miércoles, 24 de febrero de 2010

¿Es el "curling" un deporte que manifieste la dignidad humana?

Yo digo que no.
Estuve viendo un emocionantísimo partido que enfrentaba a los equipos femeninos de Suecia y Canadá. El espectáculo tenía algo de grotesco, igual que el aspecto de la principal jugadora sueca, y, a medida que el partido avanzaba, desde mi más profundo humanismo, más repudiaba esa práctica sobre la cual el feminismo debería dirigir su carga al modo de las cruentas batallas que con fervor ha vencido al inofensivo género de las palabras castellanas.
No niego que el juego consista en dirigir, deslizar y colocar con precisión las divertidas planchas dentro de lo que la comentarista llamaba "la casa". No obstante, era el instrumento, el cepillo para el hielo, lo que me afectaba, el agresivo frotar de las competidoras, no menos que el griterío de sus reflexiones. Todo ello parecía más propio de unas porteras enfurecidas, aunque ahora se admira más el modelo propuesto por Muriel Barbery, que se atreve hasta con el materialismo histórico y la corrupción departamental universitaria, ¡eso sí que es limpiar!
Hubo momentos en que temí que las jugadoras terminarían a cepillazos, porque mientras unas analizaban el siguiente movimiento estratégico -las que iban perdiendo-, otras -las que ganaban- no dejaban de reírse, comentando sus cosillas, y es que ya superaban los seis puntos de ventaja y jugaban, como se dice en deporte, "en casa".
Venció Canadá y el encuentro se cerró con un frío apretón de manos entre los cuartetos. Yo me quedé muy triste, porque en mi barrio, cuando dos mujeres acuden a un mismo sitio con sendos cepillos, la lían bien gorda, y eso sin cámaras de televisión.


Yvs Jacob

martes, 23 de febrero de 2010

José María Aznar. Historia de un problema español

Hoy voy a tirar por Miguel de Unamuno, que hace tiempo que no toco ese palo.
Lo de Ansar no tiene remedio, el hombre está hecho un lío, sufre un agudo problema de identidad, una disociación de todos sus "yo" posibles y no se acepta en su lamentable condición.
Por un lado, está Josemari I, Rey de España, que la gobernó con el mismo odio que lleva a todos los dictadores a poner su asqueroso pie en el cuello de los demócratas. Para quienes no comprendan el significado exacto de "odio" por mí empleado, añado la expresión al uso de los populares para referir la obra de Josemari I: "gobernó con dos cojones", que es a lo que el Partido Popular llama siempre "prosperidad".
Conforme Josemari I le echaba más cojones al gobierno, y como los españoles demostraron que la democracia había entrado en su fase más responsable y crítica al reelegirlo como Presidente en el año 2000, Josemari I empezó a dudar de que lo suyo fuera sólo disponer las cosas del reino, la cosa pública local, y se le antojó el ascenso a los cielos de la política. Entonces puso todo su empeño en ser Dios, o un aprendiz aventajado: estaba a punto de nacer Ansar.
Dios se llamaba por entonces George W. Bush, un individuo singular, quizá más apto para conducir una excavadora, pero a quien el destino entregó la suerte del mundo, con muy mala suerte para todos, la verdad.
Para ser Dios, o como Dios, nada mejor que imitar su comportamiento. Josemari I empezó por su dieta. Siguieron después las lecciones relativas a la etiqueta y a la comunicación verbal. En todo lo que se proponía, Josemari I obtuvo bastante éxito, es decir, lo que alguna vez supo hacer bien, aprendió a hacerlo mal, y cuanto peor, más cerca de Dios estaba. Un valor utilísimo para medir su éxito fue la vergüenza que daba a los españoles la pérdida de cabeza que iba padeciendo su Presidente, y hay que decir que llegó a dar mucha, muchísima pena el hombre-Dios.
Cuando ya Dios George observó en su polluelo el brillo de la divinidad, le prometió el oro y el moro, exigida la aniquilación previa de algún pueblo sin importancia, elegido tal vez al azar entre los que flotan sobre el petróleo, y tras concretarse el capricho con una magnífica fotografía junto a otros dos seres no menos excepcionales, los humos hicieron a Josemari I intratable -hay que decir que no es el primer caso de alguien a quien ser divino le sienta fatal (yo debo de ser una excepción).
La historia hacia delante, a Josemari I le arrearon un sopapo del que todavía no se ha recuperado. Como era un valiente de prestado, o como se diría en el barrio, ahora que el ministro Celestino Corbacho ha hablado de "la crisis de la escalera", "como era un pequeñín que se hacía el chulito, fueron por él". A menudo se emplea el término "terrorista" para referir al individuo que busca todos los medios, menos la guerra declarada, aunque también, para su defensa. Conviene revisar el vocabulario y llamar al terrorista "defensor", su nombre justo, puesto que no hace sino defenderse de la agresión dirigida por otros.
Pero lo malo de -querer- darle un sopapo a Dios es que a él nunca le engancha la hostia, y fue encajada por otros.
Al sopapo histórico que recibieron los españoles sucedían las elecciones generales de 2004. Para mejor parecerse a Dios George, Josemari I había renunciado a su derecho constitucional a disfrutar de sucesivas reelecciones democráticas. Pero aquellos días de tanta excepcionalidad, los medios de comunicación de la derecha pusieron inmediatamente su inteligencia a trabajar, y quienes algún día serán académicos de la RAE soñaron durante unas horas que eran en realidad ministros del Interior. A muchos, la idea de que Josemari I podría continuar en la Corona nos puso las pelotas del tamaño de bolas de billar, dentro ya incluso de la garganta.
Pero todo siguió su curso natural, es decir, hacia la derrota de Mariano Rajoy, porque una cosa es que a los españoles la política les importe una mierda y otra, bien diferente, que les dejen sin elecciones o que se amañe su resultado, porque entonces se arma la de Dios es Cristo y lo han crucificado.
Josemari I era historia. España lo maldijo por su mala cabeza, pero él, que había sido todo, y que se creía aún lo más grande que ha parido España entera, ¡olé!, prometió que se vengaría del populacho estúpido, que diría Jean-Jacques, y, desde luego, no ha parado de hacerlo.


Yvs Jacob

domingo, 21 de febrero de 2010

¿Hay intelectuales en el cine español?

Entre los ganadores de un premio Goya en su XXIV edición, probablemente, no.
He confesado en alguna ocasión mi temor ante el término "arte". Ello se debe a cierto aprendizaje que ha resultado de mi experiencia al observar que en la mayoría de ocasiones el término se emplea para llenar un vacío que, por el momento, ningún otro, sin ser soez, ha conseguido ocupar. Domina en el término "arte" un sentido eufemístico actual, y cuando alguien afirma que "participa en el arte, o que es artista", yo entiendo que en realidad lo hace "donde debiera haber arte", esto es, "donde otros sí han sido artistas".
Como buena parte de la gente del cine en España considera que participa en una actividad artística en la que hay, efectivamente, arte, y como siempre se andan quejando los cineastas -"los del cine"- de lo mal que llegan a fin de mes, algo que también es propio de los escritores, escultores, pintores y otros finos artistas a quienes no es fácil encontrar llorando por las esquinas ni en procesión al Parlamento europeo, me senté como un español más ante el televisor para conocer un poco mejor el pathos del creador del celuloide, no fuera que el prejuicio me privara de aceptar su genio y talento y las bondades derivadas de ambos. Pero cometí un error decisivo al plantearme esta cuestión: ¿es el cine una actividad técnica o intelectual? Un error fatal que vició mi percepción de los discursos de los premiados y me devolvió al concepto de pobreza en que ya me hallaba antes del bochorno que presencié.
¡Cómo hablaron los premiados! Si los premios se hubieran concedido al Mejor Celador, a la Mejor Secretaria... ¡Cuánto mejor no hubieran hablado los ciudadanos anónimos que nuestros talentosos artistas y cineastas! Y no menos soberbia fue la formación dramática, la versatilidad en el registro que arrasó la sala como un incontenible torrente apolíneo. No hubo nadie -actor, director, técnico, productor...- que no dijera "bueno" al inicio de su locución... ¿Y qué decir de esos "te quiero" hollywoodienses, que de tanta sinceridad me hicieron berrear como un niño cagado hasta las cejas?
Triste me quedé, no obstante los esfuerzos de Andreu Buenafuente, a quien apenas siguieron los chistes, de tanta ansia como soportaban los nominados. Fue una noche fracasada, porque tampoco comprendí el discurso de Álex de la Iglesia, que animaba a sus compañeros a disfrutar del privilegio que es trabajar en lo que a uno le gusta. Pero, ay, quizá sea eso lo que sucede al cine español, que no es lo mismo que algo te guste a ser bueno en ello...


Yvs Jacob

jueves, 18 de febrero de 2010

Sabidulía oliental. Desata tu chinofobia

Desde que China iniciase la ocupación tolerada del Reino de España, mi calle se ha convertido en una pequeña Camboya con nada menos que quince, ¡quince!, establecimientos regentados por orientales. El asunto me pone de muy mala hostia. Entre tiendas de mierda, de comestibles comprados en el supermercado y revendidos y revalorados en horarios especiales y fruterías donde cuesta lo mismo un kilo de peras que de patatas, camino de arriba abajo, un número tras otro de la calle preguntándome si soy el único subnormal para el cual el desarrollo chino se está convirtiendo en abuso, santo paciente, yo, y siento la necesidad de iniciar una revolución contrarrevolucionaria que devuelva la situación al momento anterior a que China iniciase la contrarrevolución capitalista que está depauperando todavía más el espíritu de los españoles. Este abuso excesivo ha llegado incluso a adoptar técnicas del mercado de empleo español, y he visto con mis propios ojos que un sudamericano trabajaba como empleado en una frutería oriental, lo que ha desmontado mi corazón como un reloj que reventase por la fuerza inherente de sus muelles. El derecho a explotar a un sudamericano sin distinción de horario o festividad y por un salario à l'ancien régime era nuestro, totalmente nuestro, español. Pero ha sido otro pensamiento el que me ha dejado tieso y pegado a la acera durante un tiempo indeterminado que he juzgado larguísimo: si un chino es obligado a trabajar por nada en los establecimientos que regentan sus compatriotas, ¿qué mensualidad habrá sido acordada con ese pobre diablo venido de Indias?
Esto no puede continuar así, no puede.


Yvs Jacob

miércoles, 17 de febrero de 2010

Cormac Mccarthy, "The Road". Consejos para novelistas españoles

Cuando uno lee The Road no puede evitar que cierto desprecio se dirija tanto a la obra como a su autor. Parece como si Mccarthy la hubiera escrito en una semana, sin demasiada ambición desde el punto de vista narratológico y con ausencia total de contenido reflexivo-metafísico, por el dominio absoluto de la descripción. Esta reacción, no obstante, es propia de un lector culto europeo. En el perfil de este lector pesa demasiado el gusto por la justificación, el error cartesiano del método, el modo como todo se refiere o relaciona dentro de un sistema y, lo más importante, su causa. Obviamente, el lector europeo quedará siempre insatisfecho, no lleno, y un ejercicio narrativo como The Road no pasará de ser una bagatela.
Puesto que España es una cantera magnífica de novelistas pésimos, encuentro muy acertado aprovechar los defectos de la novela norteamericana actual de manera que se equilibre la incompetencia de los autores con la ya incurable de los lectores. Ahí voy, pues, con algunos consejos para el novelista ibérico.
1. Nunca preguntes "¿por qué?".
Las preguntas las hará el lector, pero no hay que resolverlas; al lector hay que arrojarle la carne cruda: apenas se le presenta un plato medio cocinado, no lo disfrutará, y sólo te reprochará el otro medio. No tengas piedad -ni miedo: no pienses en el editor, ese avanzadísimo intelectual español...
2. No pienses demasiado.
El vicio europeo de convertir a la portera en Séneca ha superado las cotas más elevadas de la ridiculez, y además de tristeza, produce úlceras. Las reflexiones profundas raras veces aportan verosimilitud a una novela mala, luego es mejor evitarlas para eliminar relieves y socavones cuando no hay genio.
3. Los personajes hacen, miran y hablan, nada más.
Si tú no piensas demasiado, o piensas mal, no quieras que tus personajes te suplanten: la mierda sólo produce mal olor, esto es, más de lo mismo.
4. Todos los datos son superfluos.
Superfluo significa "no necesario", y en la novela, nada lo es. No te subyugues con la responsabilidad de la perfección documental ni con la angustiosa insistencia del detalle; ya ha quedado claro que es el lector el que hace las preguntas, disfruta del placer de lo vacío, como en la vida misma.
5. No hagas fuerza con el vientre.
La mejor mierda es la que sale sola. Si no brota con libertad, si exige de ti un esfuerzo muy próximo a lo intelectual, entonces estás escribiendo la novela equivocada.
6. Ni mucha acción ni poca, o lo que es igual, ni hachís ni coca.
Es probable que no sepas plantear ni construir los episodios en los que de verdad sucede algo, así que evítalos como a la reflexión; confórmate con acercar al lector a situaciones inquietantes, pero concede a su imaginación el privilegio de su exceso inherente.
7. Mucho ojo con la descripción.
Puesto que el objeto es realizarte, perfeccionarte como novelista malo, no tomes como ejemplo a Azorín. No es lo mismo decir "el vuelo de la gaviota describía la planicie desierta de la mañana" que "había -o no había- gaviotas". Tú di siempre que "había -o no había- gaviotas", y nada más.
8. La (mala) poesía mata.
Si tú no lees poesía, ¿por qué la escribes? Métetelo -¡qué palabra!- bien en la cabeza: tú no eres poeta, el poeta escucha las palabras con el oído del alma; tú eres un redactor estricto que como mucho conoce el segundo nivel de dos o tres palabras.
9. No escribas demasiado.
No seas tan cabrón.


Yvs Jacob