En el monopolio de la información deportiva se han colado estos días dos noticias de primera magnitud. Por un lado, las filtraciones de WikiLeaks, que han devuelto a los hombres una cierta fe que creían perdida desde que Dios se dio a la fuga tras el fratricidio de Caín. Por otro, la huelga encubierta de los controladores aéreos, que el Gobierno ha rentabilizado para mostrar al Partido Popular que la izquierda también sabe adoptar medidas de fuerza, aceptándose por sentado que las expresiones formales de la violencia legítima -dígase "estado de alarma", "estado de excepción", "decreto ley"...- producen más fascinación a la derecha y a su electorado pasional de espíritu sexagenario, siempre como ocasión de exhibir un buen par de cojones, que es lo que entienden a ese lado por política.
Pocos meses atrás, los trabajadores de Metro de Madrid tuvieron el valor que falta a todos los demás para resistirse a la esquilmación de su alma. Como se hablaba de "trabajadores", incluso con las molestias derivadas de su huelga, la solidaridad brotó y se extendió. "La gente" comprendía "a los trabajadores" -¡y no es poco que la gente comprenda algo! Un trabajador es alguien que percibe por su fuerza de trabajo más o menos 1000€ -menos, cuando recibe desde los 633€ de rigor fijados por la ley de una democracia avanzada (?), y más si se trata de 1100€, 1200€... Hay quien recibe a cambio de su fuerza de trabajo 1300€ y se considera miembro de la clase media, pero esto requiere el tratamiento de un especialista, porque yo sólo soy un muchacho que ha leído extensos pasajes de la Ilíada y unos versos de Rainer Maria Rilke sin el menor éxito.
Luego, como la huelga de Metro fue una huelga de trabajadores, los demás trabajadores la aceptaron -no así "la Espe", que ese día se había hecho las piernas, y tenía la inquietud de inaugurar unas papeleras y unos accesos para discapacitados, plan que se truncó por el odio guerracivilista de unos "piqueteros" anacrónicos.
Diferente ha sido la actitud general con la huelga encubierta de los controladores aéreos. Hay que decir que una huelga encubierta tiene muy "mala follá", porque, en democracia, donde la huelga es un derecho, debe anunciarse la convocatoria con antelación, y deben fijarse los servicios mínimos, de obligado cumplimiento. Es lo que se conoce como: "huelga, sí, pero sólo un poco", pues las huelgas completas, entiéndase "las que se fijan por meta su eficacia", ésas no las contempla la democracia. La anticipación de la huelga da lugar al muy orteguiano "saber a que atenerse".
Cierto es que hay "colectivos", como se dice tanto ahora, que pueden hacer la huelga sin agotar con ello la paciencia de toda una sociedad. Se trata de la huelga "tal y como la entienden los demócratas", a saber: la que ni perjudica ni consigue nada, una huelga de tontos.
Pero ¿qué es un colectivo? Yo animo a los sociólogos, incluso a los no aficionados, a que acepten esta definición: es un colectivo aquel conjunto de miembros de una clase que comparten la propiedad en nombre de la cual realizan sus reivindicaciones con eficacia. Fuera de eso, no hay colectivos, sólo gente que se frustra o se divierte.
Como el salario percibido por los controladores impide que puedan ser considerados "trabajadores", porque 200.000€ mínimos al año es una cantidad demasiado magnífica como para que exista cualquier posibilidad de reclamación, el colectivo queda eximido de toda protesta por una cuestión moral, sin prestar atención aquí a la ley, que se supone la expresión de la igualdad de los ciudadanos en democracia, los mismos que se matarían mutua y moralmente si ni la ley ni la igualdad forzosa existieran. Lo moral se destapa divertido, porque intervienen en su concepto tanto el número de individuos afectados por la huelga como la remuneración obtenida por los huelguistas. Los demócratas, cuando se ven afectados por la presión que ejerce un colectivo que sabe presionar, se vuelven menos demócratas, y las imágenes de los que pasan a ser considerados inmediatamente delincuentes aparecen en las páginas de Internet y en los diarios, como "violadores del ensanche", para que todo el mundo sepa quiénes son esos que dan por el culo a tanta gente. La democracia, pues, la única forma de gobierno para la cual es esencial mantener las formas, se olvida de las más elementales cuando puede señalar de manera ostensible al delincuente de masas, ecce homo!
¡Y qué grande es el periodismo español!
¡Ah, pero qué buen Gobierno y qué ciudadanía tendría España si supiesen reaccionar de un modo tan poco democrático ante todas las humillaciones de la dignidad humana!
Yvs Jacob
domingo, 5 de diciembre de 2010
miércoles, 1 de diciembre de 2010
La "i griega" también tiene dignidad
No hay día que pase que no me convenza de lo muy adentrados que estamos los españoles en la senda del más severo de los agilipollamientos.
La RAE, con esa voluntad legislativa que encuentran los españoles cuando abrazan cualquier posición de control, se ha propuesto que todos hablemos mal y escribamos peor. A esto se lo conoce como "proletarización de la lengua", y bien es sabido que nunca una proletarización es "de máximos", sino que el triunfo de la pobreza hace claudicar a los más insignes espíritus de su excelencia, todo por miedo a no ser comprendidos. Es lo que sucede hoy cuando alguien escribe bien: nadie le entiende ya.
He vivido con terror los últimos días al lanzarse a la opinión pública la posibilidad de que la "i griega", la querida "i griega" -"¡y!"- de toda la vida podría perder su nombre tradicional por una estúpida extravagancia, quién sabe salida de dónde.
He consultado los asientos de la RAE y creo apreciar que ya no hay allí culos de filósofos, salvo el de Emilio Lledó, al que no habrá sido difícil ignorar. Si hubiese filósofos, y también deberían saberlo nuestros agudísimos filólogos, que las palabras tienen una hitoria sería una lección para compartir con los hispanohablantes, más allá de qué coño significa "bochinche" para un hablante del español de Guatemala, y otros gestos de buen rollo que tanto seducen ahora a los académicos de la Posmodernidad guay. Porque la "i griega" no es sólo una letra, de hecho es también una palabra, joder, es una con-jun-ción, y el nombre que recibe tal signo lingüístico nos-re-cuer-da-que-só-lo-so-mos-u-na-mier-da-en-el tiem-po. Yo sé que esto no lo puede asumir cualquiera, es imposible para la derecha política, y también para el espíritu legislador, cuyo anhelo es dejar huella. Pero la plasticidad de la lengua, su carácter maleable no puede vencer a la historia, en todo caso distrae a sus hablantes.
Me viene a la memoria una reclamación histórica de Ian Gibson, por cierto, al que hace un par de semanas que no veo por el barrio -¿se encontrará inmserso en su espeleología funeraria?-, acerca de la poca atención que presta España a la lengua árabe, teniendo en cuenta que la península Ibérica estuvo ocupada durante casi siete siglos por un pueblo que estudiaba matemáticas y jugaba al ajedrez, antes de decidir convertirse al analfabetismo. Pero, Gibson, Ian Gibson, menos tiempo pasaron los griegos aquí y les debemos por vía latina casi el 30% de las palabras del español, y a punto estamos de aniquilar el último de sus vestigios.
Por fortuna, los académicos han dado marcha atrás, y la "i griega" seguirá siendo la de toda la vida. Me pregunto quién habrá convencido a esas personas tan mayores para detener el despropósito "quasi" senil, y por qué han perdido los asistentes sociales la buena costumbre de ordenar a los ancianos sus pastillas.
Yvs Jacob
La RAE, con esa voluntad legislativa que encuentran los españoles cuando abrazan cualquier posición de control, se ha propuesto que todos hablemos mal y escribamos peor. A esto se lo conoce como "proletarización de la lengua", y bien es sabido que nunca una proletarización es "de máximos", sino que el triunfo de la pobreza hace claudicar a los más insignes espíritus de su excelencia, todo por miedo a no ser comprendidos. Es lo que sucede hoy cuando alguien escribe bien: nadie le entiende ya.
He vivido con terror los últimos días al lanzarse a la opinión pública la posibilidad de que la "i griega", la querida "i griega" -"¡y!"- de toda la vida podría perder su nombre tradicional por una estúpida extravagancia, quién sabe salida de dónde.
He consultado los asientos de la RAE y creo apreciar que ya no hay allí culos de filósofos, salvo el de Emilio Lledó, al que no habrá sido difícil ignorar. Si hubiese filósofos, y también deberían saberlo nuestros agudísimos filólogos, que las palabras tienen una hitoria sería una lección para compartir con los hispanohablantes, más allá de qué coño significa "bochinche" para un hablante del español de Guatemala, y otros gestos de buen rollo que tanto seducen ahora a los académicos de la Posmodernidad guay. Porque la "i griega" no es sólo una letra, de hecho es también una palabra, joder, es una con-jun-ción, y el nombre que recibe tal signo lingüístico nos-re-cuer-da-que-só-lo-so-mos-u-na-mier-da-en-el tiem-po. Yo sé que esto no lo puede asumir cualquiera, es imposible para la derecha política, y también para el espíritu legislador, cuyo anhelo es dejar huella. Pero la plasticidad de la lengua, su carácter maleable no puede vencer a la historia, en todo caso distrae a sus hablantes.
Me viene a la memoria una reclamación histórica de Ian Gibson, por cierto, al que hace un par de semanas que no veo por el barrio -¿se encontrará inmserso en su espeleología funeraria?-, acerca de la poca atención que presta España a la lengua árabe, teniendo en cuenta que la península Ibérica estuvo ocupada durante casi siete siglos por un pueblo que estudiaba matemáticas y jugaba al ajedrez, antes de decidir convertirse al analfabetismo. Pero, Gibson, Ian Gibson, menos tiempo pasaron los griegos aquí y les debemos por vía latina casi el 30% de las palabras del español, y a punto estamos de aniquilar el último de sus vestigios.
Por fortuna, los académicos han dado marcha atrás, y la "i griega" seguirá siendo la de toda la vida. Me pregunto quién habrá convencido a esas personas tan mayores para detener el despropósito "quasi" senil, y por qué han perdido los asistentes sociales la buena costumbre de ordenar a los ancianos sus pastillas.
Yvs Jacob
sábado, 27 de noviembre de 2010
¡Va por ti, "tripartit"!
Todavía no se ha consumado la desgracia -o tal vez sí-, y ya siento añoranza del tripartit. Pena me da "de ver" a la izquierda catalana desaparecer por el agujero del retrete, y me pregunto a esta hora de incertidumbre qué habrá sucedido para que la ciudadanía abandone a unos partidos que representan intereses mayoritarios, pues la esencia burguesa de CiU apenas contaría con asientos en la Cámara catalana si no recibiese el voto de eso que algunos llaman "clase media" y que no es más que proletariado con capacidad para pagar sus hipotecas.
Las dos legislaturas que ha disfrutado el socialismo catalán para brindar a la democracia la posibilidad de realizarse, pues el gobierno continuado de una misma formación -PNV, CiU, pero también PSOE y PP (véase Andalucía, Comunitat Valenciana...)- es una enfermedad política, enfermedad social, las quiere convertir la burguesía decimonónica, anacrónica, en un pasaje accidental que nunca debió haberse transitado. Porque, para CiU, los catalanes deben gestionar las cosas de Catalunya, y eso excluye al socialismo, tan unido a un Leviatán imaginario, España.
La noche pasada, Artur Mas cerró la campaña apelando a un mundo catalán donde triunfasen la justicia y la libertad. Una vez más, sentí el dolor que produce en el alma la estupidez ajena. Porque son proclamas del pasado. Entendería que en la España franquista se dedicasen todos los esfuerzos de resistencia al triunfo de la justicia y de la libertad, pero en la España democrática -y todavía espiritualmente deficitaria-, cuando Catalunya disfruta de más autogobierno que cualquier otra nación de las que pujan dentro de cualquier Estado europeo, esas palabras equivalen a un insulto a la inteligencia, que no beneficia en nada al votante "de allí" a los ojos de lo que el derecho político llama "cuerpo político", que incluye a los ciudadanos-votantes de todo el Estado, y sobre los que habrá de recaer la sentencia de lo que debe o no suceder en Catalunya, por mucho que los líderes del infantil secesionismo hablen de autodeterminación.
CiU debe saber que la vía iniciada sin violencia hacia la separación del resto de España no podrá avanzar mucho más hasta que por fin la violencia venga. Y la violencia, cuando no se manifiesta como violación de la prohibición expresada por un semáforo, no merece la pena -antes habría que ejecutar a todos cuantos, en un bando y en otro, condujesen al pueblo estúpido e idólatra de lo imaginario al desastre. Luego es palabrería vana seguir cultivando la imagen franquista de España cuando España hace tiempo que enterró a su Franco.
Y ha sido error del tripartit jugar con el fuego de la tribu, porque, por definición, nacionalismo es oposición, y no se es un poco nacionalista en la dialéctica de lo relativo, ya que los conceptos viven en tanto que se distinguen unos de otros -ser un poco español y un poco francés significa no entender ni sentir una cosa ni la otra.
El PSC pretendió ser sólo un poco nacionalista, llegar sólo allí donde el nacionalismo permanece solidario con lo extranjero inventado. Y no puede haber mayor ingenuidad que un sentimiento al que se le ata en un extremo una cuerda como a una morcilla.
La tensión catalanista va a entrar en una nueva onda de máxima intensidad. Quién sabe si viviremos la época definitiva...
Yvs Jacob
Las dos legislaturas que ha disfrutado el socialismo catalán para brindar a la democracia la posibilidad de realizarse, pues el gobierno continuado de una misma formación -PNV, CiU, pero también PSOE y PP (véase Andalucía, Comunitat Valenciana...)- es una enfermedad política, enfermedad social, las quiere convertir la burguesía decimonónica, anacrónica, en un pasaje accidental que nunca debió haberse transitado. Porque, para CiU, los catalanes deben gestionar las cosas de Catalunya, y eso excluye al socialismo, tan unido a un Leviatán imaginario, España.
La noche pasada, Artur Mas cerró la campaña apelando a un mundo catalán donde triunfasen la justicia y la libertad. Una vez más, sentí el dolor que produce en el alma la estupidez ajena. Porque son proclamas del pasado. Entendería que en la España franquista se dedicasen todos los esfuerzos de resistencia al triunfo de la justicia y de la libertad, pero en la España democrática -y todavía espiritualmente deficitaria-, cuando Catalunya disfruta de más autogobierno que cualquier otra nación de las que pujan dentro de cualquier Estado europeo, esas palabras equivalen a un insulto a la inteligencia, que no beneficia en nada al votante "de allí" a los ojos de lo que el derecho político llama "cuerpo político", que incluye a los ciudadanos-votantes de todo el Estado, y sobre los que habrá de recaer la sentencia de lo que debe o no suceder en Catalunya, por mucho que los líderes del infantil secesionismo hablen de autodeterminación.
CiU debe saber que la vía iniciada sin violencia hacia la separación del resto de España no podrá avanzar mucho más hasta que por fin la violencia venga. Y la violencia, cuando no se manifiesta como violación de la prohibición expresada por un semáforo, no merece la pena -antes habría que ejecutar a todos cuantos, en un bando y en otro, condujesen al pueblo estúpido e idólatra de lo imaginario al desastre. Luego es palabrería vana seguir cultivando la imagen franquista de España cuando España hace tiempo que enterró a su Franco.
Y ha sido error del tripartit jugar con el fuego de la tribu, porque, por definición, nacionalismo es oposición, y no se es un poco nacionalista en la dialéctica de lo relativo, ya que los conceptos viven en tanto que se distinguen unos de otros -ser un poco español y un poco francés significa no entender ni sentir una cosa ni la otra.
El PSC pretendió ser sólo un poco nacionalista, llegar sólo allí donde el nacionalismo permanece solidario con lo extranjero inventado. Y no puede haber mayor ingenuidad que un sentimiento al que se le ata en un extremo una cuerda como a una morcilla.
La tensión catalanista va a entrar en una nueva onda de máxima intensidad. Quién sabe si viviremos la época definitiva...
Yvs Jacob
jueves, 25 de noviembre de 2010
Se busca editorial con agallas para manuscrito de los cojones
Yvs Jacob tiene un manuscrito de los cojones y no consigue que se lo publiquen. El asunto comienza a desesperar, porque cualquiera que se asome a una librería no ve otra cosa que mierda, mierda y mierda, y quizá Yvs Jacob también ha escrito una obra de mierda, luego no debería ser tan difícil que se la publicasen.
Antiguamente, había al frente de las editoriales individuos con aptitudes intelectuales, por las cuales era llamados también ellos así, "intelectuales". Se trataba de personas sensibles e inquietas, cultas en muchos casos, o al menos sabían fingir con tanto talento que conseguían engañar a todo el mundo. La montura de unas gafas, una perilla bien sobada, el pelo endemoniado, un velero anclado en el puerto de Barcelona o un pañuelo azaroso al cuello eran motivos para su presentación en la sociedad del libre pensamiento.
El tiempo pasó, y pasó tan rápido en apenas dos décadas, que los intelectuales quedaron en el olvido, hasta el punto de juzgarse imposible que pudieran estar alguna vez al frente de las editoriales. Fueron sustituidos por otros individuos con estudios extrañísimos: dirección de empresa, economía, derecho, publicidad..., no precisamente dirigidos a afinar el olfato artístico. El mercado, que según el dogma liberal produce con eficacia cuando "se le deja hacer", produjo a partir de entonces mucha mierda con mucha eficacia. El mercado editorial, pues, liberado por fin de la tenaza intelectual, que -tampoco enloquezcamos- se atrevía a publicar obras donde apareciesen palabras tales que "coño", "París" y "manifestación" -¡uuuh!, ¡peligro!-, dio comienzo a la era gloriosa de una generación de escritores que todavía nos castiga, y a la que los premios literarios no jubilará antes de que muchos de sus miembros sean centenarios y la ciudadanía se vea obligada a votar "Sí" a formas muy agresivas de la eutanasia.
Mientras tanto, han ido apareciendo otros autores, cierto, autores "jóvenes", como se dice ahora a los menores de cuarenta años. Se trata de la "generación del chiringuito", como a mí me gusta llamarla, porque todos publican en pequeñas o medianas editoriales propias o de amigos, o de amigos de amigos -que es siempre lo peor, porque el talento literario ni se transmite por consanguineidad ni viaja a lomos de los microbios.
La "generación del chiringuito" es expansiva, y capaz de abrir un taller literario por cada tres tiendas de orientales en una misma calle. Obviamente, el chiringuito no lo dirige ningún intelectual, tampoco un despierto licenciado con estudios técnicos en la reproducción del capital, sino un delirante crítico, tal vez leído -¡con lecturas!-, prisionero de la idea de la cultura, una función de responsabilidad que habría que eliminar mediante manipulación genética antes de que la razón de museos por persona sea de 1:1.
En fin, no me puedo extender más porque terminaría cagándome en la puta madre que parió a algunos, citando al insigne académico Pérez-Reverte cuando toma apuntes al natural.
Yvs Jacob busca editorial, ¡y su mierda huele divinamente!
Yvs Jacob
Antiguamente, había al frente de las editoriales individuos con aptitudes intelectuales, por las cuales era llamados también ellos así, "intelectuales". Se trataba de personas sensibles e inquietas, cultas en muchos casos, o al menos sabían fingir con tanto talento que conseguían engañar a todo el mundo. La montura de unas gafas, una perilla bien sobada, el pelo endemoniado, un velero anclado en el puerto de Barcelona o un pañuelo azaroso al cuello eran motivos para su presentación en la sociedad del libre pensamiento.
El tiempo pasó, y pasó tan rápido en apenas dos décadas, que los intelectuales quedaron en el olvido, hasta el punto de juzgarse imposible que pudieran estar alguna vez al frente de las editoriales. Fueron sustituidos por otros individuos con estudios extrañísimos: dirección de empresa, economía, derecho, publicidad..., no precisamente dirigidos a afinar el olfato artístico. El mercado, que según el dogma liberal produce con eficacia cuando "se le deja hacer", produjo a partir de entonces mucha mierda con mucha eficacia. El mercado editorial, pues, liberado por fin de la tenaza intelectual, que -tampoco enloquezcamos- se atrevía a publicar obras donde apareciesen palabras tales que "coño", "París" y "manifestación" -¡uuuh!, ¡peligro!-, dio comienzo a la era gloriosa de una generación de escritores que todavía nos castiga, y a la que los premios literarios no jubilará antes de que muchos de sus miembros sean centenarios y la ciudadanía se vea obligada a votar "Sí" a formas muy agresivas de la eutanasia.
Mientras tanto, han ido apareciendo otros autores, cierto, autores "jóvenes", como se dice ahora a los menores de cuarenta años. Se trata de la "generación del chiringuito", como a mí me gusta llamarla, porque todos publican en pequeñas o medianas editoriales propias o de amigos, o de amigos de amigos -que es siempre lo peor, porque el talento literario ni se transmite por consanguineidad ni viaja a lomos de los microbios.
La "generación del chiringuito" es expansiva, y capaz de abrir un taller literario por cada tres tiendas de orientales en una misma calle. Obviamente, el chiringuito no lo dirige ningún intelectual, tampoco un despierto licenciado con estudios técnicos en la reproducción del capital, sino un delirante crítico, tal vez leído -¡con lecturas!-, prisionero de la idea de la cultura, una función de responsabilidad que habría que eliminar mediante manipulación genética antes de que la razón de museos por persona sea de 1:1.
En fin, no me puedo extender más porque terminaría cagándome en la puta madre que parió a algunos, citando al insigne académico Pérez-Reverte cuando toma apuntes al natural.
Yvs Jacob busca editorial, ¡y su mierda huele divinamente!
Yvs Jacob
miércoles, 24 de noviembre de 2010
Con ocho años es suficiente
Estoy de acuerdo con José Montilla: dos legislaturas es una buena medida para la (in)competencia humana en el juego de la política. Después, la democracia se convierte en reinado por la voluntad popular, y si bien el pueblo es mayoritariamente tonto, a la parte menos tonta, la minoría -y la democracia no existe sino para proteger a las minorías-, le parece adecuado limitar el gasto protocolario que se concentra durante demasiado tiempo en uno solo de los miembros de la sociedad, y extenderlo a otros, porque incompetentes nunca faltan, por muy elevada que sea la misión a realizar.
Así las cosas, el pueblo no viviría con el corazón en un puño pensando cuándo se largarán este y aquel, esta y aquella, y la caducidad bien definida de "las Espes", los Marianos, los Rodríguez y los alcaldes de Madrid aliviaría a todas las partes, y estimularía quizá la irrupción de muchos y nuevos incompetentes, reacción que podría traer a la política un aire de renovación, si la ciudadanía se interesase de una vez en las cuestiones en que le va la vida. Claro que entonces un ser humano en Occidente habría de ser algo más que un zombie con tarjeta de débito.
Pero que nadise se confunda: no se trata de que todo el mundo se reúna puntualmente en la comunidad de vecinos para freír chorizos y morcillas. La responsabilidad política ciudadana es algo bien diferente, y encontraría su expresión en una revisión de los excesos del parlamentarismo, la técnica democrática que ha liquidado a la democracia.
Mi preocupación se extiende también hacia el rencor de los aspirantes. ¿Debería un aspirante repetir durante un número indeterminado de intentos? Yo diría que no, porque cuando el político vincula su posición en el partido -que es sólo un instrumento de las ideas- a un empeño personal propio del pundonor se abre así la puerta a muy grandes desvaríos.
Los casos de Mariano Rajoy y de Artur Mas no pueden ser sino inquietantes. Rajoy ya ha perdido en dos ocasiones, y en su partido parece un pedazo de carne que pasa de unas fauces a otras. Pero con Artur Mas todavía preocupa mucho el tiempo que pasó en la reserva, a la espalda de Jordi Pujol, y sería un desastre que accediese al gobierno de la Generalitat de Catalunya como quien tiene cosas por demostrar.
¡Benedicto nos acoja en sus oraciones!
Yvs Jacob
Así las cosas, el pueblo no viviría con el corazón en un puño pensando cuándo se largarán este y aquel, esta y aquella, y la caducidad bien definida de "las Espes", los Marianos, los Rodríguez y los alcaldes de Madrid aliviaría a todas las partes, y estimularía quizá la irrupción de muchos y nuevos incompetentes, reacción que podría traer a la política un aire de renovación, si la ciudadanía se interesase de una vez en las cuestiones en que le va la vida. Claro que entonces un ser humano en Occidente habría de ser algo más que un zombie con tarjeta de débito.
Pero que nadise se confunda: no se trata de que todo el mundo se reúna puntualmente en la comunidad de vecinos para freír chorizos y morcillas. La responsabilidad política ciudadana es algo bien diferente, y encontraría su expresión en una revisión de los excesos del parlamentarismo, la técnica democrática que ha liquidado a la democracia.
Mi preocupación se extiende también hacia el rencor de los aspirantes. ¿Debería un aspirante repetir durante un número indeterminado de intentos? Yo diría que no, porque cuando el político vincula su posición en el partido -que es sólo un instrumento de las ideas- a un empeño personal propio del pundonor se abre así la puerta a muy grandes desvaríos.
Los casos de Mariano Rajoy y de Artur Mas no pueden ser sino inquietantes. Rajoy ya ha perdido en dos ocasiones, y en su partido parece un pedazo de carne que pasa de unas fauces a otras. Pero con Artur Mas todavía preocupa mucho el tiempo que pasó en la reserva, a la espalda de Jordi Pujol, y sería un desastre que accediese al gobierno de la Generalitat de Catalunya como quien tiene cosas por demostrar.
¡Benedicto nos acoja en sus oraciones!
Yvs Jacob
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
