Mucho hemos admirado a esos países que bajo el nombre de Escandinavia eran prodigio de los progresos más silenciosos de la humanidad; y tanto los envidiábamos no sólo por la perfección de su democracia o por el alcance de sus derechos sociales, sino hasta por la estatura de sus varones y por la belleza de sus mujeres, robustos animales de mirada lasciva...
Cierto que pocas veces se ha reparado en la población, en la turba o muchedumbre que en su forma más refinada recibe el nombre de "ciudadanía". Algunos datos a considerar: Suecia, 10 millones de habitantes; Noruega, 5 millones, igual que Dinamarca. ¡Ay! No parece lo más complicado para los países de Occidente con tan poca población ser la avanzadilla de la civilización...
En comparación con la contención de Escandinavia, más difícil resulta vertebrar y poner en movimiento a los gigantescos monstruos europeos -Alemania, Gran Bretaña, Francia e Italia-. También España ha desarrollado su vicio hacia la monstruosidad, y cerca estoy de caer en la tentación de su defensa...
Pero, ay, Dinamarca... Dinamarca me ha despertado del placer que es la admiración y ahora la miro con el recelo que merece su torpeza. Al sentirse el centro del mundo por unos días, privilegio rotatorio y alternativo en este mundo de charanga, Dinamarca ha preferido ridiculizarse a aceptar la ineficacia de la gestión que tenía entre manos, y ha resultado el disparate de encarcelar al Director de Campañas de Greenpeace España por su valor al defender lo que la política ha dejado de lado.
Algo así siempre sucede cuando el centro del mundo es identificado y mucho se espera de él.
Un modesto "centro del mundo" se aproxima a esta España enamoradiza de su buen hacer...
¡Echémonos a temblar!
Yvs Jacob
viernes, 25 de diciembre de 2009
miércoles, 23 de diciembre de 2009
Internet, no "un medio de comunicación social en sentido estricto, sino universal"
Interesantísima sentencia la que puede leerse en Cadena Ser a propósito de un nuevo lío en que se ha metido esta emisora debido a la desmedida e incontenible profesionalidad de sus periodistas.
A menudo pienso que la sociedad ha concedido a sus jueces una tarea imposible, que no es hacer justicia exactamente, sino interpretar la ley, primero, y, después, justificar la sentencia para tranquilidad de afectados y opinadores. Una pésima justificación arroja muchas sospechas acerca de la interpretación de la ley, y la interpretación de la ley, en tanto que universo de lo posible, ya es suficiente para meterle miedo en el cuerpo a cualquiera, sobre todo cuando quien interpreta, iluminado por el reconocimiento social de su función, pretende nada menos que hacer justicia.
Una distinción básica en la historia del pensamiento separa justicia y ley. La justicia es deseable sobre la ley, pero también una pretensión más allá de la vanidad humana que los jueces puedan realizarla, por lo que deben conformarse, y todos los ciudadanos con ellos, con ser capaces de hacer que la ley se cumpla. Si los jueces consiguieran al menos eso, podríamos estar todos contentos.
Puesto que la empresa de la justicia sobrepasa la competencia moral -y hasta intelectual y espiritual- de los jueces, a menudo la interpretación de la ley nos deja divertidos ejercicios de prosa tardobarroca, como en el caso de la genial sentencia. Ya ha sido todo comentado por expertos analíticos en la ingeniería del derecho de los que asoman apenas se sintoniza una emisora o se enciende un aparato de televisión y no me queda más que la sorpresa ante el gracejo del juez, su autor.
Hay que considerar, no obstante, que cuando un juez opina -ellos dicen "juzga", "sentencia"...- en un caso donde una de las partes es un medio de comunicación, entonces agudísimas miradas se posan en él para indagar qué hay bajo la expresión legal, porque es obvio que debe de haber algo más, puesto que si un medio de comunicación es uno de los poderes presentes en la sociedad, sus actuaciones quedan siempre bajo sospecha -afortunadamente-.
Por muy necesarios que sean, no soporto el sempiterno argumento de los medios cuando se excusan en la defensa de la libertad de expresión, tanto más insoportable cuanto que los medios violan sistemáticamente la libertad de los ciudadanos al construir su pensamiento, pero eso es algo que, por supuesto, negarán también por sistema. A veces, no obstante, es muy útil encontrarlos de parte de algo, y también muy grato.
Me agota además el argumento alternativo al pataleo de los medios, uno muy propio de quienes se pretenden muy profesionales opinadores y maduros ciudadanos: acatar la sentencia. Es una estafa para el pensamiento. Una sentencia se acata cuando es justa, y como no siempre lo es, cuando, por lo menos, la interpretación que hace de una ley sí es razonable, y la condena, el peor de los males para una situación dada.
Qué mundo maravilloso...
En relación a la sentencia, muchos sospechábamos que era Internet un medio especial de información y de comunicación, pero nadie había identificado que, respecto de un delito, fuera el espectro de difusión de una información lo más preocupante y lo que constituyera la propia falta. Animados por la sentencia, muy aguerridos periodistas españoles podrían acogerse a la sabiduría del juez para doblegar aún más a sus víctimas en prensa, radio y televisión, si bien componiendo delicadas estrofas afrancesadas para la pertinente difusión en la Red...
Yvs Jacob
A menudo pienso que la sociedad ha concedido a sus jueces una tarea imposible, que no es hacer justicia exactamente, sino interpretar la ley, primero, y, después, justificar la sentencia para tranquilidad de afectados y opinadores. Una pésima justificación arroja muchas sospechas acerca de la interpretación de la ley, y la interpretación de la ley, en tanto que universo de lo posible, ya es suficiente para meterle miedo en el cuerpo a cualquiera, sobre todo cuando quien interpreta, iluminado por el reconocimiento social de su función, pretende nada menos que hacer justicia.
Una distinción básica en la historia del pensamiento separa justicia y ley. La justicia es deseable sobre la ley, pero también una pretensión más allá de la vanidad humana que los jueces puedan realizarla, por lo que deben conformarse, y todos los ciudadanos con ellos, con ser capaces de hacer que la ley se cumpla. Si los jueces consiguieran al menos eso, podríamos estar todos contentos.
Puesto que la empresa de la justicia sobrepasa la competencia moral -y hasta intelectual y espiritual- de los jueces, a menudo la interpretación de la ley nos deja divertidos ejercicios de prosa tardobarroca, como en el caso de la genial sentencia. Ya ha sido todo comentado por expertos analíticos en la ingeniería del derecho de los que asoman apenas se sintoniza una emisora o se enciende un aparato de televisión y no me queda más que la sorpresa ante el gracejo del juez, su autor.
Hay que considerar, no obstante, que cuando un juez opina -ellos dicen "juzga", "sentencia"...- en un caso donde una de las partes es un medio de comunicación, entonces agudísimas miradas se posan en él para indagar qué hay bajo la expresión legal, porque es obvio que debe de haber algo más, puesto que si un medio de comunicación es uno de los poderes presentes en la sociedad, sus actuaciones quedan siempre bajo sospecha -afortunadamente-.
Por muy necesarios que sean, no soporto el sempiterno argumento de los medios cuando se excusan en la defensa de la libertad de expresión, tanto más insoportable cuanto que los medios violan sistemáticamente la libertad de los ciudadanos al construir su pensamiento, pero eso es algo que, por supuesto, negarán también por sistema. A veces, no obstante, es muy útil encontrarlos de parte de algo, y también muy grato.
Me agota además el argumento alternativo al pataleo de los medios, uno muy propio de quienes se pretenden muy profesionales opinadores y maduros ciudadanos: acatar la sentencia. Es una estafa para el pensamiento. Una sentencia se acata cuando es justa, y como no siempre lo es, cuando, por lo menos, la interpretación que hace de una ley sí es razonable, y la condena, el peor de los males para una situación dada.
Qué mundo maravilloso...
En relación a la sentencia, muchos sospechábamos que era Internet un medio especial de información y de comunicación, pero nadie había identificado que, respecto de un delito, fuera el espectro de difusión de una información lo más preocupante y lo que constituyera la propia falta. Animados por la sentencia, muy aguerridos periodistas españoles podrían acogerse a la sabiduría del juez para doblegar aún más a sus víctimas en prensa, radio y televisión, si bien componiendo delicadas estrofas afrancesadas para la pertinente difusión en la Red...
Yvs Jacob
martes, 22 de diciembre de 2009
Pues yo sigo siendo pobre
¡Ay, la suerte!
Ese Dios extraño que habla con Benedicto no me quiere bien... Repaso mi triste vida y constato que nunca he sido beneficiario de ningún premio... Es cierto que carezco de fuertes supersticiones, aunque no de algunas convicciones, y lo es también que participo poco en las bacanales de la suerte, de sus tentaciones, y que mi confianza en la espontaneidad parece contradecir mi esperanza en una graciosa solución de mi futuro mediante una compleja gestión cósmica...
Hace unas semanas encontré en la calle un billete de diez euros. Llegué a pisarlo, incluso; falso lo creí al principio, y un acertado vuelco que resultó de una audacia deportiva me presentó que era bastante verdadero en ambas caras...
Estuve bebiendo whisky toda la noche mientras leía la obra maestra de Erich Maria Remarque... Sus reflexiones sobre la muerte me pusieron de buen humor, pero en cuanto al antibelicismo, yo me declaro fanático de Slaughterhouse 5... Hay tan pocos escritores tan divertidos como Kurt Vonnegut...
Im Westen nichts Neues, no obstante, propone una ingeniosa y sencilla manera de resolver los conflictos entre países: un combate romano entre dirigentes... Quizá eso podría conseguir que mucha gente se interesase en la política, abierta la posibilidad de darle unas buenas hostias a algún mandatario mundial... Tampoco sería una mala iniciativa aplicada a las escalas menores de la política... ¡Yo me afiliaría de inmediato!
¡Ay, la suerte!
Yvs Jacob
Ese Dios extraño que habla con Benedicto no me quiere bien... Repaso mi triste vida y constato que nunca he sido beneficiario de ningún premio... Es cierto que carezco de fuertes supersticiones, aunque no de algunas convicciones, y lo es también que participo poco en las bacanales de la suerte, de sus tentaciones, y que mi confianza en la espontaneidad parece contradecir mi esperanza en una graciosa solución de mi futuro mediante una compleja gestión cósmica...
Hace unas semanas encontré en la calle un billete de diez euros. Llegué a pisarlo, incluso; falso lo creí al principio, y un acertado vuelco que resultó de una audacia deportiva me presentó que era bastante verdadero en ambas caras...
Estuve bebiendo whisky toda la noche mientras leía la obra maestra de Erich Maria Remarque... Sus reflexiones sobre la muerte me pusieron de buen humor, pero en cuanto al antibelicismo, yo me declaro fanático de Slaughterhouse 5... Hay tan pocos escritores tan divertidos como Kurt Vonnegut...
Im Westen nichts Neues, no obstante, propone una ingeniosa y sencilla manera de resolver los conflictos entre países: un combate romano entre dirigentes... Quizá eso podría conseguir que mucha gente se interesase en la política, abierta la posibilidad de darle unas buenas hostias a algún mandatario mundial... Tampoco sería una mala iniciativa aplicada a las escalas menores de la política... ¡Yo me afiliaría de inmediato!
¡Ay, la suerte!
Yvs Jacob
lunes, 21 de diciembre de 2009
Código de buenas prácticas del Partido Popular (Consideraciones previas)
1. El Partido Popular gobierna por derecho divino, y si en la actualidad se encuentra en la oposición en el Parlamento nacional, ello se debe a que los más perversos entre los hombres han desafiado al poder, al dictado y a la voluntad divinos usurpando ese derecho a los elegidos mediante un instrumento harto incompetente y hasta fraudulento para la razón como es la democracia.
2. Los militantes y simpatizantes del Partido Popular, pero, especialmente, sus dirigentes, son personas extraordinarias, fuera de lo común, seres humanos modélicos, cuasi-angélicos, y si alguna vez cometieren falta o delito, ello sería debido únicamente a la inducción ejercida por personas malísimas, auténticos culpables morales de sus desgracias que se sirven de la bondad natural de los predilectos y píos hijos de Dios.
3. El Partido Popular recibe directamente de Dios la clarividencia para el gobierno de las cosas humanas sin excepción. Esto es, sabe qué conviene a cada asunto, la manera como se gestiona y soluciona un problema y, lo más importante, el modo de evitarlo.
4. El Partido Popular, aunque eventualmente se sirve de la democracia para gobernar, no considera este sistema como el más apto: primero, porque si Dios hubiera optado por la democracia, el Partido Popular ganaría siempre en las elecciones, luego Dios no es un demócrata; y, segundo, porque la participación masiva sólo es eficaz en la introducción de errores, y ni Dios se equivoca ni puede el Partido Popular hacerlo.
5. El Partido Popular es el garante de la dignidad de los seres humanos sobre la tierra, por lo tanto, gobierne o no gobierne, no cejará en su empeño por salvaguardarla, y combatirá con todos los medios a su alcance, cualquiera que sea su aspereza, a los enemigos de Dios, porque Dios les ha encomendado la responsabilidad de cuidar de sus hermanos, tal y como se expresó en el episodio bíblico de Caín y Abel.
6. El Partido Popular no puede tolerar el ingenuo y antinatural impulso de algunos hombres por instaurar la igualdad para toda la humanidad. Dios no ha hecho a los hombres iguales, como demuestra su dictado de que unos deben gobernar a otros, y si Dios no lo ha querido, los hombres que buscan la igualdad no pueden sino estar equivocados y desafiantes.
7. El Partido Popular, transustancialmente hablando, es la hostia ("y siempre lo será, y siempre lo será...").
[Documento filtrado]
2. Los militantes y simpatizantes del Partido Popular, pero, especialmente, sus dirigentes, son personas extraordinarias, fuera de lo común, seres humanos modélicos, cuasi-angélicos, y si alguna vez cometieren falta o delito, ello sería debido únicamente a la inducción ejercida por personas malísimas, auténticos culpables morales de sus desgracias que se sirven de la bondad natural de los predilectos y píos hijos de Dios.
3. El Partido Popular recibe directamente de Dios la clarividencia para el gobierno de las cosas humanas sin excepción. Esto es, sabe qué conviene a cada asunto, la manera como se gestiona y soluciona un problema y, lo más importante, el modo de evitarlo.
4. El Partido Popular, aunque eventualmente se sirve de la democracia para gobernar, no considera este sistema como el más apto: primero, porque si Dios hubiera optado por la democracia, el Partido Popular ganaría siempre en las elecciones, luego Dios no es un demócrata; y, segundo, porque la participación masiva sólo es eficaz en la introducción de errores, y ni Dios se equivoca ni puede el Partido Popular hacerlo.
5. El Partido Popular es el garante de la dignidad de los seres humanos sobre la tierra, por lo tanto, gobierne o no gobierne, no cejará en su empeño por salvaguardarla, y combatirá con todos los medios a su alcance, cualquiera que sea su aspereza, a los enemigos de Dios, porque Dios les ha encomendado la responsabilidad de cuidar de sus hermanos, tal y como se expresó en el episodio bíblico de Caín y Abel.
6. El Partido Popular no puede tolerar el ingenuo y antinatural impulso de algunos hombres por instaurar la igualdad para toda la humanidad. Dios no ha hecho a los hombres iguales, como demuestra su dictado de que unos deben gobernar a otros, y si Dios no lo ha querido, los hombres que buscan la igualdad no pueden sino estar equivocados y desafiantes.
7. El Partido Popular, transustancialmente hablando, es la hostia ("y siempre lo será, y siempre lo será...").
[Documento filtrado]
domingo, 20 de diciembre de 2009
Si la Navidad no termina con la crisis, lo hará al menos con algunos de vosotros
Pues sí. Quienes vivimos en las proximidades de la Puerta del Sol no sólo tenemos la oportunidad de abuchear de cuando en cuando a doña Esperanza Aguirre, persona institucionísima, sino que además sufrimos la expresión en otras formas de la comedia humana. Adviértase ante todo que el abucheo es un instrumento de réplica descaradamente democrático; es más, el único, me atrevería a decir, y su práctica debería incluirse en la programación curricular de Educación para la Ciudadanía -incluso durante la hora de Religión podrían estar los alumnos todo el tiempo abucheando... De la misma manera que me espantan los demócratas institucionales, amo sin redención a esos otros que brotan con espontaneidad. Pero no es éste el asunto.
Personalmente, los anuncios vivientes que han proliferado después de las obras y que alborotan con sus gritos de "oro" y con sus chalecos reflectantes un espacio tan público me producen una leve depresión, como siempre que la temible regla cultural del presente se impone: si algo puede ser más feo, ¿por qué no hacerlo? Pero no es lo único.
El Ayuntamiento -supongo que ha sido él- ha aprovechado un árbol de Navidad gigante a partir de un diseño de Ágatha Ruiz de la Prada que el año anterior pudieron ver los madrileños en la Glorieta de Carlos V -Atocha-. Que el arte está en crisis no es ninguna novedad y todo el mundo lo sabe, pero insistir en que la dulce Ágatha sea artista quizá debería de corresponder a la esfera de su privacidad, ámbito ineludible de la autosuperación personal, y no a un estímulo subvencionado por las arcas del municipio. A menos, claro está, que el municipio me sufragase a mí los gastos de unas clases de violín, que, aunque no soy famoso, sí merezco tanto el dinero de todos como cualquiera -y buena falta que me hacen esas clases, y algo de artista debo de tener, porque hago con el instrumento lo mismo que hace Ágatha con la ropa (pero a mí sólo me insultan mis vecinos).
Estos días mi atención no se ha concentrado tanto en el "buen rollo" que despierta lo naïve como en la despiadada actividad comercial que ocupa a los transeúntes de dos o tres manzanas del centro tan espantosas por la acumulación de almacenes -hay quien dice "comercios"- de cosas innecesarias. Mi pensamiento está en duda: este año, o hay más dinero o hay más ganas de gastarlo. La cumbre de Copenhague deja claro que hay una diferencia entre lo que debería ser y lo que es, lo que los políticos quieren que se haga ahora y lo que ya ha sido hecho y no tiene remedio. La cumbre se ha presentado como un ultimátum -deliciosa palabra- que hiciera creer a la sociedad mundial que el mundo no puede continuar en su dirección actual. Pero este cuento ya no entretiene a nadie; y aunque hemos aprendido a reciclar y a cerrar el grifo del agua, resulta demasiado difícil olvidar toda la mierda que ya se ha abandonado en el planeta, y, especialmente, toda la mierda con la que convivimos, porque la existencia del hombre depende de manera vital de ella -el hombre en tanto que "cerdo" ha ocupado a alguna escuela muy avanzada de la psiquiatría-. No hay leyes que puedan borrar lo que ha sido, desvanecerlo, y encuentro cómico que intentemos fustigarnos con el ultimátum cuando el problema de verdad es la pobreza. La pobreza es todo; tener poco dinero, la mierda que se compra con él, tener mucho y fabricar más mierda. No basta, pues, con no utilizar bolsas de plástico. William Morris, uno de mis héroes del pensamiento urbanístico como imposición de lo bello sobre lo grotesco, es mi fuente aquí: mientras que la inspiración de las grandes empresas sea proporcionar mierda a los pobres, la mierda no cesará de existir y de extenderse.
Pero como la agresividad del sistema del mundo actual es tan desmedida, y aunque los pobres son necesarios para continuar tomándoles el pelo, a veces se produce un efecto adverso de ambigua interpretación. Me refiero a lo asfixiante de la estupidez colectiva, a la desesperación que llena las calles en estas fechas. Porque se corre auténtico riesgo de muerte, ya sea por la furia de los consumidores frustrados o por el vasto encuentro de la multitud en las insuficientes vías agropecuarias de la ciudad.
No, no se avecinan tiempos de amor y felicidad...
Yvs Jacob
Personalmente, los anuncios vivientes que han proliferado después de las obras y que alborotan con sus gritos de "oro" y con sus chalecos reflectantes un espacio tan público me producen una leve depresión, como siempre que la temible regla cultural del presente se impone: si algo puede ser más feo, ¿por qué no hacerlo? Pero no es lo único.
El Ayuntamiento -supongo que ha sido él- ha aprovechado un árbol de Navidad gigante a partir de un diseño de Ágatha Ruiz de la Prada que el año anterior pudieron ver los madrileños en la Glorieta de Carlos V -Atocha-. Que el arte está en crisis no es ninguna novedad y todo el mundo lo sabe, pero insistir en que la dulce Ágatha sea artista quizá debería de corresponder a la esfera de su privacidad, ámbito ineludible de la autosuperación personal, y no a un estímulo subvencionado por las arcas del municipio. A menos, claro está, que el municipio me sufragase a mí los gastos de unas clases de violín, que, aunque no soy famoso, sí merezco tanto el dinero de todos como cualquiera -y buena falta que me hacen esas clases, y algo de artista debo de tener, porque hago con el instrumento lo mismo que hace Ágatha con la ropa (pero a mí sólo me insultan mis vecinos).
Estos días mi atención no se ha concentrado tanto en el "buen rollo" que despierta lo naïve como en la despiadada actividad comercial que ocupa a los transeúntes de dos o tres manzanas del centro tan espantosas por la acumulación de almacenes -hay quien dice "comercios"- de cosas innecesarias. Mi pensamiento está en duda: este año, o hay más dinero o hay más ganas de gastarlo. La cumbre de Copenhague deja claro que hay una diferencia entre lo que debería ser y lo que es, lo que los políticos quieren que se haga ahora y lo que ya ha sido hecho y no tiene remedio. La cumbre se ha presentado como un ultimátum -deliciosa palabra- que hiciera creer a la sociedad mundial que el mundo no puede continuar en su dirección actual. Pero este cuento ya no entretiene a nadie; y aunque hemos aprendido a reciclar y a cerrar el grifo del agua, resulta demasiado difícil olvidar toda la mierda que ya se ha abandonado en el planeta, y, especialmente, toda la mierda con la que convivimos, porque la existencia del hombre depende de manera vital de ella -el hombre en tanto que "cerdo" ha ocupado a alguna escuela muy avanzada de la psiquiatría-. No hay leyes que puedan borrar lo que ha sido, desvanecerlo, y encuentro cómico que intentemos fustigarnos con el ultimátum cuando el problema de verdad es la pobreza. La pobreza es todo; tener poco dinero, la mierda que se compra con él, tener mucho y fabricar más mierda. No basta, pues, con no utilizar bolsas de plástico. William Morris, uno de mis héroes del pensamiento urbanístico como imposición de lo bello sobre lo grotesco, es mi fuente aquí: mientras que la inspiración de las grandes empresas sea proporcionar mierda a los pobres, la mierda no cesará de existir y de extenderse.
Pero como la agresividad del sistema del mundo actual es tan desmedida, y aunque los pobres son necesarios para continuar tomándoles el pelo, a veces se produce un efecto adverso de ambigua interpretación. Me refiero a lo asfixiante de la estupidez colectiva, a la desesperación que llena las calles en estas fechas. Porque se corre auténtico riesgo de muerte, ya sea por la furia de los consumidores frustrados o por el vasto encuentro de la multitud en las insuficientes vías agropecuarias de la ciudad.
No, no se avecinan tiempos de amor y felicidad...
Yvs Jacob
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