordar habrán de hacerse por completo desde el interior de ellos mismos, como parece que está sucediendo. Yo me alegraba por ello, porque la destrucción de lo establecido sin legitimidad tiene para mí lo sublime de un arte sin medida. Ahora bien, me entero de que, una vez expulsado de Túnez el dictador Ben Ali, el líder islamista Rachid Ghannouchi regresa tras veinte años de exilio, y miles de personas acuden al aeropuerto para recibirlo. Mientras tanto, intelectuales muy delicados defienden en España que los países árabes están preparados para la democracia, y lo dicen con fervoroso aliento, y casi molestos con quienes se atrevan a afirmar lo contrario: "claro que están preparados".
Vamos a ver, vamos a ver...
Es obvio que no están del todo preparados, o, al menos, que no todos, por no decir muy pocos, están preparados. La democracia sólo es posible cuando los hombres están dispuestos a arder eternamente en el fuego del infierno, lo que significa que es incompatible con todas las supersticiones. En democracia, todas las ficciones son útiles -véase, por ejemplo, la igualdad-, pero la superstición engendra esclavitud forzosa, y en democracia debe quedar siempre abierta la posibilidad de deponer sin derramamiento de sangre a quienes gobiernan, como decía Karl R. Popper, y debe ser posible la elección de los propios amos sin ninguna coacción, que lo digo yo, y hasta el punto de que un hombre se elija a sí mismo como dueño y señor, hasta el punto de elegir quemarse por toda la eternidad en el fuego del infierno. Esto no lo permite el Islam, que como toda religión que se precie se alimenta de la simplicidad de los hombres y de su hipocresía.
La democracia, no obstante, se parece en algo básico a creer en Dios: hay que apostar, como diría Pascal, pero en la apuesta hay que ir con todo. Me he reído mucho estos días cuando algún periodistilla ponía énfasis en la expresión "democracia plena", como si hubiese otro tipo de democracia -la que no es plena, que tampoco es, con propiedad, democrática.
Si algo puede exportar todavía Occidente, pues, es el sacrificio de sus dioses, lo que en Intereconomía se conoce como "libertad luciferina" -la verdad es que la cadena ha alcanzado aquí su clímax poético-, y que cada cual se las apañe para entrar en el Cielo. Mientras eso no sea posible, el cambio de unos presidentes por otros sólo pasará de unas manos a otras las llaves del corral.


Yvs Jacob

lunes, 31 de enero de 2011

"Aktion BDM", la novela de Yvs Jacob

En estos tiempos en que tanto provecho gratuito puede obtenerse gracias a Internet, siento en mí la responsabilidad de devolver algo a cambio de tanta satisfacción. Es muy poco lo que yo sé hacer, y menos aun si tuviese que ofrecer con ello alguna compensación a aquellos a quienes he confiado mi entretenimiento, y en buena medida, mi diversión, aparte del Partido Popular, claro. Pero dudo mucho de que la justicia se realice, puesto que aquellos a quienes me dirijo es probable que no sepan una palabra de castellano -como gran parte de los españoles, por cierto. En cualquier caso, puesto que la moral tiene sólo que ver con la intención, y nunca con los hechos, que no son, moralmente, nada en absoluto, me libro de la subyugación, y con el placer de un juez -así, entre el bien y el mal-, interpreto a mi gusto la "Ley Sinde" y entrego aquí unas páginas ajeno por completo al "síndrome del creador español", es decir, sin la obsesión de que nadie pague por leer mi novela de mierda.
Quiero decir algo acerca de este documento excepcional. Ha sido rechazado por unas cuantas editoriales, y algunas hubo, sin duda, las más exquisitas e intelectuales, que ni contestaron cuando el manuscrito de los cojones fue enviado. Creo que ya he despotricado en alguna ocasión contra las editoriales. Diré todavía algo más: son todas una puta mierda, están en manos de incompetentes y tratan a las obras y a los autores como si fuesen tomates podridos -y no entraré en detalles técnicos, de disciplina, se entiende, pero traigo ahora el recuerdo, por ejemplo, de La condición humana, de Hannah Arendt, cuya edición castellana, a cargo de Paidós, tenía errores ortotipográficos en el texto castellano y en las citas de todos los demás idiomas (inglés, francés y alemán); un prodigio editorial, vamos, y hasta el título es inadecuado.
Como no cuento con dinero para continuar manteniendo yo solo el sistema nacional de correos y envíos postales, y como me declaro contrario a que un lector sin formación estética ni humanística pueda determinar las posibilidades de una obra tan compleja como La undécima tesis, lego aquí, para todos los públicos, el producto de mi clarividencia atormentada por la despreciable realidad que es el mundo de los hombres.
Puesto que en España, a pesar de todas las editoriales que existen, se lee poco, despacio y mal -quizá por la recurrente manía de los editores, que insistentemente ofrecen al público obras de autores checos, húngaros y suecos, ¡y menos mal que en Gabón son todavía analfabetos!-, he dosificado mi arte en una suerte de capítulos semanales, de manera que los lectores accidentales puedan descansar de mi genio angustioso, envolvente.
Y ahí va:
Aktion BDM


Yvs Jacob