Hoy es imposible dar un paseo por Madrid sin que se reclame del menos precavido una firma a favor cada tres pasos. Es tal la cantidad de apoyos, simpatías o adhesiones que le solicitan a uno que me he animado a echar cuentas, puesto que tanta gente descontenta no parece tener ningún sentido bajo el gobierno de un partido que no sólo ha obtenido una mayoría absolutísima en las urnas, sino más votos de los que nunca antes había logrado, y son datos que al cruzarse arrojan una contradicción a punto de convertirse en enigma, un problema sin solución. Si los pensionistas no votaron al PP, si tampoco lo hicieron los funcionarios; si ni los jóvenes estudiantes universitarios ni los profesionales docentes votaron al partido ahora en el gobierno, si tampoco lo hicieron los trabajadores de la sanidad, ni los miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, ni los bomberos, ni los trabajadores de las empresas públicas de transportes, ni los familiares de ningún ciudadano que necesite un servicio social de dependencia; si tampoco votaron al PP quienes viven la demora de un desahucio, si no fue la opción resuelta por quienes limpian las calles, ni la de quienes conducen un taxi, ni la de quienes se ganan la vida con su pequeño negocio; si no existe, en definitiva, ni siquiera uno entre los que se conoce como colectivos, cualquier conjunto de individuos que se signifique por una cualidad compartida y esencial en sus reclamaciones, si ni uno ni ninguno de los colectivos sociales que acechan por las calles a la busca de la solidaridad -ya sea porque peligra su puesto de trabajo o por la amenaza que pueda derivarse para toda la sociedad que la labor que realizan se vea afectada por lo que desde los orígenes del capitalismo se llama racionalismo económico-, si nadie, pues, comparte las decisiones que los representantes legítimos del pueblo soberano -y a los que se ha encargado la gestión de los asuntos públicos- adoptan, ¿cómo coño ha llegado Mariano Rajoy a primer ministro? ¿Y por qué es tanta la sorpresa al descubrir que un partido de la derecha española -comprensión deficiente de la democracia, clasismo social y político, interpretación de la legitimidad desde la intolerancia, desprecio y exclusión de los humildes...- gobierna con un programa radical de derechas? ¿Acaso alguien esperaba de verdad que fuese de otra manera? ¿Acaso basta una campaña electoral para demostrar que los españoles son un pueblo menor de edad?
Yo quiero hacer otra colecta, pero a favor de la insolidaridad: quiero que cada cual sufra en sus propias carnes este racionalismo económico que nos ha puesto en guardia sobre los excesos de la gestión pública, quiero que quienes votaron al PP y ahora arman tanto revuelo conozcan todas las consecuencias, sin ahorrar ninguna, de su elección, y no me pienso sumar a nada, ya se privatice un hospital público en un barrio burgués o se convierta un parque de bomberos en un hotel de lujo. Es más, me gustaría decirlo con todas las palabras: que les den por el culo, que os den por el culo, ahora toca pechar, como reza el lema de los orteguianos, ahora no cabe confiar en que la algarabía enderezará las cosas, ahora no cabe la fraternidad social, no cabe la ingenuidad, admitir que al pobre votante lo engañaron con malas artes, ahora sólo cabe soportar el desastre, y me temo que lo peor no ha pasado todavía ni terminará en el año 2014, lo peor aguarda el momento oportuno, ya no hay manera de evitar el estallido social, no es nunca en vano que se pierden las generaciones. De algo me han convencido los neoliberales: ¡que viva la insolidaridad!
Yvs Jacob
lunes, 10 de diciembre de 2012
miércoles, 5 de diciembre de 2012
¿Habrá habido alguna vez una fotografía más miserable?
Mariano Rajoy es ya el campeón del mundo en desempleo, y por mucho que su Gobierno se esfuerce en preparar la todavía lejana campaña electoral con el anuncio de una recuperación milagrosa de la economía en 2014, algo que puede saberse ya hoy, en 2012, es que él no saldrá reelegido, y que su paso por la política en España se recordará en los libros de historia con dos datos: que no se enteraba de nada mientras fue ministro de Josemari y que como primer ministro el desempleo batió todos los registros. Se dirá que el problema del desempleo es estructural en España, con lo que estoy de acuerdo, primero porque el catolicismo es un ingrediente imprescindible para la inmoralidad como modelo de gestión, segundo porque la industrialización fue muy breve, y tercero porque el ingreso en el club de la UE convenció a los españoles de que el sector con más futuro para ellos era el turismo, que se ha probado el más envilecedor de todos, junto con la construcción, orgía del analfabetismo, y se llega a la conclusión de que la pobreza -y no la riqueza- resulta de la obsesión por el dinero. Se dirá que la España de los años ochenta vivió otro momento de desempleo feroz, pero tiene más delito el dato en el presente, tanto porque el número de parados es mayor como por el hecho de producirse en una sociedad avanzada y moderna, con mejores condiciones para combatirlo, lo que no puede afirmarse de ningún periodo anterior. En enero de 2010 el diario El Mundo publicó esta infame fotografía del ahora inefable primer ministro del Gobierno del Reino de España, una fotografía que no podrá pasar desapercibida en cualquier historia universal de la infamia en imágenes que se pretenda, sin duda, una de las fotografías más ruines que se hayan publicado jamás, y cada mes, cuando el dato del desempleo se actualiza, no deja sino de agudizarse su vileza. La fotografía se acompañaba de uno de esos titulares delirantes tan del gusto de la derecha española, un titular ridículo y determinante: "Cuando gobierne bajará el paro", y conviene tenerlo presente porque hoy, un año después del advenimiento de nuestro señor Mariano, el paro no sólo no baja, sino que aumenta desconsoladamente.
Todo en esta fotografía es puro disparate y mezquindad -el personaje que se retrata, el medio que la publica, la intención que los ha reunido y la escena seleccionada; el patetismo y el desacierto ahondan en el ridículo, y si no existe la divinidad, algo que yo tantas veces dudo, al menos existe la justicia poética, que quizá es el medio, junto con la casualidad, por donde asoman los dioses, o por donde a los dioses se les escapa el mundo. La imagen quiere mostrar la enfermedad, en efecto, su único acierto; la enfermedad del mal gobierno, la que padece una sociedad mal gobernada, pero fracasa. Como diría Aristóteles, es preferible lo falso verosímil a lo real inverosímil, y la pose del por entonces líder del mayor partido en la oposición es tan increíble que no hay manera de explicar cómo este individuo ha podido engañar a tantos millones de ciudadanos. Lo real inverosímil llama entonces la atención sobre otra enfermedad, la pura obscenidad: yo no dejo de preguntarme cómo pudo alguien llegar a imaginar esta fotografía y cómo pudo una persona decente prestarse a su realización. Para mi sorpresa, no se trata de una fotografía aislada -en la edición digital de El Mundo del día 9 de enero de 2010 puede verse el making-of del disparate, se ve al retratado llegar al lugar, situarse de manera que se aprecie el cartel de la oficina de desempleo y a quienes aguardan su apertura, los mismos que se encuentran a las puertas de un comedor social. El making-of convence al lector de que la imagen definitiva es real -Mariano Rajoy no es una figura de recortable, aunque lo parece, no es tampoco un truco de la tecnología digital, no es un montaje de los que La Razón encarga al nieto de alguno de sus articulistas nonagenarios; no, la fotografía es real.
Para dar una explicación a todo lo que está sucediendo en España, desde la persecución y caza de los líderes sindicales, uno de los cuales, al parecer, tenía un reloj muy valioso que no lo era tanto, hasta la detención del expresidente de la patronal, Gerardo Díaz Ferrán, una vez extinta la amnistía fiscal, va a ser necesaria mucha templanza, porque la verdad es que dan ganas de desatar un apocalipsis de mil demonios. Haber entregado una mayoría absoluta al PP en una situación de crisis económica, política y social como la presente debe contarse como uno de los errores más significativos del pueblo español en toda su historia, el error es de una magnitud tal que las consecuencias que vayan a derivarse de este periodo son del todo imprevisibles, y una sociedad que no pueda contenerse a sí misma con la previsión está condenada a precipitarse por el abismo.
Yvs Jacob
Todo en esta fotografía es puro disparate y mezquindad -el personaje que se retrata, el medio que la publica, la intención que los ha reunido y la escena seleccionada; el patetismo y el desacierto ahondan en el ridículo, y si no existe la divinidad, algo que yo tantas veces dudo, al menos existe la justicia poética, que quizá es el medio, junto con la casualidad, por donde asoman los dioses, o por donde a los dioses se les escapa el mundo. La imagen quiere mostrar la enfermedad, en efecto, su único acierto; la enfermedad del mal gobierno, la que padece una sociedad mal gobernada, pero fracasa. Como diría Aristóteles, es preferible lo falso verosímil a lo real inverosímil, y la pose del por entonces líder del mayor partido en la oposición es tan increíble que no hay manera de explicar cómo este individuo ha podido engañar a tantos millones de ciudadanos. Lo real inverosímil llama entonces la atención sobre otra enfermedad, la pura obscenidad: yo no dejo de preguntarme cómo pudo alguien llegar a imaginar esta fotografía y cómo pudo una persona decente prestarse a su realización. Para mi sorpresa, no se trata de una fotografía aislada -en la edición digital de El Mundo del día 9 de enero de 2010 puede verse el making-of del disparate, se ve al retratado llegar al lugar, situarse de manera que se aprecie el cartel de la oficina de desempleo y a quienes aguardan su apertura, los mismos que se encuentran a las puertas de un comedor social. El making-of convence al lector de que la imagen definitiva es real -Mariano Rajoy no es una figura de recortable, aunque lo parece, no es tampoco un truco de la tecnología digital, no es un montaje de los que La Razón encarga al nieto de alguno de sus articulistas nonagenarios; no, la fotografía es real.
Para dar una explicación a todo lo que está sucediendo en España, desde la persecución y caza de los líderes sindicales, uno de los cuales, al parecer, tenía un reloj muy valioso que no lo era tanto, hasta la detención del expresidente de la patronal, Gerardo Díaz Ferrán, una vez extinta la amnistía fiscal, va a ser necesaria mucha templanza, porque la verdad es que dan ganas de desatar un apocalipsis de mil demonios. Haber entregado una mayoría absoluta al PP en una situación de crisis económica, política y social como la presente debe contarse como uno de los errores más significativos del pueblo español en toda su historia, el error es de una magnitud tal que las consecuencias que vayan a derivarse de este periodo son del todo imprevisibles, y una sociedad que no pueda contenerse a sí misma con la previsión está condenada a precipitarse por el abismo.
Yvs Jacob
domingo, 2 de diciembre de 2012
Soy un idiota, soy votante del PP
Si le va bien a la banca, me irá bien a mí también; si le va bien a los empresarios, encontraré trabajo. Todo lo que gestiona el Estado fracasa; lo que se gestiona en el ámbito privado funciona mejor y obtiene beneficios. Los sindicatos son el freno mortal del desarrollo económico; los funcionarios son el sumidero de los fondos del Estado. Los pensionistas sólo quieren el dinero de quienes trabajan. Un desempleado es un sinvergüenza incapaz de devolver al Estado todo lo que éste le da. La mejor educación es necesariamente clasista; allí donde muchos acuden al reparto de cualquier cosa se toca siempre a menos -si mayor el número de docentes, más empleo público y peor calidad de la educación. La mejor educación es la de antes. La seguridad social es propia de la ideología liberticida, invade una competencia exclusiva del individuo y le obliga a participar en algo que debería ser opcional. Cualquier enfermedad de otra persona no es asunto mío. Quien quiera algo -un capricho, una necesidad, un servicio...-, que trabaje y se lo pague. Los ancianos deberían ser atendidos por sus familiares, el Estado no puede ni debe hacerse cargo de ellos -la discapacidad de una persona puede ser una desgracia o una bendición, pero nunca una responsabilidad de los contribuyentes. La familia es anterior al Estado en todos los aspectos; ninguna ley puede imponerse a la voluntad de la familia. La voluntad de la familia se expresa en la tradición. La familia es el único agente educador. El Estado no debe gestionar pensiones de ningún tipo; una pensión es un dinero que se regala y se pierde. Cualquier competencia del Estado que se encargue de realizar la solidaridad forzada entre los ciudadanos conduce a una pérdida y debe ser eliminada. El gobierno de la nación es tarea de los mejores. Los mejores son aquellos que más cerca han estado y están del dinero; sabe más de economía quien mejor ha sabido enriquecerse. El gobierno debe mirar siempre a la economía. Los pobres no saben gobernar. O hay despilfarro o hay ahorro; el gobierno de los pobres es despilfarrador. El gobierno de los pobres es improductivo, su único producto es la dependencia de los ciudadanos; los pobres no son sino inútiles. Dependiente es todo aquel incapaz de emanciparse del Estado; dependiente es quien vive bajo el paraguas del Estado para todo. Lo contrario al dependiente es el emprendedor. El gobierno de los pobres es una condena para el emprendedor. Emprendedor es quien de la nada hace mucho y vive de su esfuerzo. Los trabajadores ya no existen; obrero es un anacronismo. El Estado sólo existe para cumplir dos funciones: la defensa del territorio y la defensa del emprendedor. El Estado debe legislar para que el emprendedor sea libre. El emprendedor no puede soportar con su actividad ninguna responsabilidad que quiera derivarse de ella; un esfuerzo que quede sin recompensa sólo cabe concebirlo en un mundo gobernado por los pobres, el mundo de los dependientes, el mundo de los inútiles. El emprendedor es el único libre entre los hombres, los demás no conocen la libertad. La subida continua de los salarios acomoda a los empleados por cuenta ajena. La subida de los salarios debe desvincularse del precio de la vida; no se puede legislar contra la libre empresa y las fluctuaciones del mercado, no se puede obligar al empresario a realizar lo que no disponga el libre mercado -la mano invisible no es una metáfora. Un empleado por cuenta ajena es tanto más competitivo cuanto más consciente de que peligra su puesto de trabajo. Legislar para obligar a un empresario a mantener a un empleado por cuenta ajena es perjudicial para la libre empresa. Son los mejores quienes conducen la dirección de la realidad; manifestarse contra la realidad es absurdo. Quienes disienten del liderazgo de los mejores son los mediocres. El pobre que no acepta su condición es un mediocre; el gobierno del buenismo es el gobierno de los mediocres; la justicia social es la utopía de la mediocridad. El libre mercado no es una utopía; el premio de los mejores no puede ser expulsado de la realidad, es la realidad misma. Querer lo que no corresponde es una ilusión vana: un mediocre nunca podrá contarse entre los mejores. No existe ningún interés común a toda la sociedad, cuando algo semejante se pretende, los mediocres se alzan sobre los mejores, lo que no es sino un disparate.
[Extraído de la Guía del miserable. Una propuesta para la involución de las sociedades].
[Extraído de la Guía del miserable. Una propuesta para la involución de las sociedades].
miércoles, 28 de noviembre de 2012
Una familia de suecos apadrina a Yvs Jacob
¡Y sin verme ni nada!
La verdad es que me han dado una sorpresa estos suecos... Alguien llama de manera insistente al telefonillo -mientras suena cualquier obra de Jean Sibelius, yo no contesto al teléfono ni al telefonillo, y ni le abro la puerta a mi vecino aunque se le esté quemando la casa. Y venga a llamar, venga a llamar... y el silencio. Entonces, suenan pisadas en la escalera, mamporros en mi puerta, y reacciono. "¡Pero se puede saber qué maneras son éstas!", y abro enfurecido. Una personita vestida de azul y amarillo y con cara de poca cocción en el útero materno me mira con la indolencia de quienes saben poner la exigencia de la responsabilidad por encima de cualquier otro cometido, pregunta si soy quien soy, a lo que yo contesto que "en efecto", y me pone en las manos una caja lo bastante grande como para pasar desapercibida, y es que me había maravillado esa concentración sietemesina, creación caprichosa de la divina naturaleza. Ingenuo, se me escapa esta observación: "no esperaba ningún paquete", que es apenas un pensamiento en voz alta sin dirección, pero el personal de Correos, tan mal educado en las jóvenes generaciones, tan susceptible, interpreta como una queja lo que no es sino sorpresa, y de buenas a primeras, me arrea un mandoble liberaliforme, "¡y a mí qué me cuenta!". "¡A mí qué me cuenta!", ¡qué asco de gente!, ¡qué asco de país!
Ganada la privacidad a la impertinencia, estudio el paquete. ¿No resulta extraño que semejante volumen lo entregue el servicio ordinario de Correos, que si no abres de inmediato al cartero te deja en el buzón la notificación pertinente para la recogida en persona? Me acuerdo entonces de un cartero que prestaba servicio hace algún tiempo en mi distrito, y que siempre que me llegaba en el correo algún libro me pedía que nos encontrásemos hacia la mitad de la escalera con la misma excusa, "un paquete muy pesado para...". Examino el recién entregado y por medios tan extraordinarios, sobre todo cuando interviene un trabajador español del servicio público. ¡Malmö! ¡Coño, qué lejos! ¡Qué habrá pasado! Y no me decido a abrirlo, como haría cualquier personaje de un producto hollywoodiense. Dejo el paquete sobre la mesa. Lo miro. Enciendo un cigarro; lo miro sin cesar. Malmö... Todo lo que sé acerca de esta ciudad es que Adidas le dedicó unas zapatillas con los colores de la bandera de Suecia. Me pregunto entonces si una palabra como Madrid quedaría bien apenas debajo del tobillo. Adidas Madrid no suena en absoluto como Adidas Malmö, quizá tenga algo que ver el peso ontológico de las palabras, la realidad a la que hacen referencia, quizá tenga algo que ver eso que los filósofos llaman exterioridad, el problema de la mismidad, la imposibilidad de ver en lo conocido otra cosa que siempre lo mismo. Llamo a mi madre para preguntarle si tenemos familia en Suecia, y si la tenemos, para preguntarle por qué hemos vivido siempre aquí: "¿mamá, si tenemos familiares suecos, por qué hemos vidido en Madrid?". ¡La de cosas que hubiese podido hacer yo en Suecia...! Es posible que incluso fuese más alto... y que la barba me sentase mucho mejor. Mi madre ignora que las relaciones meditarráneo-escandinavas hayan llegado a nada en la familia, nada más allá de algún pariente de los que arrima cebolla en la playa a la vista de cualquier rubia, incluso teñida, y no me es de mayor ayuda. Por supuesto, no le digo que entre sellos y matasellos puede leerse Malmö por no saber cómo pronunciarlo, y no entender mi madre otra cosa que, por venir de Malmö, "el paquete está mal". "Ábrelo, hijo... ¡total!". Esta es la actitud a la que hemos llegado los españoles con la crisis económica, política y social, esta resignación, y es probable que una madre le diga a su hijo, a la vista de un desperdicio callejero, algo parecido, "total...". Pues lo abro. ¡Hay que ver qué gusto por el detalle, por el diseño y por la disposición que tienen los suecos! El interior del paquete es de una sofisticación tal... Y voy sacando lo que contiene: latas de galletas, bolsas de gominolas y tabletas de chocolate negro -y es obvio, también un sobre. Me apresuro y me como, sin meditarlo siquiera, tres osos descomunales -tres osos suecos-, y ya estoy tentando al chocolate cuando me digo que tal vez debería abrir antes el sobre, ¡menuda descortesía! Dos páginas, una escrita en inglés y otra, que parece al principio en un castellano dubitativo, puedo confirmar que lo está en sueco, algo que tiene cierto sentido. No me cabe la menor duda: un sueco que quisiese decir lo mismo en inglés que en sueco lo lograría; un español con la misma intención que dijese una cosa en castellano y otra bien distinta en inglés, también es posible. La carta va firmada por la familia... y en ella me dicen que han visto por televisión imágenes terribles de la situación en España, que no imaginaban que fuese el nuestro un país tan pobre -se ve todo tan bonito desde una democracia en Malmö...-, y que, profundamente conmovidos, no se les ha ocurrido otra cosa que apadrinar a un español, pero como dudan de que algo así pueda hacerse por medios fiables fuera de Centroeuropa, han optado por contactar al azar con uno de nosotros, presentarle la solicitud de apadrinamiento y establecer un vínculo de humanidad en un mundo globalizado. ¡Joder con los suecos! Me piden una respuesta a la mayor brevedad, si quedo o no conforme con la propuesta. Tras analizar la fecha de caducidad de los productos, me pongo a redactarla - ¡me muestro lascivamente favorable!-, y ya les pido para el próximo envío un Scalextric y algo de dinero, aunque no sé si esto funciona así con exactitud. En cualquier caso, no me pienso separar de ellos, ¡estos suecos me vieron a mí primero!
Yvs Jacob
La verdad es que me han dado una sorpresa estos suecos... Alguien llama de manera insistente al telefonillo -mientras suena cualquier obra de Jean Sibelius, yo no contesto al teléfono ni al telefonillo, y ni le abro la puerta a mi vecino aunque se le esté quemando la casa. Y venga a llamar, venga a llamar... y el silencio. Entonces, suenan pisadas en la escalera, mamporros en mi puerta, y reacciono. "¡Pero se puede saber qué maneras son éstas!", y abro enfurecido. Una personita vestida de azul y amarillo y con cara de poca cocción en el útero materno me mira con la indolencia de quienes saben poner la exigencia de la responsabilidad por encima de cualquier otro cometido, pregunta si soy quien soy, a lo que yo contesto que "en efecto", y me pone en las manos una caja lo bastante grande como para pasar desapercibida, y es que me había maravillado esa concentración sietemesina, creación caprichosa de la divina naturaleza. Ingenuo, se me escapa esta observación: "no esperaba ningún paquete", que es apenas un pensamiento en voz alta sin dirección, pero el personal de Correos, tan mal educado en las jóvenes generaciones, tan susceptible, interpreta como una queja lo que no es sino sorpresa, y de buenas a primeras, me arrea un mandoble liberaliforme, "¡y a mí qué me cuenta!". "¡A mí qué me cuenta!", ¡qué asco de gente!, ¡qué asco de país!
Ganada la privacidad a la impertinencia, estudio el paquete. ¿No resulta extraño que semejante volumen lo entregue el servicio ordinario de Correos, que si no abres de inmediato al cartero te deja en el buzón la notificación pertinente para la recogida en persona? Me acuerdo entonces de un cartero que prestaba servicio hace algún tiempo en mi distrito, y que siempre que me llegaba en el correo algún libro me pedía que nos encontrásemos hacia la mitad de la escalera con la misma excusa, "un paquete muy pesado para...". Examino el recién entregado y por medios tan extraordinarios, sobre todo cuando interviene un trabajador español del servicio público. ¡Malmö! ¡Coño, qué lejos! ¡Qué habrá pasado! Y no me decido a abrirlo, como haría cualquier personaje de un producto hollywoodiense. Dejo el paquete sobre la mesa. Lo miro. Enciendo un cigarro; lo miro sin cesar. Malmö... Todo lo que sé acerca de esta ciudad es que Adidas le dedicó unas zapatillas con los colores de la bandera de Suecia. Me pregunto entonces si una palabra como Madrid quedaría bien apenas debajo del tobillo. Adidas Madrid no suena en absoluto como Adidas Malmö, quizá tenga algo que ver el peso ontológico de las palabras, la realidad a la que hacen referencia, quizá tenga algo que ver eso que los filósofos llaman exterioridad, el problema de la mismidad, la imposibilidad de ver en lo conocido otra cosa que siempre lo mismo. Llamo a mi madre para preguntarle si tenemos familia en Suecia, y si la tenemos, para preguntarle por qué hemos vivido siempre aquí: "¿mamá, si tenemos familiares suecos, por qué hemos vidido en Madrid?". ¡La de cosas que hubiese podido hacer yo en Suecia...! Es posible que incluso fuese más alto... y que la barba me sentase mucho mejor. Mi madre ignora que las relaciones meditarráneo-escandinavas hayan llegado a nada en la familia, nada más allá de algún pariente de los que arrima cebolla en la playa a la vista de cualquier rubia, incluso teñida, y no me es de mayor ayuda. Por supuesto, no le digo que entre sellos y matasellos puede leerse Malmö por no saber cómo pronunciarlo, y no entender mi madre otra cosa que, por venir de Malmö, "el paquete está mal". "Ábrelo, hijo... ¡total!". Esta es la actitud a la que hemos llegado los españoles con la crisis económica, política y social, esta resignación, y es probable que una madre le diga a su hijo, a la vista de un desperdicio callejero, algo parecido, "total...". Pues lo abro. ¡Hay que ver qué gusto por el detalle, por el diseño y por la disposición que tienen los suecos! El interior del paquete es de una sofisticación tal... Y voy sacando lo que contiene: latas de galletas, bolsas de gominolas y tabletas de chocolate negro -y es obvio, también un sobre. Me apresuro y me como, sin meditarlo siquiera, tres osos descomunales -tres osos suecos-, y ya estoy tentando al chocolate cuando me digo que tal vez debería abrir antes el sobre, ¡menuda descortesía! Dos páginas, una escrita en inglés y otra, que parece al principio en un castellano dubitativo, puedo confirmar que lo está en sueco, algo que tiene cierto sentido. No me cabe la menor duda: un sueco que quisiese decir lo mismo en inglés que en sueco lo lograría; un español con la misma intención que dijese una cosa en castellano y otra bien distinta en inglés, también es posible. La carta va firmada por la familia... y en ella me dicen que han visto por televisión imágenes terribles de la situación en España, que no imaginaban que fuese el nuestro un país tan pobre -se ve todo tan bonito desde una democracia en Malmö...-, y que, profundamente conmovidos, no se les ha ocurrido otra cosa que apadrinar a un español, pero como dudan de que algo así pueda hacerse por medios fiables fuera de Centroeuropa, han optado por contactar al azar con uno de nosotros, presentarle la solicitud de apadrinamiento y establecer un vínculo de humanidad en un mundo globalizado. ¡Joder con los suecos! Me piden una respuesta a la mayor brevedad, si quedo o no conforme con la propuesta. Tras analizar la fecha de caducidad de los productos, me pongo a redactarla - ¡me muestro lascivamente favorable!-, y ya les pido para el próximo envío un Scalextric y algo de dinero, aunque no sé si esto funciona así con exactitud. En cualquier caso, no me pienso separar de ellos, ¡estos suecos me vieron a mí primero!
Yvs Jacob
lunes, 26 de noviembre de 2012
La "Liga de los hombres extraordinarios" desestima la candidatura de Artur Mas
Quienes hemos curioseado de cuando en cuando los textos sagrados de la llamada ciencia política -y no escaso número de sus profanaciones- jamás habíamos encontrado en ellos expresiones tales que independencia clásica o mayoría excepcional, ni siquiera leyendo todas y cada una de las páginas, y ni en la novela parece que se hayan empleado, género tan generoso que ha dado a la civilización un Tolstoi, pero también un Juan Manuel de Prada. Pero parece claro que independencia clásica y mayoría excepcional, conceptos políticos no son. El hasta ayer mesías del pueblo catalán y hoy hombre a secas, Artur Mas, se valió sin embargo de ellos con alguna intención por el momento desconocida, porque toda acción política lleva una carga o contenido y tiende a un fin, y si tal fin no se realiza, sino todo lo contrario, o la acción estaba mal calculada o era el fin demasiado escurridizo. Yo creo que hay un poco de todo, que Artur Mas se ha revelado como un político mediocre y que entre los catalanes el vínculo sin necesidad que había querido unir la crisis económica con la estructura del Estado en España no ha alcanzado la profundidad de esa herida que otros se empeñan en abrir y hurgar. Mucho se había dicho meses atrás acerca del auge del soberanismo en Catalunya siempre que gobierna el PP; no obstante, hay otras manifestación de acción-reacción que cabe analizar. Por ejemplo, el PSC compite con CiU por el voto nacionalista pero pierde votantes, quizá porque el problema de la identidad no tenía para muchos de ellos tanta importancia. Por ejemplo, CiU compite con ERC por el voto soberanista y pierde, quizá porque el problema de la identidad sí tiene para los votantes de ERC la importancia no útil que Artur Mas buscaba con su expresión mayoría excepcional. Yo he investigado en profundidad acerca de este alarde de creatividad, que junto con independencia clásica ha supuesto la contribución de Artur Mas a la fraseología del fracaso electoral, y lo más parecido que he podido encontrar hasta el momento es una simetría invertida, la minoría excepcional que Ernst Jünger estudia en su obra El trabajador. Dice Jünger que todo régimen autoritario, cuando busca alguna legitimación en las urnas, sea cual sea la consulta, se cuida de que no todos los votos sean positivos, favorables, y presenta los contrarios, siempre en un porcentaje testimonial, como la posibilidad abierta de la crítica, del disentimiento, porque el disidente, ignorado, combatido, anulado por el régimen autoritario, si no se pasa por las armas, permite ganar al sistema la legitimidad que no tiene al decir que sólo unos pocos se oponen, que el gobierno no se ejerce de manera despótica ni la ley es arbitraria, que la voluntad del pueblo gobierna y que existe la libertad. Eso es una minoría excepcional. Pero una mayoría excepcional es la solicitud de un préstamo, pedir todos aquellos votos que en unas circunstancias no se obtendrían, pero que en otras bien distintas y de urgencia necesitan ser pervertidos y trasvasados. Es cierto que una mayoría excepcional semejante dejaría todavía lugar para una minoría excepcional, pero ya se había visto que esta minoría era despreciada por CiU, que sólo quería encontrar catalanes allí donde pusiese la mirada; y se ha encontrado a muchos catalanes, sí, pero de izquierdas, y por qué no decirlo, también con un buen montón de españoles. Artur Mas elevó su candidatura a la Liga de los hombres extraordinarios, quería pasar a la historia como un libertador, pero se ha quedado sin más en perdedor patético -la Liga, obviamente, ha desestimado su petición... Ecce homo!
A mí ahora me preocupa sobremanera qué va a suceder cuando la iniciativa por la independencia vuelve a recaer sobre ERC, la matriz en este negocio, no sé si hay que llevar otra vez el oro a Moscú o está previsto en los acuerdos con la OTAN qué hacer en caso de que el río Ebro tenga que llenarse otra vez de cadáveres. Tengo que decirte, Artur Mas, que hoy tiemblo más que ayer.
Yvs Jacob
A mí ahora me preocupa sobremanera qué va a suceder cuando la iniciativa por la independencia vuelve a recaer sobre ERC, la matriz en este negocio, no sé si hay que llevar otra vez el oro a Moscú o está previsto en los acuerdos con la OTAN qué hacer en caso de que el río Ebro tenga que llenarse otra vez de cadáveres. Tengo que decirte, Artur Mas, que hoy tiemblo más que ayer.
Yvs Jacob
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