Menudo disgustito el de Josep Ramoneda el viernes pasado en su columna para Hora 25. No había encajado bien que el próximo presidente del gobierno de la nación no fuese catalán. Incluso en un intelectual supuestamente independiente como Josep Ramoneda se puede decir que el nacionalismo es insaciable. Y qué decir de las palabras de Carme Chacón, que al esbozar lo que hubiese sido su proyecto político no pudo evitar una mención a su condición de española y catalana.
Una vez más, ése no es el camino.
Doy por supuesto que cualquiera que pretenda dedicar su vida y su esfuerzo a la política lo hace con objetivos honestos -los corruptos no son, estrictamente, políticos, como tampoco los egocéntricos, ni los megalómanos... Esto me obliga a desaprobar que la ministra Chacón, en su enfado, buscase una marca distintiva equivocada para su proyecto, como si cualquiera que optase al gobierno en el PSOE no quisiera reducir el desempleo, consolidar la economía y vertebrar la pluradidad nacional española con algún concepto unitario que haga de los españoles un pueblo o conjunto de pueblos menos ridículo y vergonzoso. (Al resto de los españoles no nos preocupa en absoluto que el presidente sea de aquí o de allá, lo que queremos es que sea el mejor, el más apto. ¡Mundo de locos, los españoles dando lecciones a los catalanes!).
Por muchos cargos que haya conocido Carme Chacón en su trayectoria política, debe admitir que no es ningún fracaso quedar momentáneamente apartada de la lucha por la dirección del gobierno con 39 años. Nada tiene que ver su condición de catalana ni que sea mujer, déjense estas obsesiones para uso exclusivo de los obsesivos. Si Pérez Rubalcaba no enloquece al ganar las elecciones de 2012, es seguro que hará de Chacón una vicepresidenta a la altura a la cual ha quedado esa competencia. Es más, en el PSOE habrían de empezar a fabricar el próximo Pérez Rubalcaba, esto es, un sucesor del sucesor, el futuro razonable de Chacón, para no quedar al aire en el momento crítico.
Debe elogiarse, no obstante, la actitud de la ministra de Defensa para evitar que al PSOE se lo tragase la cloaca. En un mundo de políticos ansiosos por salir en las fotos, lo que menos falta hace es que los de un mismo partido se consuman en una batalla a favor de la ineptitud. Y sobre todo es insoportable escuchar un día tras otro, mientras dura la pelea, lo de fuentes cercanas a Moncloa, y dar así la oportunidad a los medios de comunicación de tomar decisiones en nombre de la ciudadanía, que, por cierto, no les ha solicitado que suplanten su conciencia.
En las circunstancias actuales, Pérez Rubalcaba es la mejor opción. Si se tiene en cuenta que al PSOE lo ha derrotado en las elecciones autonómicas y locales la nada, para vencerla, nada mejor que un hombre práctico. La política es práctica en muchos aspectos: no sólo porque trate de las relaciones de los hombres en sociedad, acerca de lo adecuado o no para la convivencia, sino también por el modo como los problemas han de resolverse. Hago una llamada de atención al periodismo de izquierdas y a su crítica recurrente de los programas políticos. Mucho me temo que ni los problemas ni sus soluciones aparecen en los manuales de ciencia política. A los políticos no hay que pedirles tanto fidelidad al programa como capacidad resolutiva, sin que una solución derive en un nuevo conflicto. Tenemos todos tanto que aprender...
Yvs Jacob
domingo, 29 de mayo de 2011
jueves, 26 de mayo de 2011
El PSOE no debería complacer al periodismo de izquierdas
De nuevo, la misma injerencia del periodismo de izquierdas en cuestiones que no son de su competencia. Idéntica situación a la que tuvo lugar con el proceso de elecciones primarias para determinar quién sería el candidato del PSOE en los comicios del 22 de mayo, tanto a la alcaldía como a la Comunidad de Madrid.
Ni siquiera un politólogo tan brillante como Fernando Vallespín termina de apuntar el problema real de la política en España, al menos en cuanto a la derrota del PSOE en las elecciones del domingo. El problema es el Partido Popular, resulta obvio, pero entre el socialismo se tiene la impresión de que no se trata de la victoria de una ideología sobre otra, una de derechas, liberal-conservadora, sobre otra de izquierdas, liberal-progresista, sino del triunfo de la nada. Es desconcertante. El Partido Popular no ha vencido por ser de derechas -una madurez tal nunca será posible en la sociedad española-, sino que su victoria se debe a una siniestra simplificación, de las muchas que operan en la cultura española. Si alguien recuerda Viva Zapata!, de Elia Kazan (1952), quizá mantenga todavía en su memoria el retrato de uno de los conceptos de riqueza más divertidos que puedan construirse: basta con estar en posesión de la máquina de hacer dólares para tener dólares. Esta visión de la riqueza, o un modo muy similar, sigue presente entre los españoles. Los españoles señalan directamente al Gobierno como causante del desempleo, y no admito ningún regate al respecto. Incluso desde el intento de una perspectiva humorística, el mensaje que se envía muchas noches a los espectadores del show de Andreu Buenafuente no difiere en nada de la inequívoca intencionalidad: Rodríguez Zapatero ha traído el desempleo. Y se puede ir más lejos.
En la Cadena Ser, en la cual se aprecia un cierto rencor por el desplazamiento sufrido al emerger un grupo en competencia por la colonización de la conciencia en el PSOE, se hizo burla de las declaraciones del ministro de Trabajo, cuando éste manifestó su solidaridad con el Movimiento 15-M.
Parece el momento de una reflexión honesta y de carácter global.
El Gobierno de la nación no es una empresa, vaya eso por delante. Ni crea ni destruye puestos de trabajo, si bien le compete buscar las mejores condiciones para que el empleo se mantenga y crezca. El ministro de Trabajo no crea puestos con las teclas de una máquina, pero es seguro que si pudiera hacerlo así, se pasaría las horas tecleando.
Subyace un problema de carácter cultural. El gobernador del Banco de España manifestó que el empresario español "tiene pánico a contratar". El empresario español no comprende el alcance de las actividades económicas dentro de un Estado; al empresario español le fascina ser jefe. Encuentra su satisfacción en crear un puesto de trabajo y pagar un salario bajo, pero deniega su responsabilidad más allá de eso: no entiende por qué debe pagar más -alta en la Seguridad Social, indemnizaciones, parte del salario que gestiona el ministerio de Trabajo como prestaciones de desempleo...-, y descarga esa incomodidad en el gobierno de turno. Sin embargo, hay que preguntarse si los empresarios son eficientes, esto es, si calculan bien o mal sus posibilidades de expansión, el cupo de sus beneficios, si conocen las necesidades del mercado... y todo ello en un mundo en el que sobran actividades, productos y mano de obra, pero en el cual todos los hombres están obligados a buscarse la vida dentro de lo que sigue conociéndose como el sistema.
Al PSOE no lo ha derrotado tampoco el sistema, sino la ignorancia del pueblo español en cuanto a los medios de autodefensa: no somos una nación, no somos una república, un grupo emocionalmente cohesionado y dispuesto a persistir como tal. El lema del presente, sálvese quien pueda, es el principio mejor observado por los españoles. Por supuesto, la derecha sociosuicida, paradójicamente, nacionalista, ha pescado en ese río con éxito, pero no ha recibido el voto del convencimiento -es imposible votar a De Cospedal o a Camps por cuestiones ideológicas-, sino el voto de la corriente de aire, que unas veces huele a rosas, y otras, a pedo.
Me parece estupendo que el periodismo de izquierdas tenga tertulias todas las noches y necesite noticias crudas para ocupar cuatro horas de programa radiofónico, pero es vomitiva su insistencia en poner la lupa y el acento en qué y en cómo se debe reformar una fuerza política, sobre todo progresista.
La izquierda, como ya decía G. Lukács en 1966, no entusiasma; es muy difícil encontrar tantos y tan finos humanistas como para lograr continuamente mayorías absolutas en todas las elecciones por haber. El periodismo de izquierdas se ha inventado además una izquierda plus ultra -feminista, ecologista, multicultural, pluriétnica, global...-, pero el origen de los movimientos sociales pretendía resolver cuestiones de justicia económica aquí y ahora, para estos pobres, en primer lugar.
En mi opinión, la solución del PSOE pasa por dejar de ser guay, ya habrá tiempo para regresar a ese humanismo, y en mostrar una cara más agresiva, al menos hasta que el nivel cultural y espiritual de los españoles crezca. Ese otro abstracto, la socialdemocracia europea, también puede esperar.
Yvs Jacob
Ni siquiera un politólogo tan brillante como Fernando Vallespín termina de apuntar el problema real de la política en España, al menos en cuanto a la derrota del PSOE en las elecciones del domingo. El problema es el Partido Popular, resulta obvio, pero entre el socialismo se tiene la impresión de que no se trata de la victoria de una ideología sobre otra, una de derechas, liberal-conservadora, sobre otra de izquierdas, liberal-progresista, sino del triunfo de la nada. Es desconcertante. El Partido Popular no ha vencido por ser de derechas -una madurez tal nunca será posible en la sociedad española-, sino que su victoria se debe a una siniestra simplificación, de las muchas que operan en la cultura española. Si alguien recuerda Viva Zapata!, de Elia Kazan (1952), quizá mantenga todavía en su memoria el retrato de uno de los conceptos de riqueza más divertidos que puedan construirse: basta con estar en posesión de la máquina de hacer dólares para tener dólares. Esta visión de la riqueza, o un modo muy similar, sigue presente entre los españoles. Los españoles señalan directamente al Gobierno como causante del desempleo, y no admito ningún regate al respecto. Incluso desde el intento de una perspectiva humorística, el mensaje que se envía muchas noches a los espectadores del show de Andreu Buenafuente no difiere en nada de la inequívoca intencionalidad: Rodríguez Zapatero ha traído el desempleo. Y se puede ir más lejos.
En la Cadena Ser, en la cual se aprecia un cierto rencor por el desplazamiento sufrido al emerger un grupo en competencia por la colonización de la conciencia en el PSOE, se hizo burla de las declaraciones del ministro de Trabajo, cuando éste manifestó su solidaridad con el Movimiento 15-M.
Parece el momento de una reflexión honesta y de carácter global.
El Gobierno de la nación no es una empresa, vaya eso por delante. Ni crea ni destruye puestos de trabajo, si bien le compete buscar las mejores condiciones para que el empleo se mantenga y crezca. El ministro de Trabajo no crea puestos con las teclas de una máquina, pero es seguro que si pudiera hacerlo así, se pasaría las horas tecleando.
Subyace un problema de carácter cultural. El gobernador del Banco de España manifestó que el empresario español "tiene pánico a contratar". El empresario español no comprende el alcance de las actividades económicas dentro de un Estado; al empresario español le fascina ser jefe. Encuentra su satisfacción en crear un puesto de trabajo y pagar un salario bajo, pero deniega su responsabilidad más allá de eso: no entiende por qué debe pagar más -alta en la Seguridad Social, indemnizaciones, parte del salario que gestiona el ministerio de Trabajo como prestaciones de desempleo...-, y descarga esa incomodidad en el gobierno de turno. Sin embargo, hay que preguntarse si los empresarios son eficientes, esto es, si calculan bien o mal sus posibilidades de expansión, el cupo de sus beneficios, si conocen las necesidades del mercado... y todo ello en un mundo en el que sobran actividades, productos y mano de obra, pero en el cual todos los hombres están obligados a buscarse la vida dentro de lo que sigue conociéndose como el sistema.
Al PSOE no lo ha derrotado tampoco el sistema, sino la ignorancia del pueblo español en cuanto a los medios de autodefensa: no somos una nación, no somos una república, un grupo emocionalmente cohesionado y dispuesto a persistir como tal. El lema del presente, sálvese quien pueda, es el principio mejor observado por los españoles. Por supuesto, la derecha sociosuicida, paradójicamente, nacionalista, ha pescado en ese río con éxito, pero no ha recibido el voto del convencimiento -es imposible votar a De Cospedal o a Camps por cuestiones ideológicas-, sino el voto de la corriente de aire, que unas veces huele a rosas, y otras, a pedo.
Me parece estupendo que el periodismo de izquierdas tenga tertulias todas las noches y necesite noticias crudas para ocupar cuatro horas de programa radiofónico, pero es vomitiva su insistencia en poner la lupa y el acento en qué y en cómo se debe reformar una fuerza política, sobre todo progresista.
La izquierda, como ya decía G. Lukács en 1966, no entusiasma; es muy difícil encontrar tantos y tan finos humanistas como para lograr continuamente mayorías absolutas en todas las elecciones por haber. El periodismo de izquierdas se ha inventado además una izquierda plus ultra -feminista, ecologista, multicultural, pluriétnica, global...-, pero el origen de los movimientos sociales pretendía resolver cuestiones de justicia económica aquí y ahora, para estos pobres, en primer lugar.
En mi opinión, la solución del PSOE pasa por dejar de ser guay, ya habrá tiempo para regresar a ese humanismo, y en mostrar una cara más agresiva, al menos hasta que el nivel cultural y espiritual de los españoles crezca. Ese otro abstracto, la socialdemocracia europea, también puede esperar.
Yvs Jacob
miércoles, 25 de mayo de 2011
Il Bolognese se pasa a la crítica literaria. ¡Maldito genio polifacético!
Por fin he podido leer el texto ganador del I Certamen "María Zambrano" de ensayo breve filosófico-literario de la facultad de Filosofía de la UCM. Mientras componía el que yo presenté, mi mayor preocupación era escribir algo cuya lectura pudiese avergonzar a los lectores -este severo principio habría librado a la historia de la literatura de muchos excesos, y yo propongo que no se descuide.
Personalmente, encuentro La insoportable gracilidad del androide una obrita bastante mala. Ya sólo el título anuncia que su autor se quedará muy lejos de cumplir con los objetivos, esto es, ni filosofa ni poetiza, se mantiene en un plano elementalísimo de la cuestión -realidad y ficción-, como un escolar que digiere mal sus precipitados apuntes, y resulta, muy a pesar del nutrido complejo de alusiones, en un ejercicio de analogía, la temible y afilosófica analogía, si no en reactivo abigarramiento que pone al alma al borde del vómito. La muy conocida fórmula para que algo parezca lo que no es: dar la impresión de que se comprende aquello acerca de lo cual se escribe, es decir, llamar a cualquier cosa poesía.
Muy poco se puede expresar hoy en filosofía con términos tales: juguetería, marioneta, androide, tiovivo... Por otra parte, culpablemente; he aquí una palabra imposible, en verdad, una entre las más feas.
Y qué decir de la expresión por el mismo precio, que aparte de ignorarse a qué hace referencia el autor, incompatible es de todo punto con el vuelo poético que busca en su texto.
Diré todavía que no soporto los plurales: habríamos, sabemos, debiéramos, grabaríamos... Ni soporto que se arrimen los poetillas a Franz Kafka, a quien Occidente debe colgar de una vez la dignidad de plasta, que mucho lo es, pero nada me duele más que una cita de Platón en vano. En su caverna, perfectamente pueden hallarse hombres que no saben en qué consiste el ser, pero no son por ello marionetas; no están unos hombres en la caverna porque otros los han encerrado allí, sino porque nadie ha acudido a rescatarlos. Cierto es que con La insoportable gracilidad del androide seguirán viendo sombras, y tendrán que esperar de los dioses otro de sus enviados.
Yo he hecho todo cuanto he podido.
No me queda más que felicitar al autor: parece persona leída. Echo en falta, sí, una cita de Walter Benjamin, que siempre te recupera un plato a medio cocinar. (Y ya está bien de referir, cual neófito, la anécdota acerca del origen lingüístico de la metafísica, que no por ese accidente deja de interrogarse la ontología a propósito de la esencia de lo real).
Le animo, por último, con una nota que incluyó uno de mis profesores hace años al final de un ensayito que bien me valió un sobresaliente en la UCM: "Muy interesante este puzzle".
Yvs Jacob
Personalmente, encuentro La insoportable gracilidad del androide una obrita bastante mala. Ya sólo el título anuncia que su autor se quedará muy lejos de cumplir con los objetivos, esto es, ni filosofa ni poetiza, se mantiene en un plano elementalísimo de la cuestión -realidad y ficción-, como un escolar que digiere mal sus precipitados apuntes, y resulta, muy a pesar del nutrido complejo de alusiones, en un ejercicio de analogía, la temible y afilosófica analogía, si no en reactivo abigarramiento que pone al alma al borde del vómito. La muy conocida fórmula para que algo parezca lo que no es: dar la impresión de que se comprende aquello acerca de lo cual se escribe, es decir, llamar a cualquier cosa poesía.
Muy poco se puede expresar hoy en filosofía con términos tales: juguetería, marioneta, androide, tiovivo... Por otra parte, culpablemente; he aquí una palabra imposible, en verdad, una entre las más feas.
Y qué decir de la expresión por el mismo precio, que aparte de ignorarse a qué hace referencia el autor, incompatible es de todo punto con el vuelo poético que busca en su texto.
Diré todavía que no soporto los plurales: habríamos, sabemos, debiéramos, grabaríamos... Ni soporto que se arrimen los poetillas a Franz Kafka, a quien Occidente debe colgar de una vez la dignidad de plasta, que mucho lo es, pero nada me duele más que una cita de Platón en vano. En su caverna, perfectamente pueden hallarse hombres que no saben en qué consiste el ser, pero no son por ello marionetas; no están unos hombres en la caverna porque otros los han encerrado allí, sino porque nadie ha acudido a rescatarlos. Cierto es que con La insoportable gracilidad del androide seguirán viendo sombras, y tendrán que esperar de los dioses otro de sus enviados.
Yo he hecho todo cuanto he podido.
No me queda más que felicitar al autor: parece persona leída. Echo en falta, sí, una cita de Walter Benjamin, que siempre te recupera un plato a medio cocinar. (Y ya está bien de referir, cual neófito, la anécdota acerca del origen lingüístico de la metafísica, que no por ese accidente deja de interrogarse la ontología a propósito de la esencia de lo real).
Le animo, por último, con una nota que incluyó uno de mis profesores hace años al final de un ensayito que bien me valió un sobresaliente en la UCM: "Muy interesante este puzzle".
Yvs Jacob
martes, 24 de mayo de 2011
¿Qué será de las estrellitas de la Puerta del Sol cuando el festival de primavera eche el cierre?
Quise titular esta entrada ¿Qué pensaría G. Lukács del Movimiento 15-M?, pero es evidente que tiene muchísima menos gracia. (G. Lukács, teórico marxista de tercera generación que se cuestiona las posibilidades de éxito de la praxis cuando su dirección es estrictamente pacífica).
Paso a diario por la Puerta del Sol para ver qué se cuece. Son siempre los mismos individuos quienes se dirigen a los demás con el megáfono. El megáfono es como la caracola en El señor de las moscas: quien lo tiene, además del turno y la voz, tiene el poder de orientar a los demás con la palabra, pero si es siempre uno quien habla desde el megáfono, entonces no hay apenas diferencia con otras formas de pantomima y de analfabetismo político. Al ver a estos jóvenes -y tanto que lo son- que juegan a comunicar el pensamiento, el Movimiento 15-M se me presenta más festivo que eficaz, y no deposito en él la menor fe.
Tengo la inequívoca impresión de que, igual que los representantes políticos en las instituciones legislativas y de gobierno han perdido el vínculo con los que la propaganda del mundo editorial ha bautizado como indignados, tampoco estoy yo representado en las proclamas de esa parte de la juventud española, por más que me considero joven, sensato y de izquierdas. Aparte del abigarramiento de las libertades sociales -hay gritos contra todas las cosas: ley Sinde, ley antitabaco, leyes de inmigración, leyes sobre medicamentos...-, que no es más que confusión respecto de lo que supone vivir en sociedad, me ha proporcionado un artículo del profesor Carlos Fernández Liria un motivo todavía más firme para distanciarme de la izquierda que se atribuye la pureza del humanismo racional en una acampada urbana. En Algunos somos comunistas se expresa lo que otros -que no somos comunistas- intuimos apenas poner un pie en la plaza: existe una izquierda que vive instalada en las nubes por mucho que se pretenda empeñada en resolver los problemas de la realidad, una izquierda que colonizó, si es que no impulsó, el Movimiento 15-M. Yo la he llamado en ocasiones la izquierda guay. Aunque guay, es preferible su existencia al mundo que resultaría si el horizonte de la libertad y de los derechos humanos desapareciese. No obstante, esta izquierda guay se encuentra preferentemente dentro del PSOE, su izquierda a la izquierda, porque la izquierda fuera de esta formación sólo cabe identificarla bajo el título de comunismo -imposible, claro, el comunismo libertario. Aquí hay detenerse.
Me alegra infinitamente que Fernández Liria cite la conferencia del profesor José Luis Pardo acerca de la nueva izquierda y su intento de echar un velo de deformidad sobre el viejo comunismo, para afirmar que el comunismo auténtico es todavía posible, puesto que jamás ha existido. Fernández Liria, a quien no vi en la conferencia, y a quien, por lo demás, tampoco Pardo incluye en la nómina de las estrellitas new left -Negri, Rancière, Badiou... y se le echaba en falta-, manifestó en su Educación para la ciudadanía algo similar: el comunismo nunca ha sido posible porque siempre ha fallado en su vertebración el concepto de la libertad. No obstante, y éste era el tema preciso de la conferencia de José Luis Pardo, qué hacer con los experimentos fallidos -Rusia, Corea, China, Cuba...-; quién o qué debe cargar con ellos, o lo que es igual: ¿puede alguien ser comunista e ignorar lo que ha sucedido en la historia en nombre del comunismo? Yo salí de la conferencia convencido del siguiente y divertido pensamiento: debe de haber muy pocos comunistas comunistas. (Dígase también que el libre mercado, cuando estricto capitalismo, ha cometido y comete sus propios crímenes).
Acepto la modificación de la ley electoral si con ello IU, por ejemplo, obtiene en el Parlamento una representación más acorde con el número de votos que recibe, incluso si el PSOE debe ser sacrificado; acepto además que las listas sean abiertas, porque me interesa conocer al candidato de mi distrito para exigirle todo su esfuerzo, y prescindir de él cuando no defiende mis intereses; acepto prohibir la inclusión en listas de cualquier imputado en un caso de corrupción política y muchas otras reclamaciones cabales. Ahora bien, otras se elevan estos días que son puro disparate, y que sólo dentro de una revolución internacional de siglos podrían convertirse en tímida realidad -el ejemplo más claro es la posición de la izquierda guay respecto de la inmigración en un mundo global que interpreta los recursos en términos de capital o deuda.
He advertido además la confusión que alimentan algunos tertulianos radiofónicos y televisivos, también muy guays, respecto de la organización del movimiento y la eficacia que suponen deriva del mismo. Propongo atender a este principio: organización no es eficacia. El festival de la Puerta del Sol está bien organizado, cierto, y respecto de otros festivales, sólo se echa de menos la sección de peluquería, donde hacerse unos rastas. Sin embargo, la eficacia es algo bien distinto, y tanto lo es, que, por ejemplo, se ha perdido una muy buena ocasión, con la derrota del PSOE en las elecciones del 22 de mayo, de aprovechar un cauce para que lo que quiera que sea que unos jóvenes propongan llegue al lugar donde las reformas se hacen realidad. Los indignados deben ser conscientes de ello: no es lo mismo una revolución en cautividad, como ocupar una plaza para los medios de comunicación, que transformar la realidad socioeconómica mediante los instrumentos adecuados, y sobre todo si la lucha es sólo pacífica.
Tras varios días de observaciones, llego a la conclusión de que muy pocos de los asistentes a las charlas y asambleas comprenden la profundidad y la gravedad del momento. La cuestión es mucho más que un cambio en el sistema, signifique el término lo que se quiera, la cuestión es un cambio respecto de las propias actitudes individuales en relación con el mundo. Sólo el sábado por la mañana encontré un pequeño grupo que instaba a seguir un estilo de vida sostenible, lo que ataca tanto a la producción como al consumo, a la economía y a la psicología. Sin embargo, al anochecer, cuando el festival se convierte en fiesta, chinos y paquistaníes penetraban la masa para proveerla de latas de cerveza. La imagen era deplorable. Era la misma tristeza, la misma e irresistible esclavitud que se percibe los días en que no hay lucha abierta.
Quiero insistir en lo siguiente: es cierto que el sistema ha fallado, el sistema deja fuera del mundo a quienes no necesita, pero también la sociedad ha encontrado su nicho en la exclusión, en la pereza, en el falso bienestar, en la seducción de la mercancía, en la negligencia de la política. El movimiento fracasará porque es más de lo mismo: todos allí teníamos nuestra cámara Nikon en la mano, nuestra camiseta serigrafiada para el momento; en los puestos de comida, se amontonaban, comprados o donados, paquetes de alimentos de producción industrial, y de nada sirve un simbólico huerto si no sabemos cómo cuidar de nuestro jardín.
Yvs Jacob
Paso a diario por la Puerta del Sol para ver qué se cuece. Son siempre los mismos individuos quienes se dirigen a los demás con el megáfono. El megáfono es como la caracola en El señor de las moscas: quien lo tiene, además del turno y la voz, tiene el poder de orientar a los demás con la palabra, pero si es siempre uno quien habla desde el megáfono, entonces no hay apenas diferencia con otras formas de pantomima y de analfabetismo político. Al ver a estos jóvenes -y tanto que lo son- que juegan a comunicar el pensamiento, el Movimiento 15-M se me presenta más festivo que eficaz, y no deposito en él la menor fe.
Tengo la inequívoca impresión de que, igual que los representantes políticos en las instituciones legislativas y de gobierno han perdido el vínculo con los que la propaganda del mundo editorial ha bautizado como indignados, tampoco estoy yo representado en las proclamas de esa parte de la juventud española, por más que me considero joven, sensato y de izquierdas. Aparte del abigarramiento de las libertades sociales -hay gritos contra todas las cosas: ley Sinde, ley antitabaco, leyes de inmigración, leyes sobre medicamentos...-, que no es más que confusión respecto de lo que supone vivir en sociedad, me ha proporcionado un artículo del profesor Carlos Fernández Liria un motivo todavía más firme para distanciarme de la izquierda que se atribuye la pureza del humanismo racional en una acampada urbana. En Algunos somos comunistas se expresa lo que otros -que no somos comunistas- intuimos apenas poner un pie en la plaza: existe una izquierda que vive instalada en las nubes por mucho que se pretenda empeñada en resolver los problemas de la realidad, una izquierda que colonizó, si es que no impulsó, el Movimiento 15-M. Yo la he llamado en ocasiones la izquierda guay. Aunque guay, es preferible su existencia al mundo que resultaría si el horizonte de la libertad y de los derechos humanos desapareciese. No obstante, esta izquierda guay se encuentra preferentemente dentro del PSOE, su izquierda a la izquierda, porque la izquierda fuera de esta formación sólo cabe identificarla bajo el título de comunismo -imposible, claro, el comunismo libertario. Aquí hay detenerse.
Me alegra infinitamente que Fernández Liria cite la conferencia del profesor José Luis Pardo acerca de la nueva izquierda y su intento de echar un velo de deformidad sobre el viejo comunismo, para afirmar que el comunismo auténtico es todavía posible, puesto que jamás ha existido. Fernández Liria, a quien no vi en la conferencia, y a quien, por lo demás, tampoco Pardo incluye en la nómina de las estrellitas new left -Negri, Rancière, Badiou... y se le echaba en falta-, manifestó en su Educación para la ciudadanía algo similar: el comunismo nunca ha sido posible porque siempre ha fallado en su vertebración el concepto de la libertad. No obstante, y éste era el tema preciso de la conferencia de José Luis Pardo, qué hacer con los experimentos fallidos -Rusia, Corea, China, Cuba...-; quién o qué debe cargar con ellos, o lo que es igual: ¿puede alguien ser comunista e ignorar lo que ha sucedido en la historia en nombre del comunismo? Yo salí de la conferencia convencido del siguiente y divertido pensamiento: debe de haber muy pocos comunistas comunistas. (Dígase también que el libre mercado, cuando estricto capitalismo, ha cometido y comete sus propios crímenes).
Acepto la modificación de la ley electoral si con ello IU, por ejemplo, obtiene en el Parlamento una representación más acorde con el número de votos que recibe, incluso si el PSOE debe ser sacrificado; acepto además que las listas sean abiertas, porque me interesa conocer al candidato de mi distrito para exigirle todo su esfuerzo, y prescindir de él cuando no defiende mis intereses; acepto prohibir la inclusión en listas de cualquier imputado en un caso de corrupción política y muchas otras reclamaciones cabales. Ahora bien, otras se elevan estos días que son puro disparate, y que sólo dentro de una revolución internacional de siglos podrían convertirse en tímida realidad -el ejemplo más claro es la posición de la izquierda guay respecto de la inmigración en un mundo global que interpreta los recursos en términos de capital o deuda.
He advertido además la confusión que alimentan algunos tertulianos radiofónicos y televisivos, también muy guays, respecto de la organización del movimiento y la eficacia que suponen deriva del mismo. Propongo atender a este principio: organización no es eficacia. El festival de la Puerta del Sol está bien organizado, cierto, y respecto de otros festivales, sólo se echa de menos la sección de peluquería, donde hacerse unos rastas. Sin embargo, la eficacia es algo bien distinto, y tanto lo es, que, por ejemplo, se ha perdido una muy buena ocasión, con la derrota del PSOE en las elecciones del 22 de mayo, de aprovechar un cauce para que lo que quiera que sea que unos jóvenes propongan llegue al lugar donde las reformas se hacen realidad. Los indignados deben ser conscientes de ello: no es lo mismo una revolución en cautividad, como ocupar una plaza para los medios de comunicación, que transformar la realidad socioeconómica mediante los instrumentos adecuados, y sobre todo si la lucha es sólo pacífica.
Tras varios días de observaciones, llego a la conclusión de que muy pocos de los asistentes a las charlas y asambleas comprenden la profundidad y la gravedad del momento. La cuestión es mucho más que un cambio en el sistema, signifique el término lo que se quiera, la cuestión es un cambio respecto de las propias actitudes individuales en relación con el mundo. Sólo el sábado por la mañana encontré un pequeño grupo que instaba a seguir un estilo de vida sostenible, lo que ataca tanto a la producción como al consumo, a la economía y a la psicología. Sin embargo, al anochecer, cuando el festival se convierte en fiesta, chinos y paquistaníes penetraban la masa para proveerla de latas de cerveza. La imagen era deplorable. Era la misma tristeza, la misma e irresistible esclavitud que se percibe los días en que no hay lucha abierta.
Quiero insistir en lo siguiente: es cierto que el sistema ha fallado, el sistema deja fuera del mundo a quienes no necesita, pero también la sociedad ha encontrado su nicho en la exclusión, en la pereza, en el falso bienestar, en la seducción de la mercancía, en la negligencia de la política. El movimiento fracasará porque es más de lo mismo: todos allí teníamos nuestra cámara Nikon en la mano, nuestra camiseta serigrafiada para el momento; en los puestos de comida, se amontonaban, comprados o donados, paquetes de alimentos de producción industrial, y de nada sirve un simbólico huerto si no sabemos cómo cuidar de nuestro jardín.
Yvs Jacob
lunes, 23 de mayo de 2011
Los españoles se muestran a sí mismos -y al resto del mundo- lo burros que son
No estoy dispuesto a admitir que la soberanía del pueblo sea alguna forma de razón incuestionable: si los españoles fuesen de verdad el pueblo responsable que con hipocresía alaba ahora el Partido Popular, mucho mejor les habría ido desde tiempo atrás. Lo que ha quedado claro tras las elecciones autonómicas y locales del 22 de mayo es que los españoles son igual de burros y analfabetos que el día anterior.
Para empezar, ni siquiera han comprendido qué se votaba, qué se elegía, ni qué supone votar o elegir. Votar es decir Sí o No a infinidad de cosas que afectan a la vida diaria, aspectos que caben directamente, en las elecciones autonómicas y locales, bajo la dirección de individuos bien identificados, cuyas dificultades para realizar con éxito la tarea que les encomienda la sociedad, y que ellos afrontan con más ego que capacidad, apenas depende de la relación económica que se establezca con la Administración central. Quien no admita esto, miente como un bellaco. Todos los gobiernos locales y autonómicos pueden hacer aquello que está dentro de las posibilidades reales de una gestión responsable y racional, y si quieren ir más allá, será sólo porque gestionan mal, porque emplean sus recursos donde o como no corresponde, en relación con el conjunto.
Esto era de verdad lo importante: quién será el presidente de mi Autonomía, el alcalde de mi municipio, precisamente lo que han pasado por alto los inteligentísimos votantes españoles.
Viene ahora el problema permanente en que se ha convertido el Partido Popular. Alberto Ruiz-Gallardón nos dio y se regaló él mismo un discursito de gloria que terminó con una singular confesión: se iba a poner a trabajar inmediatamente para resolver el problema del desempleo, lo que más preocupa a los ciudadanos. Claro, cinco mayorías absolutas -cuatro ejercicios- y nunca se había dedicado nuestro gestor municipal -detesto llamar políticos a los dirigentes del Partido Popular- a resolver ese problema, sino que era necesario aguardar hasta ahora, después de las elecciones. Qué extraño sentido de la prioridad y de la urgencia.
Y entonces apareció Esperanza Aguirre en el balcón para pedir a Rodríguez Zapatero que abandonase el gobierno, para que la agonía no durase más. Esta pésima gestora de los recursos públicos, que tiene por capricho aideológico a tantos y tantos licenciados de segundo grado y de postgrado en paro en Madrid, a tantos aprobados en las oposiciones de educación sin plaza ni opciones de encontrar un trabajo intelectual y digno, acorde con la formación universitaria de la juventud actual, se atreve a hablar de agonía provocada por otros.
Lo más triste es que los madrileños en particular, pero todos los españoles, no alcancen a comprender lo nefasto de entregar a un grupo político con el Partido Popular gobiernos a los cuales ninguna oposición puede reducir, debido a las mayorías tan amplias que salen de las urnas. Esto es cualquier cosa menos una manifestación u objetivación de la inteligencia de los españoles, a menos que su inteligencia no sea la de los alcornoques.
Hoy sólo puedo sentir que pertenezco al mismo pueblo mediocre al que pertenecía ayer, y no es una sorpresa en absoluto. Y duele incluso más la paradoja de que unos ingenuos clamen por la democracia real, ajenos a la política de las instituciones, y entreguen los demás su voto a un partido letal de la derecha que no hace otro esfuerzo que el de faltar al respeto continuamente a quienes le votan y a todos los demás.
No, el pueblo español, digan lo que digan los adoradores de tertulia, no tiene la razón ni sabe cuidar de sí mismo. Lo que sí tiene es un magnífico superávit de burros y bestias. ¡Ay!
Yvs Jacob
Para empezar, ni siquiera han comprendido qué se votaba, qué se elegía, ni qué supone votar o elegir. Votar es decir Sí o No a infinidad de cosas que afectan a la vida diaria, aspectos que caben directamente, en las elecciones autonómicas y locales, bajo la dirección de individuos bien identificados, cuyas dificultades para realizar con éxito la tarea que les encomienda la sociedad, y que ellos afrontan con más ego que capacidad, apenas depende de la relación económica que se establezca con la Administración central. Quien no admita esto, miente como un bellaco. Todos los gobiernos locales y autonómicos pueden hacer aquello que está dentro de las posibilidades reales de una gestión responsable y racional, y si quieren ir más allá, será sólo porque gestionan mal, porque emplean sus recursos donde o como no corresponde, en relación con el conjunto.
Esto era de verdad lo importante: quién será el presidente de mi Autonomía, el alcalde de mi municipio, precisamente lo que han pasado por alto los inteligentísimos votantes españoles.
Viene ahora el problema permanente en que se ha convertido el Partido Popular. Alberto Ruiz-Gallardón nos dio y se regaló él mismo un discursito de gloria que terminó con una singular confesión: se iba a poner a trabajar inmediatamente para resolver el problema del desempleo, lo que más preocupa a los ciudadanos. Claro, cinco mayorías absolutas -cuatro ejercicios- y nunca se había dedicado nuestro gestor municipal -detesto llamar políticos a los dirigentes del Partido Popular- a resolver ese problema, sino que era necesario aguardar hasta ahora, después de las elecciones. Qué extraño sentido de la prioridad y de la urgencia.
Y entonces apareció Esperanza Aguirre en el balcón para pedir a Rodríguez Zapatero que abandonase el gobierno, para que la agonía no durase más. Esta pésima gestora de los recursos públicos, que tiene por capricho aideológico a tantos y tantos licenciados de segundo grado y de postgrado en paro en Madrid, a tantos aprobados en las oposiciones de educación sin plaza ni opciones de encontrar un trabajo intelectual y digno, acorde con la formación universitaria de la juventud actual, se atreve a hablar de agonía provocada por otros.
Lo más triste es que los madrileños en particular, pero todos los españoles, no alcancen a comprender lo nefasto de entregar a un grupo político con el Partido Popular gobiernos a los cuales ninguna oposición puede reducir, debido a las mayorías tan amplias que salen de las urnas. Esto es cualquier cosa menos una manifestación u objetivación de la inteligencia de los españoles, a menos que su inteligencia no sea la de los alcornoques.
Hoy sólo puedo sentir que pertenezco al mismo pueblo mediocre al que pertenecía ayer, y no es una sorpresa en absoluto. Y duele incluso más la paradoja de que unos ingenuos clamen por la democracia real, ajenos a la política de las instituciones, y entreguen los demás su voto a un partido letal de la derecha que no hace otro esfuerzo que el de faltar al respeto continuamente a quienes le votan y a todos los demás.
No, el pueblo español, digan lo que digan los adoradores de tertulia, no tiene la razón ni sabe cuidar de sí mismo. Lo que sí tiene es un magnífico superávit de burros y bestias. ¡Ay!
Yvs Jacob
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