Mucho cuidado, amigos, que empiezan a producirse movimientos en el sentido expresado por una conocida ley de Murphy: las cosas que van mal irán peor. Esperanza Aguirre, que ganó el gobierno de la Comunidad de Madrid gracias al "tamayazo", y que no lo abandonó sin dejar a la región con un ritmo galopante en la destrucción de empleo y con la crisis de Bankia, intenta sacar la cabeza del cenagal de los "populares" para postularse como el hombre-medicina que necesita el pueblo español. Mucho cuidado, amigos, que el país corre el serio peligro de llenarse de megacasinos y campos de golf ilegales desde un rincón a otro, de llenarse también de profesionales de la sanidad privatizada cuyo salario lo paga la Administración pública, de docentes en paro y de espectáculos taurinos en nombre del progreso liberal. Atentos, que cuando algunos políticos en España toman posiciones y se colocan, son los ciudadanos quienes terminan más perjudicados. O hablemos de aquella brillante idea, la liberalización de los horarios comerciales en Madrid, que no sólo no ha creado un solo puesto de trabajo, sino que los ha precarizado todos; es que ni siquiera ha estimulado el consumo, que cae en picado, y ha condenado a la ruina a miles de pequeños comercios, tanto en la capital como en toda la región, al no existir ni una sola calle en la que no se haya abierto un siniestro almacén regentado por un insaciable oriental de esos que tanto desprecian la vida. Mucho cuidado con la inteligencia de la regeneradora de la democracia en España, amigos, y sobre todo atentos a la oportunidad, pues tras casi diez años en la presidencia de la Comunidad de Madrid y otros tantos en la presidencia del PP en la región, ha caído ahora en la cuenta la señora Aguirre, consumados todos los males de su nefasta gestión -dedicada con exclusividad y obsesión a hacer oposición al gobierno de la nación del PSOE desde 2004 hasta 2011-, ha caído en la cuenta de que las cosas tienen que cambiar, y lo que es peor, que ella tiene la capacidad, la disposición, el buen sentido, la clarividencia y la intuición del modo en que los cambios deben ser acometidos -ella habla de un problema con las listas, cuando lo que hay que conseguir es que salgan definitivamente de la política muchos tontos. ¡Ojo, ojo, ojo!, que creíamos haber encontrado algo de alivio en el batacazo de nuestro señor Mariano, y de nuevo sale a patrullar la musa de los iletrados -mucho cuidado, españoles, que musa iletrada busca cortijo.
Yvs Jacob
jueves, 7 de febrero de 2013
martes, 5 de febrero de 2013
Ana Mato vende cara su piel
Por alguna razón, Ana Mato me conduce a pensar en la talentosa Esperanza Aguirre. Se supone que es siempre en la izquierda donde los iletrados oportunistas buscan que la política sea una forma de vida, un medio para obtener los recursos que en la lucha diaria con los demás ciudadanos muchos no podrían conseguir, porque la competencia frente a los mejor preparados o superiores pondría de manifiesto sus carencias, su miseria, y estarían condenados a ser unos muertos de hambre. Luego sólo en la política se han podido asegurar muchos una pensión, es esto lo que nos dijo no hace demasiado la talentosa señora Aguirre, la misma que al pedir el voto para ella y su partido esgrimía las hazañas de DSK -la psiquiatría lo llama asociación libre y parece que funciona efectivamente así, por libre. Por supuesto, ella ha encadenado cargos con cargos desde la juventud, uno de sus hijos es asesor de algún ministro o secretario de Estado, pero, claro, no porque ambos conciban la política como modo de vida -para que no haya equívocos, aclaro que sigo aquí a Hannah Arendt, un modo de vida es un modo de ganarse el pan, nada menos comprometido que eso-, sino que están en política porque son los mejores -es una cuestión de factor Rh. Pero empezamos a rascar por aquí y por allí y aparecen más casos de personas que podrían disfrutar de recursos más cuantiosos en actividades de la vida privada, si acaso no perteneciesen también a esa familia de los mejores, que al parecer es una gran familia de derechas, cosas de la bondad. Por ejemplo, Ana Mato, el ahora exmarido de Ana Mato y el hermano de Ana Mato, eurodiputado. ¿No resulta sorprendente tanto compromiso reunido por lazos familiares? ¿No se ha desperdiciado aquí mucho factor Rh para la empresa privada? ¿No es extraño que haya tanta buena gente en la derecha que quiera ayudar a los demás, que dedique su vida, o mejor, que la sacrifique por favorecer a su pueblo, cuando fuera, en la empresa privada, serían panteras y leones con salarios a la medida de sus competencias predadoras? Y pensemos en nuestro señor Mariano, primer ministro del Gobierno del Reino de España. ¿Acaso no es la profesión de registrador de la propiedad una pensada exclusivamente por un régimen antiguo para dar bocados al patrimonio ajeno? ¿No resulta extraño el desapego de nuestro señor Mariano al dinero, que, según nos dice, no le ha proporcionado la actividad pública? Yo estoy hasta los cojones, realmente hasta los cojones de que algunos pretendan dar lecciones a los demás de moral, que pretendan justificar el éxito que han logrado por haber sido unos niños ricos con una ideología meritocrática que abre un abismo en la igualdad de oportunidades entre unos pijos déspotas y mimados y la gran mayoría de la población. Esto tiene que acabar de una vez, estos charlatanes de la derecha española no son en nada mejores que el último de los ciudadanos, estos impostores están tan preocupados por el dinero como cualquier ciudadano privado, tienen tan poco compromiso con su pueblo como todos los demás ciudadanos, y se han dedicado a la política porque ni en la empresa privada ganarían tanto como imaginan ni serían capaces de vivir de un trabajo normal. (Hasta nuestro señor Mariano se encuentra entre los diputados que practican el "timo de la dieta" -¡menudo desapego!-, al percibir un complemento por desplazamiento, cuando tiene residencia fija en Madrid). Ya está bien, coño, si es que ya está bien, ya vale de tomar el pelo a la ciudadanía, si es de todos conocido que hay tortas para entrar en la lista de un partido. ¿Acaso no es la lamentable situación del país, del Estado, de sus instituciones y Comunidades Autónomas una prueba irrefutable de que estos bondadosos gestores de la derecha no son sino otros tantos mediocres? Ya vale, por favor.
¿Y qué sabemos de Ana Mato? Más allá de que es la única ministra de todos los Estados democráticos europeos que toma sesiones de bronceado en invierno, no mucho más. Sabemos que una vez salió de la sala de bronceado y armó un escándalo mayúsculo, negó el copago o repago farmacéutico de inmediata aplicación y regresó de nuevo a la cápsula. Eso es todo lo que sabemos. Bueno, sabemos que la hicieron ministra por pagar alguna suerte de favor, quizá el de la fidelidad al líder, pero no se le conocen méritos, y una vez en el cargo, tampoco es que esté haciendo mucho para alcanzarlos. En un país normal, un ministro salpicado por casos de corrupción, incluso cuando en mucho, en parte o en nada verdaderos o falsos, tendría que abandonar su cargo como muestra precisamente de fidelidad, tendría que razonar de un modo muy parecido a éste: "mi persona y su suerte no son importantes, nada malo puede suceder a un hombre honrado, luego para que no se perjudique a mi partido ni a las ideas que representa, debo abandonar el cargo". Pero cuando sucede lo contrario, cuando se estima la propia persona por encima de las sospechas, cuando la presunción de inocencia de una persona singular es más importante que toda una ideología, cuando se recurre a argumentos como "no podrán probar nada" o "todo es mentira", entonces es lo peor de esa ideología lo que gana más fuerza, pierde por completo toda su credibilidad y sólo se aprecia el esfuerzo de un individuo porque no le quiten el sillón ni le arrebaten el maletín de las manos. No merece la pena. Además, el PP tiene medios suficientes para enviar a Ana Mato a Movistar o alguna otra empresa otrora pública o de algún amigo influyente que la acoja en un puesto fantasma donde no habrá de esforzarse por mostrar su valía. Podría entender la resistencia de Ana Mato y de nuestro señor Mariano a echarla del Gobierno si estuviésemos ante una ideóloga brillante -nadie se acordará de Ana Mato mañana, tanto si abandona como si persiste en su numantinada. En el PP parecen convencidos de su invulnerabilidad, no terminan de entender que sólo queda una bala en la recámara, que todo ha cambiado, y que tras la actual crisis económica, política, institucional, cultural, social..., quienes no hayan aprendido nada de nada van a desaparecer -por lo pronto, en las próximas elecciones regionales el PP va a perder Extremadura, Castilla-La Mancha y la Comunitat Valenciana, y cabe la posibilidad de un resultado muy ajustado en Madrid-, sólo queda una oportunidad antes de la gran descomposición y del gran estallido, no merece la pena, la honorabilidad de una sola persona en el Gobierno no merece la pena -Mariano, mal gobernante es sobre todo aquel que desprecia las consecuencias.
Yvs Jacob
[ Y fue entonces cuando a Mariano, al que llamaban "el Breve", empezaron a decirle "Brevísimo"].
¿Y qué sabemos de Ana Mato? Más allá de que es la única ministra de todos los Estados democráticos europeos que toma sesiones de bronceado en invierno, no mucho más. Sabemos que una vez salió de la sala de bronceado y armó un escándalo mayúsculo, negó el copago o repago farmacéutico de inmediata aplicación y regresó de nuevo a la cápsula. Eso es todo lo que sabemos. Bueno, sabemos que la hicieron ministra por pagar alguna suerte de favor, quizá el de la fidelidad al líder, pero no se le conocen méritos, y una vez en el cargo, tampoco es que esté haciendo mucho para alcanzarlos. En un país normal, un ministro salpicado por casos de corrupción, incluso cuando en mucho, en parte o en nada verdaderos o falsos, tendría que abandonar su cargo como muestra precisamente de fidelidad, tendría que razonar de un modo muy parecido a éste: "mi persona y su suerte no son importantes, nada malo puede suceder a un hombre honrado, luego para que no se perjudique a mi partido ni a las ideas que representa, debo abandonar el cargo". Pero cuando sucede lo contrario, cuando se estima la propia persona por encima de las sospechas, cuando la presunción de inocencia de una persona singular es más importante que toda una ideología, cuando se recurre a argumentos como "no podrán probar nada" o "todo es mentira", entonces es lo peor de esa ideología lo que gana más fuerza, pierde por completo toda su credibilidad y sólo se aprecia el esfuerzo de un individuo porque no le quiten el sillón ni le arrebaten el maletín de las manos. No merece la pena. Además, el PP tiene medios suficientes para enviar a Ana Mato a Movistar o alguna otra empresa otrora pública o de algún amigo influyente que la acoja en un puesto fantasma donde no habrá de esforzarse por mostrar su valía. Podría entender la resistencia de Ana Mato y de nuestro señor Mariano a echarla del Gobierno si estuviésemos ante una ideóloga brillante -nadie se acordará de Ana Mato mañana, tanto si abandona como si persiste en su numantinada. En el PP parecen convencidos de su invulnerabilidad, no terminan de entender que sólo queda una bala en la recámara, que todo ha cambiado, y que tras la actual crisis económica, política, institucional, cultural, social..., quienes no hayan aprendido nada de nada van a desaparecer -por lo pronto, en las próximas elecciones regionales el PP va a perder Extremadura, Castilla-La Mancha y la Comunitat Valenciana, y cabe la posibilidad de un resultado muy ajustado en Madrid-, sólo queda una oportunidad antes de la gran descomposición y del gran estallido, no merece la pena, la honorabilidad de una sola persona en el Gobierno no merece la pena -Mariano, mal gobernante es sobre todo aquel que desprecia las consecuencias.
Yvs Jacob
[ Y fue entonces cuando a Mariano, al que llamaban "el Breve", empezaron a decirle "Brevísimo"].
domingo, 3 de febrero de 2013
El PP pretende dar lecciones de oposición y Mariano Rajoy le arrea unos palos a Pérez Rubalcaba
Vamos con un poquito de historia reciente de España porque parece que ya se nos ha olvidado lo que sucedió antes de ayer.
En Marzo de 2004 fue España objetivo de unos atentados terroristas cuya autoría atribuyó el mundo entero, a excepción de los dirigentes del PP, a células del fundamentalismo islamista. Tales atentados, así lo entendió el mundo entero, salvo los dirigentes del PP, fueron respuesta a la caprichosa alineación -¿o alienación?- del por entonces primer ministro del Gobierno de España, José María Aznar, con los mandatarios de EEUU y el Reino Unido para iniciar las acciones bélicas que habrían de terminar con un dictador iraquí, al parecer, aunque en la actualidad, muerto el dictador, arrasado el país y en guerra civil su población, ni se entiende qué se le había perdido a España allí ni qué soluciones a ningún problema mundial podría aportar su participación en dicho conflicto. Por supuesto, beneficios tampoco ha obtenido nuestro país de semejante osadía humanitaria.
Yo marché junto con unos amigos por las calles de Madrid el día anterior a las elecciones a Cortes Generales de 2004, y en algunos puntos de la macromanifestación se gritaba contra ETA, porque había quien se empeñaba en la mentira de que los autores de los atentados eran vascos, y en otros puntos se gritaba contra el terrorismo, porque todo el mundo sabía, menos quienes no querían saber -los dirigentes del PP-, que los autores habían sido otros. Tras el escrutinio, Mariano Rajoy, esto es, el PP, obtuvo un merecidísimo lugar como jefe de la oposición, y un ingenuo José Luis Rodríguez Zapatero recibió el encargo de gobernar a los españoles. Comenzó entonces una legislatura odiosa en la historia de la tierna democracia española, porque el PP, cuyos dirigentes no aceptaban la legitimidad de la victoria del PSOE en las elecciones, y los medios de comunicación adeptos a esa expresión legal del odio pusieron en marcha la conocida como "teoría de la conspiración", según la cual ningún atentado semejante hubiese sido posible en España sin la unión de dos fuerzas a cuál más perversa, ETA y el fundamentalismo islamista. Nadie, salvo los más fanáticos, creyeron jamás en tal disparate. La primera legislatura de Rodríguez Zapatero fue la más tortuosa que jamás haya sufrido el pueblo español, el modo de hacer oposición del PP fue el más ruin, vil, irresponsable incluso ilegítimo que imaginarse pueda -no sólo se dudaba a diario del resultado de las elecciones, sino de la moral de los votantes del partido que las había ganado. Este matiz no es superficial, entiéndase: un partido que emplea todos los medios a su alcance para que las elecciones no se celebren -se llegó a hablar de convencer al Rey para que instaurase un estado de excepción-, un partido que se sirve de la mentira como único instrumento para mantenerse en el poder pasa a la oposición por deseo de la mayoría de los ciudadanos del Estado, y todavía en la oposición insisten sus dirigentes en que tal desplazamiento desde el poder carecía de legitimidad, que había sido el triunfo del infantilismo sobre la razón de Estado. Este partido, por si su desfachatez no fuese ya superlativa, se sirve de medios legales, cierto, pero absolutamente desleales para perjudicar cualquier acción del Gobierno, se sirve de las Comunidades Autónomas donde tiene el poder de gestión para boicotear y anular las decisiones y leyes del Parlamento nacional, utiliza tales Comunidades Autónomas para enfrentar una parte del Estado a todo el Estado, y perjudicar así a cuantos más ciudadanos mejor; este partido enfrenta a unos ciudadanos con otros apenas se presenta la menor cuestión polémica, manipula a las masas en todos los asuntos donde el rencor actúa como una plaga y devora la moral del país. Este partido, el PP, arroja a unos ciudadanos contra otros a propósito de la memoria histórica, del matrimonio homosexual, del feminismo progresista, de la educación, de las formas que adopta la familia en una sociedad avanzada, del concepto cultural plurinacional de España, un partido, el PP, que se muestra insaciable en su objetivo de echar abajo cuanto una sociedad pacífica y sana pueda construir -¡hasta a favor de los efectos perjudiciales del tabaco batalló el PP! La segunda legislatura de Rodríguez Zapatero fue conocida como la "caza de ministros". Nada de cuanto hiciese un ministro de Rodríguez Zapatero cabía dentro de la aprobación del PP ni de sus medios de difusión del odio, y menos aún si se trataba de una mujer, que probablemente de no existir Internet ni teléfonos con acceso a la Red las hubiesen quemado vivas en la plaza de Colón. Como Rodríguez Zapatero fue desde el primer día hasta el último un gobernante ingenuo -nada hay peor en el gobierno que creer que tu pueblo es lo que en absoluto es-, se inmoló, y Mariano Rajoy, que había perdido en dos ocasiones, tuvo la oportunidad por fin de decir una solemne chorrada histórica -"yo a partir de mañana me voy a poner a trabajar"-, tras la cual, es sabido por todos, lo que iba bien ahora va mal, y lo que iba mal va muchísimo peor. Muchos somos los que pensamos que una derecha española honrada y legal es algo contra natura, repugna a la razón -yo siempre he dicho que en un partido político con casi 700.000 militantes cabe mucha gente muy mala. No quiero decir que todos los votantes del PP sean personas viles, en absoluto, porque hay que contar entre ellos a ciudadanos entre los más correctos y honestos, pero quizá también temerosos de la integridad de la nación, o supersticiosos, si se trata de la educación, o sencillamente engañados e ingenuos, como los ancianos que pensaron que el PSOE les quitaba su pensión o quienes están convencidos de que gobierna mejor quien más cerca está del dinero. Y esto me lleva a la más rabiosa actualidad, los "papeles de Bárcenas", o cómo una ideología hace estragos al no practicarla ni sus más acérrimos defensores. Porque está muy bien eso de decir a los demás lo que es bueno y mejor para todos cuando la fortuna de uno va por otro lado. Y es ahora cuando Mariano Rajoy, cazaministros en el pasado y hostigador del legítimo gobernante, le da unos buenos palos al jefe de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, unos buenos palos así, por deporte y por distracción, pues se le ha ocurrido sumarse con su crédito a lo que el presidente del Gobierno juzga una campaña de infamias contra su partido y su propia persona. Yo esto no lo consigo entender: quien peor oposición ha hecho, quien ha hecho la oposición más salvaje y sucia, se molesta por los medios que emplean quienes se la hacen a él -¡así, no! Y hay que ver cómo está tratando todo el asunto el servicio de informativos de la radiotelevisión pública, que hay películas donde salen marranadas que no llegan a ser más guarras que el modo como se cuentan algunas noticias.
186 diputados en el Parlamento supone un rodillo que sólo puede afrontarse con mucha paciencia. Quedan tres años terribles por delante, pero se ha recuperado algo que hace apenas uno parecía imposible: las fuerzas vuelven a estar equilibradas, tanto si a nuestros jueces les tiembla al final el pulso y nos dan pulpo por animal de compañía como si no. Yo no creo que podamos librarnos de nuestro señor Mariano hasta el final de la legislatura, quien pensase lo contrario habría de admitir la premisa de que España es un país normal. España no es un país normal, admitámoslo de una vez, la derecha española no es una derecha normal, pero alegrémosnos, ¡que quedan sólo tres años!
Yvs Jacob
[ Y fue entonces cuando a Mariano, al que llamaban "el Breve", empezaron a decirle "Brevísimo"].
En Marzo de 2004 fue España objetivo de unos atentados terroristas cuya autoría atribuyó el mundo entero, a excepción de los dirigentes del PP, a células del fundamentalismo islamista. Tales atentados, así lo entendió el mundo entero, salvo los dirigentes del PP, fueron respuesta a la caprichosa alineación -¿o alienación?- del por entonces primer ministro del Gobierno de España, José María Aznar, con los mandatarios de EEUU y el Reino Unido para iniciar las acciones bélicas que habrían de terminar con un dictador iraquí, al parecer, aunque en la actualidad, muerto el dictador, arrasado el país y en guerra civil su población, ni se entiende qué se le había perdido a España allí ni qué soluciones a ningún problema mundial podría aportar su participación en dicho conflicto. Por supuesto, beneficios tampoco ha obtenido nuestro país de semejante osadía humanitaria.
Yo marché junto con unos amigos por las calles de Madrid el día anterior a las elecciones a Cortes Generales de 2004, y en algunos puntos de la macromanifestación se gritaba contra ETA, porque había quien se empeñaba en la mentira de que los autores de los atentados eran vascos, y en otros puntos se gritaba contra el terrorismo, porque todo el mundo sabía, menos quienes no querían saber -los dirigentes del PP-, que los autores habían sido otros. Tras el escrutinio, Mariano Rajoy, esto es, el PP, obtuvo un merecidísimo lugar como jefe de la oposición, y un ingenuo José Luis Rodríguez Zapatero recibió el encargo de gobernar a los españoles. Comenzó entonces una legislatura odiosa en la historia de la tierna democracia española, porque el PP, cuyos dirigentes no aceptaban la legitimidad de la victoria del PSOE en las elecciones, y los medios de comunicación adeptos a esa expresión legal del odio pusieron en marcha la conocida como "teoría de la conspiración", según la cual ningún atentado semejante hubiese sido posible en España sin la unión de dos fuerzas a cuál más perversa, ETA y el fundamentalismo islamista. Nadie, salvo los más fanáticos, creyeron jamás en tal disparate. La primera legislatura de Rodríguez Zapatero fue la más tortuosa que jamás haya sufrido el pueblo español, el modo de hacer oposición del PP fue el más ruin, vil, irresponsable incluso ilegítimo que imaginarse pueda -no sólo se dudaba a diario del resultado de las elecciones, sino de la moral de los votantes del partido que las había ganado. Este matiz no es superficial, entiéndase: un partido que emplea todos los medios a su alcance para que las elecciones no se celebren -se llegó a hablar de convencer al Rey para que instaurase un estado de excepción-, un partido que se sirve de la mentira como único instrumento para mantenerse en el poder pasa a la oposición por deseo de la mayoría de los ciudadanos del Estado, y todavía en la oposición insisten sus dirigentes en que tal desplazamiento desde el poder carecía de legitimidad, que había sido el triunfo del infantilismo sobre la razón de Estado. Este partido, por si su desfachatez no fuese ya superlativa, se sirve de medios legales, cierto, pero absolutamente desleales para perjudicar cualquier acción del Gobierno, se sirve de las Comunidades Autónomas donde tiene el poder de gestión para boicotear y anular las decisiones y leyes del Parlamento nacional, utiliza tales Comunidades Autónomas para enfrentar una parte del Estado a todo el Estado, y perjudicar así a cuantos más ciudadanos mejor; este partido enfrenta a unos ciudadanos con otros apenas se presenta la menor cuestión polémica, manipula a las masas en todos los asuntos donde el rencor actúa como una plaga y devora la moral del país. Este partido, el PP, arroja a unos ciudadanos contra otros a propósito de la memoria histórica, del matrimonio homosexual, del feminismo progresista, de la educación, de las formas que adopta la familia en una sociedad avanzada, del concepto cultural plurinacional de España, un partido, el PP, que se muestra insaciable en su objetivo de echar abajo cuanto una sociedad pacífica y sana pueda construir -¡hasta a favor de los efectos perjudiciales del tabaco batalló el PP! La segunda legislatura de Rodríguez Zapatero fue conocida como la "caza de ministros". Nada de cuanto hiciese un ministro de Rodríguez Zapatero cabía dentro de la aprobación del PP ni de sus medios de difusión del odio, y menos aún si se trataba de una mujer, que probablemente de no existir Internet ni teléfonos con acceso a la Red las hubiesen quemado vivas en la plaza de Colón. Como Rodríguez Zapatero fue desde el primer día hasta el último un gobernante ingenuo -nada hay peor en el gobierno que creer que tu pueblo es lo que en absoluto es-, se inmoló, y Mariano Rajoy, que había perdido en dos ocasiones, tuvo la oportunidad por fin de decir una solemne chorrada histórica -"yo a partir de mañana me voy a poner a trabajar"-, tras la cual, es sabido por todos, lo que iba bien ahora va mal, y lo que iba mal va muchísimo peor. Muchos somos los que pensamos que una derecha española honrada y legal es algo contra natura, repugna a la razón -yo siempre he dicho que en un partido político con casi 700.000 militantes cabe mucha gente muy mala. No quiero decir que todos los votantes del PP sean personas viles, en absoluto, porque hay que contar entre ellos a ciudadanos entre los más correctos y honestos, pero quizá también temerosos de la integridad de la nación, o supersticiosos, si se trata de la educación, o sencillamente engañados e ingenuos, como los ancianos que pensaron que el PSOE les quitaba su pensión o quienes están convencidos de que gobierna mejor quien más cerca está del dinero. Y esto me lleva a la más rabiosa actualidad, los "papeles de Bárcenas", o cómo una ideología hace estragos al no practicarla ni sus más acérrimos defensores. Porque está muy bien eso de decir a los demás lo que es bueno y mejor para todos cuando la fortuna de uno va por otro lado. Y es ahora cuando Mariano Rajoy, cazaministros en el pasado y hostigador del legítimo gobernante, le da unos buenos palos al jefe de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, unos buenos palos así, por deporte y por distracción, pues se le ha ocurrido sumarse con su crédito a lo que el presidente del Gobierno juzga una campaña de infamias contra su partido y su propia persona. Yo esto no lo consigo entender: quien peor oposición ha hecho, quien ha hecho la oposición más salvaje y sucia, se molesta por los medios que emplean quienes se la hacen a él -¡así, no! Y hay que ver cómo está tratando todo el asunto el servicio de informativos de la radiotelevisión pública, que hay películas donde salen marranadas que no llegan a ser más guarras que el modo como se cuentan algunas noticias.
186 diputados en el Parlamento supone un rodillo que sólo puede afrontarse con mucha paciencia. Quedan tres años terribles por delante, pero se ha recuperado algo que hace apenas uno parecía imposible: las fuerzas vuelven a estar equilibradas, tanto si a nuestros jueces les tiembla al final el pulso y nos dan pulpo por animal de compañía como si no. Yo no creo que podamos librarnos de nuestro señor Mariano hasta el final de la legislatura, quien pensase lo contrario habría de admitir la premisa de que España es un país normal. España no es un país normal, admitámoslo de una vez, la derecha española no es una derecha normal, pero alegrémosnos, ¡que quedan sólo tres años!
Yvs Jacob
[ Y fue entonces cuando a Mariano, al que llamaban "el Breve", empezaron a decirle "Brevísimo"].
viernes, 1 de febrero de 2013
Yvs Jacob pide a David Cameron que se lleve unos cuantos rumanos y búlgaros... de España
David, David, David... Me entero de que en el Reino Unido no os gustan los rumanos ni los búlgaros, claro, la verdad es que quedan muy mal junto a una tacita de té. No sé si te he contado alguna vez mis impresiones sobre Londres. Encontré la ciudad bastante feíta, David, aunque envidio esos barrios vuestros de las casitas blancas donde se podría cometer un asesinato sin que se enterase nadie en décadas, unos barrios tan tranquilos, con su pequeño jardín central, cerrado en horario nocturno, y siempre me llamó la atención que el piso abajo de esas casas, el piso que está en realidad bajo el nivel del suelo de la calle, sea habitable, un piso al que se accede por unas escaleritas impecables, y te digo que aquí sería imposible algo así, entre otras cosas porque la porquería de nuestras calles terminaría por impedir a un inquilino el acceso a su propia vivienda -hay porquería aquí, David, mucho peor que un desahucio. Pero en general, David, el Londres de las avenidas y los grandes espacios no me gusta en absoluto, es una ciudad, por así decir, bastante hortera -no offense, David. Madrid, por supuesto, y aunque no lo creas, ha intentado ser también como Londres; podría pensarse que le correspondía más imitar a las ciudades italianas, para lo cual no bastaría con que fuese sin más una ciudad sucia, pero no, Madrid es lo que queda cuando Londres sale mal, y mira que Londres ha salido mal en muchos aspectos. Hay quien piensa que Madrid podría haber sido como París, para lo cual sería necesario tirar abajo tres cuartas partes de la ciudad, algo con lo que yo sueño, pero tampoco; Madrid se parece más a un mal Londres que a otra cosa. De un tiempo a esta parte, David, en Madrid tenemos un pedigüeño rumano en cada esquina, un pedigüeño rumano a la puerta de cada iglesia e iglesucha, a la puerta de cada capilla, tenemos rumanos patrullando todas las calles en busca de algunas monedas, de algunas carteras, David, y me pregunto si el progreso tenía que ser así, si todos estos pedigüeños rumanos y búlgaros han venido a España por una idea extravagante del trabajo, me pregunto quién los ha convencido para abandonar su tierra en la que no hacían nada y venir a la nuestra a pedir limosna; me pregunto, David, si es así como una sociedad avanza, porque, ¡que me aspen, David!, yo no veo en estas instituciones de la miseria ningún avance en ningún sentido, no lo veo por ninguna parte, David, lo único que aprecio es la anarquía que nace del abuso y de la desesperación.
Tras conocer los anuncios disuasorios que ha promovido tu Gobierno, David, no creas que no he sentido de nuevo una cierta envidia, una envidia que siempre siento cuando veo que un pueblo se protege, pero además con una idea muy clara de lo que significa protección. Una idea menos clara, David, es la que hemos tenido en España: sólo nos ha interesado que algún pobre diablo nos comprase una vivienda infame o nos pagase su alquiler, para eso sí que hemos sido una sociedad multicultural. ¡Qué años más locos, David, los años salvajes! El sector bancario metido de lleno en la vorágine inmobiliaria, todo el mundo especulando con el ladrillo y un descontrol absoluto tanto de la inmigración como de la sub-sub-sub-sub-sub-subcontratación de trabajadores comunitarios. Porque, cierto, David, no todos los rumanos o búlgaros han venido a pedir ni a robar, otros hay que caminan por los tejados con un cigarrillo en una mano y una lata de cerveza en la otra, y está sucediendo ahora mismo, David, lo estoy viendo desde mi ventana, un rumano de más de sesenta años ajeno por completo a cualquier norma europea de seguridad y protección en el trabajo.
Se me ocurre, David, que para frenar la posible llegada de rumanos y búlgaros al Reino Unido no es necesario que promocionéis vuestros prejuicios por todos conocidos, es suficiente con que mostréis que los británicos tenéis una cultura, algo de lo que nadie podría dudar; basta con que seáis capaces de advertir a los extranjeros de que existe una presión institucional, cultural y social, y con eso ya veréis como todo marcha bien. Luego, David, habéis exagerado muchísimo, no poco, tengo que decírtelo, porque no es a un país con instituciones y leyes firmes, un país con cultura y con una sociedad observante que acuden los pobres diablos -no hay rumanos ni búlgaros en Alemania-, no; acuden allí donde nada importa a nadie, donde impera la impunidad en todos los aspectos. Fíjate lo que me decía hace unos días un intelectual español: "no se puede educar con la ley". ¡Jájaja! ¿No te duele también a ti el pecho? La cantidad de obras que dedicó Aristóteles a explicar que la ley hace bueno al ciudadano, que buenas leyes hacen buenos a los hombres, y llega un intelectual español y dice que una ley sólo tiene sentido cuando hay medios para que se cumpla. David, a mí de tanto vivir entre los españoles, no me duele el pecho, me duele el alma. ¡Ah!, ¿pues acaso no hace falta ley cuando la cultura falta?
Yo te pido, David, a cambio de tantos pakistaníes como tenemos ahora en Madrid -Pakistán, que a lo mejor te suena...-, y los hay por encima de cualquier legalidad, te pido, David, que nos eches una mano y pruebes a educar tú a nuestros rumanos y búlgaros allí donde nosotros hemos fracasado, y hemos fracasado, David, porque unos pobres no tienen nada que enseñar a otros. Aquí te lanzo, pues, el desafío, David Cameron, ha llegado el momento de que también vosotros seáis un poquito solidarios, creo que de alguna manera nos lo debéis -¡mostrad al mundo de qué sois capaces con unas pastitas y un volumen de Jane Austen!
Yvs Jacob
[ Y fue entonces cuando a Mariano, al que llamaban "el Breve", empezaron a decirle "Brevísimo"].
Tras conocer los anuncios disuasorios que ha promovido tu Gobierno, David, no creas que no he sentido de nuevo una cierta envidia, una envidia que siempre siento cuando veo que un pueblo se protege, pero además con una idea muy clara de lo que significa protección. Una idea menos clara, David, es la que hemos tenido en España: sólo nos ha interesado que algún pobre diablo nos comprase una vivienda infame o nos pagase su alquiler, para eso sí que hemos sido una sociedad multicultural. ¡Qué años más locos, David, los años salvajes! El sector bancario metido de lleno en la vorágine inmobiliaria, todo el mundo especulando con el ladrillo y un descontrol absoluto tanto de la inmigración como de la sub-sub-sub-sub-sub-subcontratación de trabajadores comunitarios. Porque, cierto, David, no todos los rumanos o búlgaros han venido a pedir ni a robar, otros hay que caminan por los tejados con un cigarrillo en una mano y una lata de cerveza en la otra, y está sucediendo ahora mismo, David, lo estoy viendo desde mi ventana, un rumano de más de sesenta años ajeno por completo a cualquier norma europea de seguridad y protección en el trabajo.
Se me ocurre, David, que para frenar la posible llegada de rumanos y búlgaros al Reino Unido no es necesario que promocionéis vuestros prejuicios por todos conocidos, es suficiente con que mostréis que los británicos tenéis una cultura, algo de lo que nadie podría dudar; basta con que seáis capaces de advertir a los extranjeros de que existe una presión institucional, cultural y social, y con eso ya veréis como todo marcha bien. Luego, David, habéis exagerado muchísimo, no poco, tengo que decírtelo, porque no es a un país con instituciones y leyes firmes, un país con cultura y con una sociedad observante que acuden los pobres diablos -no hay rumanos ni búlgaros en Alemania-, no; acuden allí donde nada importa a nadie, donde impera la impunidad en todos los aspectos. Fíjate lo que me decía hace unos días un intelectual español: "no se puede educar con la ley". ¡Jájaja! ¿No te duele también a ti el pecho? La cantidad de obras que dedicó Aristóteles a explicar que la ley hace bueno al ciudadano, que buenas leyes hacen buenos a los hombres, y llega un intelectual español y dice que una ley sólo tiene sentido cuando hay medios para que se cumpla. David, a mí de tanto vivir entre los españoles, no me duele el pecho, me duele el alma. ¡Ah!, ¿pues acaso no hace falta ley cuando la cultura falta?
Yo te pido, David, a cambio de tantos pakistaníes como tenemos ahora en Madrid -Pakistán, que a lo mejor te suena...-, y los hay por encima de cualquier legalidad, te pido, David, que nos eches una mano y pruebes a educar tú a nuestros rumanos y búlgaros allí donde nosotros hemos fracasado, y hemos fracasado, David, porque unos pobres no tienen nada que enseñar a otros. Aquí te lanzo, pues, el desafío, David Cameron, ha llegado el momento de que también vosotros seáis un poquito solidarios, creo que de alguna manera nos lo debéis -¡mostrad al mundo de qué sois capaces con unas pastitas y un volumen de Jane Austen!
Yvs Jacob
[ Y fue entonces cuando a Mariano, al que llamaban "el Breve", empezaron a decirle "Brevísimo"].
lunes, 28 de enero de 2013
Contiene la letra "p": país de pobres, pedigüeños y parados
¿España?
La semana pasada vivimos otro episodio de recio costumbrismo español, se publicaban los datos del desempleo y respiramos con alivio porque no se había alcanzado la cifra de 6 millones de parados, un episodio más del consabido miedo español a que se oficialice la realidad, la sanción libre de superstición. No obstante, en un pequeño titular de diario se decía algo así como que "la mitad de los parados ya ni siquiera busca empleo", y habría que añadir que hay muchísimos, pero realmente muchísimos desempleados que ni siquiera están inscritos en los registros de desempleo, o lo que es igual, que hay muchísimos más parados no oficiales que nada va a oficializar. Luego no respiremos tan satisfechos, que todo está mucho peor de como lo percibimos. Como nunca faltan humoristas en los Gobiernos de España, tras pedir la ministra Fátima Báñez un capote a la Virgen -en Madrid, en particular, le hemos pedido un casino-, fue el turno para Miguel Arias Cañete, el ministro Caducao, que quiso darnos fecha de caducidad por consumo preferente al defender los llamados "frutos" de la llamada "reforma laboral", lo que no es sino el timo por todos conocido: a cambio de nada, te saco hasta los ojos -España, tierra de bandoleros, no oferta la bolsa o la vida, aquí si es posible acabamos con las dos.
Y todo el mundo anda revuelto con la situación en España, que no se sabe muy bien por qué trabajan tan pocos ni se sabe muy bien en qué se podría trabajar donde no hay más que bares, hoteles y restaurantes, el modo de vida elegido por los taberneros, por los listos y por los horteras; se preguntan también en Alemania en qué se podría emplear una población tan grande, tal cantidad de consumidores, o potenciales consumidores, según evolucionan los acontecimientos, se lo preguntan los alemanes, ellos que compran en supermercados alemanes, que conducen coches alemanes, que montan en bicicletas alemanas, que viajan en puntuales trenes alemanes, que hablan por teléfonos alemanes, que se gobiernan por eficientes leyes alemanas, ellos, los alemanes, que no dudan en absoluto de Alemania. Y todos, aquí y allí, nos preguntamos a qué nos dedicamos los españoles, que ni compramos en supermercados españoles, sino en los alemanes y franceses, que no conducimos coches españoles, sino alemanes y franceses, que no montamos en bicicleta, salvo raras ocasiones, pero bicicletas extranjeras, que consumimos todo cuanto no producimos, y no producimos nada, que nos gobernamos por leyes improvisadas e ineficaces, y que no sabemos en absoluto qué es España.
También la semana pasada, además, apenas se daban a conocer los datos del paro, dos nuevos titulares no produjeron la menor alarma en el país de los taberneros: en Catalunya se aprobaba una declaración soberanista; por su parte, el FMI declaraba que la situación en España sería peor en 2013 de lo que fue en 2012. Y todo seguirá igual. Desde la instituciones europeas se juzga vergonzoso que el 55% de los jóvenes españoles no tenga empleo. En España, no obstante, se confía en que el empleo llegará como sucede con algunos vientos, o quizá como las aves migratorias, se piensa en el empleo como en una bonanza inevitable, sujeta, sí, a vaivenes, pero fiel, que no se ha ido de aquí para siempre, y que tarde o temprano volverá -es una idea magnífica que nos envidiarían los antiguos griegos, creo que merece la pena bautizarla así, "la idea climática y migratoria del empleo". Como tal, como idea climática y migratoria, nos impide a los españoles hacer nada por favorecer el empleo, no está en nuestra mano, decimos, cualquier intento por reindustrializar el país, por recuperar el trabajo que la deslocalización se llevó a otros lugares, cualquier intento por convencer a los empresarios españoles de que existe una manera nacional no necesariamente ridícula de favorecer a sus compatriotas, a los hijos de sus compatriotas, nos parece un disparate antiliberal, porque el empleo, como las reglas de mercado, o precisamente porque no depende sino de ellas, se autorregula, y unas veces va mejor y otras peor, pero siempre que va muy mal termina por recuperarse, y a eso esperamos, a que el empleo se recupere, pero a que se recupere él. Como decía, una auténtica fatalidad griega este asunto del empleo en España -nos hemos precipitado hacia la ruina, pero ha sido la mala suerte... y quizá también Angela Merkel. (A propósito de la fatalidad ya había dicho Platón que no la enderezan ni los dioses -a ver si vamos a ser los españoles de alguna manera racionalistas, ¡lo que nos faltaba!).
Yvs Jacob
La semana pasada vivimos otro episodio de recio costumbrismo español, se publicaban los datos del desempleo y respiramos con alivio porque no se había alcanzado la cifra de 6 millones de parados, un episodio más del consabido miedo español a que se oficialice la realidad, la sanción libre de superstición. No obstante, en un pequeño titular de diario se decía algo así como que "la mitad de los parados ya ni siquiera busca empleo", y habría que añadir que hay muchísimos, pero realmente muchísimos desempleados que ni siquiera están inscritos en los registros de desempleo, o lo que es igual, que hay muchísimos más parados no oficiales que nada va a oficializar. Luego no respiremos tan satisfechos, que todo está mucho peor de como lo percibimos. Como nunca faltan humoristas en los Gobiernos de España, tras pedir la ministra Fátima Báñez un capote a la Virgen -en Madrid, en particular, le hemos pedido un casino-, fue el turno para Miguel Arias Cañete, el ministro Caducao, que quiso darnos fecha de caducidad por consumo preferente al defender los llamados "frutos" de la llamada "reforma laboral", lo que no es sino el timo por todos conocido: a cambio de nada, te saco hasta los ojos -España, tierra de bandoleros, no oferta la bolsa o la vida, aquí si es posible acabamos con las dos.
Y todo el mundo anda revuelto con la situación en España, que no se sabe muy bien por qué trabajan tan pocos ni se sabe muy bien en qué se podría trabajar donde no hay más que bares, hoteles y restaurantes, el modo de vida elegido por los taberneros, por los listos y por los horteras; se preguntan también en Alemania en qué se podría emplear una población tan grande, tal cantidad de consumidores, o potenciales consumidores, según evolucionan los acontecimientos, se lo preguntan los alemanes, ellos que compran en supermercados alemanes, que conducen coches alemanes, que montan en bicicletas alemanas, que viajan en puntuales trenes alemanes, que hablan por teléfonos alemanes, que se gobiernan por eficientes leyes alemanas, ellos, los alemanes, que no dudan en absoluto de Alemania. Y todos, aquí y allí, nos preguntamos a qué nos dedicamos los españoles, que ni compramos en supermercados españoles, sino en los alemanes y franceses, que no conducimos coches españoles, sino alemanes y franceses, que no montamos en bicicleta, salvo raras ocasiones, pero bicicletas extranjeras, que consumimos todo cuanto no producimos, y no producimos nada, que nos gobernamos por leyes improvisadas e ineficaces, y que no sabemos en absoluto qué es España.
También la semana pasada, además, apenas se daban a conocer los datos del paro, dos nuevos titulares no produjeron la menor alarma en el país de los taberneros: en Catalunya se aprobaba una declaración soberanista; por su parte, el FMI declaraba que la situación en España sería peor en 2013 de lo que fue en 2012. Y todo seguirá igual. Desde la instituciones europeas se juzga vergonzoso que el 55% de los jóvenes españoles no tenga empleo. En España, no obstante, se confía en que el empleo llegará como sucede con algunos vientos, o quizá como las aves migratorias, se piensa en el empleo como en una bonanza inevitable, sujeta, sí, a vaivenes, pero fiel, que no se ha ido de aquí para siempre, y que tarde o temprano volverá -es una idea magnífica que nos envidiarían los antiguos griegos, creo que merece la pena bautizarla así, "la idea climática y migratoria del empleo". Como tal, como idea climática y migratoria, nos impide a los españoles hacer nada por favorecer el empleo, no está en nuestra mano, decimos, cualquier intento por reindustrializar el país, por recuperar el trabajo que la deslocalización se llevó a otros lugares, cualquier intento por convencer a los empresarios españoles de que existe una manera nacional no necesariamente ridícula de favorecer a sus compatriotas, a los hijos de sus compatriotas, nos parece un disparate antiliberal, porque el empleo, como las reglas de mercado, o precisamente porque no depende sino de ellas, se autorregula, y unas veces va mejor y otras peor, pero siempre que va muy mal termina por recuperarse, y a eso esperamos, a que el empleo se recupere, pero a que se recupere él. Como decía, una auténtica fatalidad griega este asunto del empleo en España -nos hemos precipitado hacia la ruina, pero ha sido la mala suerte... y quizá también Angela Merkel. (A propósito de la fatalidad ya había dicho Platón que no la enderezan ni los dioses -a ver si vamos a ser los españoles de alguna manera racionalistas, ¡lo que nos faltaba!).
Yvs Jacob
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